Ser y Devenir 112

Un ataque de gota. ¡Ah! Regreso violento al presente. ¡Ah! El dedo gordo del pie sumamente inflamado por pequeñísimos cristales de ácido úrico y la insoportable imposibilidad de disminuir aunque sea, mínimamente, el inaguantable dolor. ¡Ah! Cada ataque conmemora mis excesos físicos, mi eterno desbordamiento metafísico y, sobre todo, mi patético sufrimiento, deprimente e irreductiblemente intenso.

Suena el teléfono, contesto y me llaman del trabajo. Tengo que hacer la reseña de una obra de teatro. No quiero, el dolor es infernal y el dedo me pulsa críticamente con sólo pensar en el trayecto. No puedo negarme, es el estreno y me había comprometido desde hace tiempo. ¡Ah! Se agudiza el sufrimiento.

Diez minutos únicamente para ponerme el calcetín, el zapato izquierdo con dolorosa dificultad entra y, al intentar ponerme en pie, emito un grito de desesperación al dar el primer paso. ¡Aaah! Me sale una lágrima, me tiembla la pierna y me tengo que tirar sobre la cama. Me quedo recostado boca arriba hasta que el dolor se hace tolerable, me incorporo nuevamente y, cojeando muy lentamente, salgo de la casa, abro el portón de la casa y me meto al coche. En el espejo retrovisor mis ojos están rojos, niego con la cabeza sumida en la jaqueca y aspiro muy hondo. Maldita cerveza, maldita carne y maldita gota. Enciendo el motor, arranco y me lanzo al teatro.

La verdad no quería saludar a nadie, el dolor me tenía nervioso, ansioso y de malas, por lo que esperé estacionado hasta cinco minutos antes de la función. Atravesé la estancia, me dieron mi pase de prensa y me senté en primera fila justo cuando dieron tercera llamada.

—La hora de la verdad ha llegado… —comenzó a decir una de las actrices.

Sin embargo, el dolor me impide apreciar la acción escénica y entender el progreso de la trama entre una mezcla de desesperación y angustia. ¡Ah! Necesito un analgésico. ¡Ah! Malditas drogas. ¡Ah! Necesito salir de aquí. ¡Ah! Ya no soporto el dolor. ¡Ah! Me tengo que ir. ¡Ah! Un momento en que no llame mucho la atención. ¡Ah! Ya no puedo más. ¡Aaah!

—Ya vamos a cerrar —me dice un joven vigilante del recinto, volteo a mi alrededor y soy el único en la sala ya completamente iluminada.

—¿Ya acabó la obra?

—¿Se encuentra bien?

—Sí, sí pero… ¿Qué pasó?

—Pues ya vamos a cerrar.

—Me refiero a la obra.

—Pues ya terminó.

—¿Y ya se fueron todos?

El joven se encoge en hombros, suena su radio y contesta para informar no sé qué. Me pongo de pie. Ah. Camino lentamente hacia la salida. Ah, ah, ah. Abro la puerta y, para mi sorpresa, la estancia aún está repleta de gente brindando. Órale, la puerta se cierra llamativamente a mis espaldas y todos me voltean a ver.

Solamente levanto mi mano como saludo, varios se echan a reír y, paulatinamente, vuelven a lo suyo. Sigo mi camino de pausado y ridículo sufrimiento. Ah, ah, ah. Hasta que siento una mano en mi hombro y su voz:

—¿Serner?

La había visto un par de veces en el teatro, pero nunca tan bonita como esa noche.

—¡Hola!

—¿Qué te pareció la obra? —me pregunta.

Miro al cielo (del techo), intento levantar la ceja (algo que no puedo) y suspiro un poco (haciendo como que pienso). ¡Mejor dí la verdad! Lo sé, lo sé. ¡Pues ya!

—Pues…

—¡Marion! —le llaman para una fotografía con toda la producción.

—Ahora te veo —me dice, se retira y es cuando aprovecho para huir, no de Marion sino de la vergüenza. Tengo que ver la obra antes de volver a platicar con ella.

Ah, ah, ah.  

Y salgo cojeando, lo más rápido que puedo, del teatro.

¡Ah!

Al entrar al coche me golpeo el pie, grito apretando los dientes para poder tolerarlo mientras la terrible pulsación disminuye lentamente, muy lentamente y, antes de encender el motor, me quedo pensando mirando mis ojos llorosos en el espejo retrovisor.

—El dolor como medida de equilibrio —me dijo sabiamente mi hermano cuando me visitó de manera clandestina durante mi última noche en el hospital.

—¿Qué fue lo que pasó en el rancho?

—La revolución, hermano. La revolución.

—¿No te importa que mi abuelo haya muerto por ello?

—Es el precio de la libertad.

—¿De qué libertad hablas?

—La libertad social como la destrucción total del capitalismo.

—Eso es absurdo.

—¿Por qué dices eso?

—El capitalismo… —dije tristemente luego de una pausa— no puede ser destruido.

Estupefacto por mi conjetura se puso de pie frotándose el rostro con la mano y, luego observar la luna por la ventana, me volteó a ver fijamente:

—Es hora de despedirnos.

—El capitalismo no es un sistema reciente.

—¿De qué hablas?

—¡Siempre ha existido! Marx piensa que es resultado de una evolución dialéctica de la historia, ¡pero no! Es tan sólo una constante económica en la que lo único que cambian son sus formas.

Por ejemplo, en la antigua Grecia había artesanos que tenían empleados para coadyuvar la producción de su trabajo y que, seguramente, se quedaban con la diferencia entre el valor real y el valor de mercado, i.e., la plusvalía.

—En ese tiempo no había “empleados” sino esclavos.

—Pero la plusvalía siempre ha existido.

Silencio.

—¡Eres un apóstata! —me grita.

—¿Qué es un apóstata?

—“Apóstata”, del latín tardío apostăta y este del griego ποσττης apostátēs.

—Y soy eso porque…

—No abandones tus principios, carnal.

—¿De qué hablas?

—No abandones tus ideales…

—¿Qué principios, de qué ideales hablas?

Y fue cuando me despertó el ataque de gota.

 

Continúa 113

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".

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