¿Listos para la séptima entrada del juego 2018?

Arranca 2018 y nos aproximamos a la fatídica séptima entrada de la política mexicana, esa parte del juego donde todo puede pasar, cuando los bateadores que han sido dominados sacan la casta y se convierten en héroes, ese espacio inesperado donde una pifia en los senderos puede definir un juego cerrado, cuando el pitcher en un descuido puede lanzar basura y facilitarle el trabajo al bateador y acabar con esa joya de pitcheo. En México hemos visto cada seis años el desenlace de historias que se volvieron de terror en esa parte del calendario. Repasemos.

En 1988 los jugadores novatos del Frente Democrático Nacional, encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas, Heberto Castillo, Ifigenia Martínez, Porfirio Muñoz Ledo, Pablo Gómez,  Arnoldo Martínez Verdugo, apostaron por el juego limpio, por la transparencia de un juego donde el árbitro, el reinventado senador del PT y aliado de AMLO, Manuel Bartlett, dispuso retrasar la entrega de resultados bajo el argumento informático de “se nos cayó el sistema”. El rudo barbón panista, Diego Fernández de Cevallos, impuso quemar los paquetes electorales y la coalición de partidos y organizaciones políticas vieron arrebatado un triunfo histórico que el hegemónico tricolor, vía el gobierno, no quiso reconocer. Séptima entrada y el juego acabó con el triunfo de los salinistas que atestaron con el robo de urnas y no de bases una dolorosa derrota para la izquierda mexicana.

Seis años después, en 1994, parecía un contexto idóneo para sacar al PRI de Los Pinos. Crímenes políticos, la pérdida de Baja California y así convertirse en el primer estado de oposición, disputa interna entre priistas resentidos como Camacho Solís, un débil candidato como Colosio del que Salinas se arrepintió cuando la guerrilla zapatista acaparó la atención de México en el mundo. Sin embargo, esa séptima entrada fue de nuevo un alarde de ingeniería de artimañas electoreras y decidieron apostar por el terror social. Un clima de incertidumbre y una posibilidad sembrada de que la oposición no estaba preparada para gobernar le dio de nuevo al PRI el triunfo con un inesperado candidato que surgió de la aprobación internacional.  En aquel juego el torpedero blanquiazul, Fernández de Cevallos, pudo haber reventado al tricolor, pero supo negociar bien la traición y tras la arrolladora participación en el debate, se escondió para disminuir la atención mediática a cambio de fructíferas canonjías.

En 2000, la historia dio un viraje: las encuestas daban como ganador a Francisco Labastida Ochoa, el delicado candidato de la franela roja. Mientras el agresivo adversario, el del rudo mostacho y las botas vaqueras, utilizó los recursos de la mercadotecnia y sabiéndose todavía incapaz de ganarle al mañoso equipo del régimen autoritario promovió la tesis del voto útil, ese sufragio de seguidores perredistas, priístas y demás fuerzas heterogéneas que bajo la promesa de sacar para siempre al PRI de Los Pinos decidieron en plena séptima entrada dar su respaldo al candidato ranchero y dicharachero. Ese momento de la contienda, incluso en la octava y novena entrada, todavía generaba incertidumbre y fue en el último inning, casi en el final de la contienda, cuando esos votantes indecisos que no aparecían en las intenciones de voto lograron llevar a Vicente Fox a la Presidencia.

A nadie le queda duda que la de 2006 fue una batalla épica que puso en práctica los peores  recursos de la propaganda negra a fin de bajar de más encuestas a quien al arranque de la campaña lucía como el virtual ganador. El éxito de aquella proeza para quitarle la Presidencia al tabasqueño requirió de esfuerzos mayores. En plena séptima entrada la intervención del presidente de la República, Vicente Fox, la COPARMEX (Confederación Patronal de la República Mexicana), Televisa y la incapacidad del Instituto Federal Electoral contribuyeron de forma decisiva para bajar de las preferencias al cañón de Macuspana. Fue un contexto que incluso rebasó la séptima entrada y se fue a extrainnings. Ninguna encuestadora, ni el propio IFE, se atrevió a dar un ganador. Se operó con minucia, y a sabiendas del escepticismo social nunca se abrieron los paquetes y Calderón fue declarado ganador en tribunales. Un hecho inédito de la naciente cultura democrática.

Ahora, en pleno 2018, nos aproximamos a ese momento en el que cualquier cosa puede pasar. Nadie puede decir en este momento el desenlace de esta historia que está por llegar al momento climático. El PRI está muerto, por fin AMLO llegará, Anaya tiene alguna oportunidad. Veremos quién resulta el más audaz de este apasionante juego. Mientras tanto queremos que ya empiece abril, ¡y se cante el play ball!

Autor: Mario Ortiz Murillo

Por vocación sociólogo, de placer periodista. Soy un adicto enfermizo a las buenas y malas películas, especialmente las de culto (para mí). Me considero plural y lucho, desde mi humilde tribuna, en el aula y en la prensa por promover la tolerancia. Fiel seguidor de los Pumas, el mejor equipo de México y de la mejor institución del mundo, la UNAM. Aunque mi verdadera pasión no está en el deporte de las patadas sino en los batazos y las atrapadas. El rey de los deportes, según mi filosofía, debería convertirse en el deporte nacional y mundial por decreto de la ONU. Cuando esto ocurra, prometo jubilarme y dedicarme a bolear zapatos y arreglar bicis.