Ser y Devenir 96

Una bomba molotov recorrió el cielo como una estrella fugaz, se impactó coloridamente en las tejas de barro del techo de la funesta tienda de raya y, al mismo tiempo, desató una explosión que se elevó varios metros de altura.

—¡Libertad!

Escribir, escribir y escribir. ¿Hermano? Déjame escribir. Hermano. Ahora no, estoy inspirado. Hermano… Escribir, escribir y escribir. Vuelvo después. Una manera de conocerse es escribiendo, no necesariamente sobre uno, sino escribir y luego leer y re-leer lo que uno escribió. Desde un ensayo de filosofía analítica hasta el poema más tierno, hay que verse mediante las letras y todas las posibilidades del sentido y su representación simbólica. Ver-se en lo que uno escribe y sólo así, tal vez, re-conocerse.

Lo que más me gustaba del rancho (creo que ya lo he dicho) eran sus tardes frías y nubladas, heladas por la neblina que intentaba meterse a mi cuarto y apagar el quinqué con el que, a pesar de tener luz eléctrica, prefería alumbrarme en mis periodos literarios. Mis lenguajes, en un sentido poético, completamente privados. Era un tonto romántico. ¿Eras? Extraño mis primeros escritos. El espíritu del momento, mi pasión ciega e intuición puramente sensible. Nada racional. Textos teñidos de fuego, viento y la luz ocre de un muchacho solitario (un lobezno estepario) atrapado felizmente en las preguntas filosóficas, escondido y temeroso en la soledad de las certezas y apresado temporalmente en el horizonte de todas mis dudas. No obstante momentos mágicos, inteligiblemente iluminados y extraordinariamente emocionales. Mis mejores poemas perdidos en el tiempo. Aún siento en el recuerdo su verdadera motivación.

—¿Tienes más café? —me pregunta Elisa luego de leer mi primer cuento, acabarse el helado de chocolate (que le robé a mi abuelo) y terminarse mi café.

—¿Sí te gustó?

—No mames, güey.

—¿Qué?

—¡Me encantó!

El cuento, hoy perdido, relata la vida de un niño solitario por el mundo. Mientras crece no sabe qué hacer ni qué es lo que realmente quiere, por lo que sólo se dedica a sobrevivir ayudando a la gente que se cruza en su camino y que sí tiene claro su objetivo. Al final todos logran su sueño menos él quien, antes de morir, se arrepiente de no haber ni siquiera dado en lo más importante, i.e., resolver quién es y, por tanto, qué quiere. Te proyectas gacho, hermano. ¿O viceversa? ¿Hacemos lo que somos o somos lo que hacemos? No es lo mismo, la primera posibilidad sugiere una identidad determinada y, por supuesto, previa a la acción; la segunda se determina sólo a partir de las acciones. ¿O hay una bi-condicionalidad en la relación identidad-acciones? Me quedo pensando, entonces, en la proporcionalidad.

Alguien toca fuerte a la puerta de mi cuarto en el tapanco:

—¿Quién será? —me pregunta Elisa intrigada y yo me encojo en hombros, ella se asoma por la ventana y, luego de descubrir al visitante, voltea a verme espantada.

—¡Es el patrón!

—Quién.

—¡Tu abuelo!

—¿Qué hace aquí?

—Yo qué sé.

—¿Se habrá muerto alguien?

—¡No digas eso!

—¿Entonces a qué viene?

—No debe saber que estoy aquí —dice buscando dónde esconderse.

—¿Por qué no?

—Tú no entiendes.

—Ya deja de decir eso.

—¡Pues no entiendes! —y se esconde debajo de la cama tapándose con una de las cobijas—. Ábrele a ver qué quiere y por nada del mundo le vayas a decir que estoy aquí.

Vuelven a tocar la puerta, ahora más fuerte, y yo respondo:

—¡Voy!

Abro la puerta y me encuentro a mi abuelo estirando los brazos para entregarme un regalo, agita la caja dos veces para que la tome sin decir una palabra. Tomo la caja y, apenas al levantar la vista, él ya se está retirando descendiendo las escaleras del tapanco:

—Compré más helado de chocolate —es lo único que dice— para que ya no agarres del mío.

Y lo pierdo de vista. Cierro la puerta, quito el papel que envuelve la caja y descubro en el interior un viejo álbum familiar. Fotos de mi abuelo, de sus padres, de sus hermanos, de la vida de campo. Mi pasado.

—¿Ya se fue? —pregunta Elisa.

—Mira lo que me trajo.

—¿Es el patrón de joven?

—Supongo.

—Se parece mucho a ti.

—¿De veras?

—Pues tienen un aire.

—Más o menos.

—Pero tú no eres amargado ¿verdad? —y me besa tiernamente la mejilla.

Toda la tarde observé a detalle cada una de las fotos, en particular las de blanco y negro, hacía anotaciones en mi cuaderno y comencé a tener un sentimiento de pertenencia, de autoconocimiento genealógico e identidad cultural. Elisa se fue al anochecer y yo no pude dormir nada, me pasé toda la madrugada reflexionando en el origen. Abrí el cajón para tomar un lápiz nuevo y rodaron dentro de éste media centena de pastillas, las pastillas, todas las que había dejado de tomar y, como una invocación, mi hermano volvió:

—¿Eres amo o esclavo?

Escucho su voz dos veces más y termino por contestar:

—Ninguna de las dos.

Él ríe y a mí no me da risa.

—En el origen lógico de las conciencias —sigue diciendo— hay dos conciencias que se reconocen como semejantes, entonces comienza una etapa hostil porque éstas no saben que son parte de una unidad por lo que entran en conflicto y el resultado de dicho enfrentamiento será la determinación de ser amo o esclavo. ¿Quién está dispuesto a morir? El amo está dispuesto a perder su vida con tal de dominar al otro, el esclavo prefiere someterse a morir.

—Vuelvo a preguntarte: ¿eres amo o esclavo?

Mi hermano se confundió y comenzó a ver dicha imagen como un modelo o paradigma de la existencia, de su existencia. La disposición a morir como medida de todas las cosas, por ejemplo, el incendio del rancho como método revolucionario.

 

Continúa 97

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Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".

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