La falacia de las candidaturas y candidatos independientes (I de III)

En México, la tradición autoritaria del régimen de partido único que rigió de 1929 a 2000, amén de los escollos de la transición democrática generados desde comienzos del siglo XXI a la fecha, ha abonado a la conformación de un frágil soporte para impulsar la utopía de las candidaturas independientes.

Fue Jorge G. Castañeda, académico y fugaz canciller del primer gobierno presidencial democrático, quien en 2006 desafió a la Suprema Corte de Justicia interponiendo un amparo para competir como candidato independiente, señalando en su alegato que “algunos artículos del COFIPE eran anticonstitucionales” (Torres, Expansión, marzo 2012).

De esta forma se abrió una discusión académica y en la Corte que representó el punto de partida y de paso sentó la jurisprudencia sobre la materia, ésta que hoy favorece a varias decenas de aspirantes que intentarán en los próximos comicios la osadía de llegar a la Presidencia de la Nación sin el respaldo de la poderosa maquinaria y estructura de partidos.

Al parecer nos encontramos en una primera etapa, llamémosla de tierna inocencia y experimentación, hacia una legislación que busca responder a las expectativas genuinas del ciudadano de a pie, ese animal político que sueña en una nueva forma de ejercer los nobles valores de la política, sin demagogia, sin acuerdos en lo oscurito, sin pago de cuotas, lejanos a las prácticas comunes de la corrupción y de historias de “enriquecimientos inexplicables”; candidaturas independientes  que materialicen la esperanza de lograr sin el tutelaje del aparato estatal, la legítima oportunidad de contender de forma libre y equitativa en el juego electoral.

Sin embargo, debido a las condiciones coyunturales y los candados de la legislación, el de 2018 no será el verano democrático mexicano que muchos suponen. A la fecha, la puerta abierta por el Instituto Nacional Electoral ha convertido el registro de candidaturas “independientes” en el nuevo deporte nacional: todos son bienvenidos y a todos se les sella su oficio.

Resulta imposible desentrañar en estas líneas un exhaustivo análisis de tantos pre-pre-candidatos en esta oferta al mayoreo, quienes con audacia ilusoriamente intentan aparecer en las boletas de las elecciones presidenciales; sin embargo, a manera de ejercicio de biografía política hablemos de algunos de los nombres que ya están en las listas o en los siguientes días, antes de finalizar los plazos de registro, se apresuran a inscribirse.

Aparentemente, el único que formalmente quedó inscrito es Pedro Ferriz de Con, puritano empresario de la comunicación, conductor de noticias y promotor de la filantropía de la marca Teletón. El ingeniero Ferriz se construyó una imagen de independiente que ni su padre, el portentoso locutor don Pedro Ferriz Santacruz, el mismo que aseguraba que un mundo (de extraterrestres) nos vigilaba, puede creer.

Personaje de la televisión oficial, en canal 11 se asoció con los “críticos” Javier Solórzano y Carmen Aristegui en la producción de noticieros radiofónicos en las frecuencias de MVS. Cercano a los intereses empresariales, rompió el vínculo con Solórzano y Aristegui para iniciar otro negocio comunicativo, ahora con la marca de Olegario Vázquez Raña, en el oportuno momento en el que el hermano de don Mario, cercano a la causa de Vicente Fox y Martha Sahagún, ganaba concesiones de radio y televisión para convertirse en el holding de comunicación con mayor inyección de capital de los últimos tiempos. Aburrido de “informar” y de “conducir”, se envalentonó para mandar al diablo al entonces aspirante presidencial, Enrique Peña Nieto, cuando éste era todavía gobernador.

Golpeador permanente de los gobiernos de izquierda, Ferriz se asume como un ferviente católico sin menor pudor; sin embargo, siendo defensor de la derecha rancia y puritana protagonizó el que debe ser el mea culpa más vergonzoso que comunicador alguno haya hecho frente a las cámaras de las redes sociales y de televisión. El affaire de Ferriz y sus perversiones en hoteles de paso lo llevaron a pedir perdón públicamente a quienes confiaban en él y a su esposa, buscando la redención con el apoyo del aparato mediático y de prácticamente todos los conductores de Grupo Imagen; tras “superar” la crisis, decidió que era el mejor momento de regresar al redil y entregarse en una causa de mesías ciudadano: salvar a México.

Dueño de una retórica de vendedor de biblias, Ferriz presume en redes sociales y entrevistas en diferentes medios, que él y sólo él será el portador de la banda presidencial; al menos ya obtuvo las firmas necesarias para el registro, que no son pocas. Sin embargo, lejos, muy lejos se ven las posibilidades para que el polémico comunicador que exigía en sus años dorados en la conducción del Teletón a presidentes y gobernadores se “mocharan” (sic) con donativos, logre su objetivo.

En la próxima entrega revisaremos por qué los independientes están más cerca del abismo que del edén.

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Autor: Mario Ortiz Murillo

Maestro en Estudios Regionales, realizó estudios de Marketing político y gubernamental. Académico, periodista y sociólogo urbano; amante de los mejores y peores lugares de la Ciudad de México, a la que pensó que le venía mejor rebautizarla como Estado de Anáhuac que CDMX. Desertor de la burocracia convencido de la poderosa energía de la sociedad civil y marxista especializado en la corriente Groucho (Marx). De profundas raíces fronterizas chihuahuenses, se siente más juarense que Juan Gabriel, aunque ninguno de los dos haya nacido en la otrora Paso del Norte. A punto de doctorarse, le ha faltado tiempo (y motivación) para lograr el grado. Observador de la política nacional e internacional que siempre le resulta un espectáculo más divertido que la más sangrienta de las luchas de la Arena Coliseo. Entre los personajes que más ha respetado en la política se encuentran Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Valentín Campa, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Olof Palme, Willy Brandt y Fidel Castro. Todavía sueña que en este país la izquierda merece una oportunidad para llegar a la Presidencia de la República; espera verlo antes de morir.

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