Frente Ciudadano: ¿izquierda mojigata o derecha progresista?

Dicen que en gustos se rompen géneros, pero hay combinaciones imposibles que por sentido común nunca deberían existir.  Así se ve la descabellada fusión de panismo descafeinado con perredismo light tras postular por la diestra y la siniestra al joven maravilla Ricardo Anaya. Con la consigna de:  “la unión, aunque sea entre fuerzas ideológicamente contrarias, se hace la fuerza”, la coalición de partidos del PAN, PRD y MC han (re) conciliado, o mejor dicho cínicamente sepultado, los principios y últimos rasgos de identidad política para conformar un bloque estratégico que tiene como uno de sus propósitos evitar la desaparición del PRD, luego del éxodo masivo de López Obrador y seguidores hacia MORENA a cambio de vender el alma de la otrora izquierda al mismísimo diablo encarnado en tierno ángel, el precoz Ricardo Anaya.

Desde una perspectiva partidista Acción Nacional, ir con el histórico adversario supone una búsqueda desesperada por recuperar la silla presidencial que el gobierno sanguinario de Calderón no pudo retener y debilitar la oferta del nuevo PRI con un proyecto construido renovado cuya principal novedad representa unir en un mismo discurso la privatización, sello de la derecha, con una piadosa política compensatoria dirigida a los excluidos, es decir, sostener el neoliberalismo con un toquesito ligero de barniz de política social.

En esta extraña mezcolanza de proyectos y visiones nada está equilibrado. Como ocurrió con la postulación: todo es proporcional al capital que ofrece cada fuerza electoral: a Acción le corresponde la tajada más grande de spots, presupuesto y el derecho de proponer al candidato presidencial, al Sol Azteca la designación del competidor por la Jefatura de Gobierno, mientras que a Movimiento Ciudadano, algunos escaños en el Congreso, es decir, las migajas (lo malo de ser un chiquipartido). Así: Anaya a la presidencia, Barrales a la Jefatura de Gobierno y Dante al purgatorio…bueno, más bien al paraíso de seguir en el presupuesto y en una posición protagónica en alguno de los dos gabinetes.

Tal reparto pragmático alejado de cualquier coherencia confirma la debilidad de los partidos en lo individual; aliarse parece la única vía de vencer y alcanzar el poder, sin importar el aniquilamiento de los principios que históricamente les han dado identidad.

Las mezclas terminan por alterar el sabor original en los destilados, por ejemplo, como ocurre con el tequila y mezcal, pueden destruir la esencia de un producto cuidado por mucho tiempo. Algo similar ocurre con estas exóticas revolturas de izquierda, centro, derecha que, para efectos de una elección, se manosean en una ensaladera que termina por confundir al elector, quien terminará olvidándose de aquellas causas iniciales de esos partidos y consumirá como un nuevo sabor novedoso: un empalagoso tuti frutti.

La lógica de las campañas modernas, en el mejor estilo de las democracias carentes de un discurso sostenido en un ideario, es la de relanzar un producto político efectivo, único y atractivo para el mercado electoral. En el diseño de propuestas a la ciudadanía lo importante no es ya recurrir a la retórica de un discurso persuasivo en la plaza pública, los partidos han optado por el cinismo de actuar como compradores de voto, se lanzan a detectar las necesidades (agenda) con investigación de mercado y entonces van con agresivas campañas de medios a saturar el mensaje mediante instrumentos que no son tan diferentes a vender por televisión, radio y redes sociales una sopa instantánea.

Las distancias que parecían irreconciliables entre la izquierda y la derecha se diluyeron. Ni el PAN puede sostener su conservadurismo tradicional, y al PRD desde hace mucho tiempo parece incomodarle abanderar sólo la causa de los pobres. Si los partidos siguen en ese tenor, pronto veremos a los líderes del perredismo pedir el voto en las iglesias y a los delicados panistas tomando las calles para exigir el recuento por el iluminado Anaya. La hibridez de la política se ha vuelto cínica e irrespetuosa, en este juego de simulación convendría rebautizar a los partidos con campañas más realistas a su mercadotecnia: “partido de izquierdistas arrepentidos en excitante coito con la derecha mojigata, nos apegamos a todas las necesidades; llame, nosotros vamos. Mejoramos cualquier precio, trabajamos sábados y domingos”.

Compártelo:Share on FacebookTweet about this on Twitter

Autor: Mario Ortiz Murillo

Maestro en Estudios Regionales, realizó estudios de Marketing político y gubernamental. Académico, periodista y sociólogo urbano; amante de los mejores y peores lugares de la Ciudad de México, a la que pensó que le venía mejor rebautizarla como Estado de Anáhuac que CDMX. Desertor de la burocracia convencido de la poderosa energía de la sociedad civil y marxista especializado en la corriente Groucho (Marx). De profundas raíces fronterizas chihuahuenses, se siente más juarense que Juan Gabriel, aunque ninguno de los dos haya nacido en la otrora Paso del Norte. A punto de doctorarse, le ha faltado tiempo (y motivación) para lograr el grado. Observador de la política nacional e internacional que siempre le resulta un espectáculo más divertido que la más sangrienta de las luchas de la Arena Coliseo. Entre los personajes que más ha respetado en la política se encuentran Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Valentín Campa, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Olof Palme, Willy Brandt y Fidel Castro. Todavía sueña que en este país la izquierda merece una oportunidad para llegar a la Presidencia de la República; espera verlo antes de morir.

Visto: 156 veces


Video-opiniones


Artículos de opinión