Pasión, responsabilidad y mesura

En 1919, el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) publicó el ensayo El Político y el científico, texto que sustenta, entre otras tesis, los fundamentos de la legitimidad y la política como vocación. En un fragmento del ensayo, Weber expone lo que podría denominarse el ser y el deber ser de la política, es decir, la distinción de dos tipos de político: el que vive para la política y el que vive de la política.

Aunque existen honradas excepciones, me atrevo a afirmar que en México prevalecen los segundos, esos vividores de la política, esa especie del zoon politikon que presume cada tres y seis años (según corresponda) de permanecer en la nómina gubernamental, busca el cargo por los privilegios de “trabajar en el gobierno” y se vanagloria de perpetuarse en la burocracia y con patrioterismo chabacano afirma que todo lo que ha logrado en el servicio público es el resultado “de enorme esfuerzo y gran amor a México”. Para este cínico lo importante es vivir del  presupuesto porque está convencido que estar fuera de él, como reza el refrán popular,  “es vivir en el error”.  Estos mercenarios de la política son una especie bastante extendida que entiende la política como canonjías en donde con poco esfuerzo puede obtener bastante provecho; al final para este personaje lo importante de buscar el voto no reside en un acto de filantropía, todo lo contrario, significa ampliar relaciones, negocios que favorecen exclusivamente intereses personales y por lo tanto se alejan de atender necesidades sociales legítimas. Los mueve la ambición, la codicia y el propósito de amasar una fortuna para no convertirse en lo que sentenciaba el expresidente  Luis Echeverría Álvarez: “un político pobre es un pobre político”.

En contraparte, también están los menos, los estoicos, esos escasos políticos que viven para la política, asumen con honestidad el cargo y trabajan por la sociedad en la resolución de problemas; atienden de forma seria y responsable la encomienda del mandato popular porque están convencidos de la alta responsabilidad y el honor que implica el ejercicio de la política pública. Aunque suene casi utópico, sí los hay, y gracias a esta manera de entender la cosa pública existe esperanza de gobiernos menos corruptos, más entregados en atender demandas sociales y en administrar con inteligencia.

Por otro lado, Weber agrega que son tres elementos los que deben distinguir al político: pasión, responsabilidad y mesura. Veamos: ¿qué sería de un político sin pasión? Es necesario que quien ejerce un cargo de representación popular esté convencido de la causa que defenderá, sin embargo en esta lucha debe mantener la responsabilidad para que esa causa guíe su acción. Por último, y quizás el más importante y necesario de estos requisitos sea mantener mesura, lo que Weber define como “saber guardar la distancia con los hombres y las cosas”. Esta última cualidad implica poner freno y enfriar la pasión cuando resulte necesario para ejercer con inteligencia una decisión.  Precisamente es la falta de mesura la que se observa como una constante en las campañas políticas, en los actos cotidianos del poder público, en otras palabras, al parecer a los políticos mexicanos, por nuestra cultura, idiosincrasia, temperamento o nuestra herencia mestiza nos domina la pasión y no la razón. Así, establecer límites de respeto ante la difamación es poco común en nuestra cultura política, preferimos el escándalo, la diatriba. En estos días, por ejemplo, Javier Corral acusó al gobierno federal de estrangularlo económicamente al no entregarle las aportaciones presupuestales en represalia a la campaña anticorrupción encabezada por el gobernador chihuahuense contra el exgobernador Javier Duarte. En una escena llena de dramatismo e indignación con la complacencia de los medios de comunicación, se monta una escena de furia y el enojo en el que Javier Corral, un personaje muy visceral, apuesta por golpear ante las cámaras al régimen en una coyuntura de tiempos de precampaña. Tal fue el tamaño de su apasionada protesta que utilizando las artimañas de las relaciones públicas convocó a funcionarios, académicos, políticos e intelectuales (puros cuates del panista con piel de perredista) a un acto que busca arremeter contra el régimen priista. Tal dramatización resultó un instrumento de presión para chantajear al gobierno de Chihuahua con nuevos recursos para salvar las promesas de campaña del apasionado Javier Corral.

Enrique Peña Nieto presume los magros resultados de un gobierno en el que se prometió con demagogia llegar a altos niveles de crecimiento económico, cuando en realidad con dificultades el próximo año se llegará a 2 por ciento.

Seguirán multiplicándose las declaraciones desafortunadas, los desmentidos, las medias verdades, las calumnias, las posturas extremistas; la pasión parece ser el común denominador de la política mexicana, pero me pregunto si el electorado aceptaría y respaldaría a aquel aspirante que con mesura y responsabilidad hiciera a un lado el protagonismo por la honestidad en las promesas de campaña. Pronunciarse por lo posible y no lo deseable, es decir, que sin temores expusiera lo complejo que resulta el despegue económico y superar el endeudamiento público. Que estableciera sin engaños que ni en seis años, ni siquiera en una década, en México no se logrará otro milagro económico, menos aún que en corto plazo el salario mínimo recuperará el valor adquisitivo que mantuvo el peso al comenzar el milenio. Estoy seguro que la crudeza de honestidad y mesura desataría un repudio más grande por la política. Con demagogia se intentan construir falacias que siguen atentando contra la inteligencia del electorado, no se vale apostar por la pasión per se, falta mucha responsabilidad y mesura en toda la clase política, ¿quién se atreverá?

Autor: Mario Ortiz Murillo

Maestro en Estudios Regionales, realizó estudios de Marketing político y gubernamental. Académico, periodista y sociólogo urbano; amante de los mejores y peores lugares de la Ciudad de México, a la que pensó que le venía mejor rebautizarla como Estado de Anáhuac que CDMX. Desertor de la burocracia convencido de la poderosa energía de la sociedad civil y marxista especializado en la corriente Groucho (Marx). De profundas raíces fronterizas chihuahuenses, se siente más juarense que Juan Gabriel, aunque ninguno de los dos haya nacido en la otrora Paso del Norte. A punto de doctorarse, le ha faltado tiempo (y motivación) para lograr el grado. Observador de la política nacional e internacional que siempre le resulta un espectáculo más divertido que la más sangrienta de las luchas de la Arena Coliseo. Entre los personajes que más ha respetado en la política se encuentran Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Valentín Campa, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Olof Palme, Willy Brandt y Fidel Castro. Todavía sueña que en este país la izquierda merece una oportunidad para llegar a la Presidencia de la República; espera verlo antes de morir.

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