Participación ciudadana: la eterna promesa

En diversos estados del país habrá elecciones y no deja de llamar la atención la poca/mediana/mucha participación ciudadana, pues hay que entender que ésta pasó de una evolución necesaria a una mutación inmediata.

Ya con la Primavera Árabe se comenzó a popularizar el uso de las redes sociales como dispositivos de atención, información y convocatoria para los procesos participativos; Twitter y Facebook, principalmente, la hicieron de panfletos y carteles, limitando, sin embargo, su alcance a personas con poder adquisitivo para al menos tener servicio de internet, una computadora y un teléfono celular. El impacto de las redes sociales enamoró a parte de Europa y América, y el uso de la tecnología se incrementó a tal grado que muchas de las disputas políticas y diplomáticas tienen como escenario Twitter (ver caso Peña-Trump-Muro fronterizo), provocando que muchos de los candidatos estén cambiando los mítines masivos por ataques de bots y seguidores empedernidos en evangelizar acerca de la ideología de su candidato.

Los mismísimos candidatos han tenido que entrar al quite de la modernización y, en el mejor de los casos, asesorarse para no mal utilizar las redes sociales, dando material digerible e inmediato para darle rumbo a las decisiones de sus futuros votantes y considerar las discusiones virtuales dentro de sus apretadas agendas.

Sin embargo, la participación ciudadana, a pesar de su modernización, se ha convertido en la eterna promesa, en el adolescente eterno que a veces se separa de sus actitudes infantiles dando muestras de madurez, para posteriormente regresar a la zona de confort y culpar a los adultos de sus males.

Para muestra, tres botones:

1) Con el movimiento 132 se gestó un aliciente que daba la impresión de regresar el poder al músculo de la sociedad; los estudiantes fueron protagonistas del arrinconamiento de candidatos, la toma de calles y, principalmente, la toma de decisiones, siendo esta última arista opacada por el resultado final del proceso electoral. Muchos de los protagonistas de ese movimiento se encuentran, hoy en día, asociados a partidos políticos e instituciones gubernamentales, mientras que el grueso estudiantil se manifiesta en temas de narcotráfico, crimen organizado y discriminación.

2) En otros estados se han opacado las participaciones ciudadanas dado el uso excesivo con tintes políticos que amenazan la misma paz ciudadana (ver caso Oaxaca-APPO-Sección 22), donde quienes provocan terror en la ciudadanía son los mismos que se quejan del terror político del que se sienten oprimidos.

3) Por último, también contamos con los actores-ciudadanos que, en silencio, organizándose y asociándose, comienzan a incidir en las decisiones de la vida pública, en la concientización y en la re-educación comunitaria. Hablamos aquí de las OSC’s, ONG’s, AC’s, quienes mordazmente trabajan temas de gobernanza, democracia y organización.

A estos ejemplos habría que sumar a la iniciativa privada, que también organizada pero con otros objetivos, tiene una participación fundamental como sociedad, prioritariamente desde la trinchera económica.

Tenemos entonces cuatro muy diversas maneras de participar, motivar, incluir y exhibirse hacia los iguales, encontrando la convergencia en el éxtasis de la posesión del poder y la discordancia en los intereses (¿para quién trabajan?) que mueven a unos y otros, entorpeciéndose a sí mismos y en otras ocasiones vinculándose con alta pericia. Citando a LeBon: “La masa es siempre intelectualmente inferior al hombre aislado. Pero, desde el punto de vista de los sentimientos y de los actos que los sentimientos provocan, puede, según las circunstancias, ser mejor o peor. Todo depende del modo en que sea sugestionada”.

¿Quién sugestionará a nuestro adolescente? ¿Crecerá y será decisivo en las elecciones o seguirá bajo el régimen del paternalismo institucional?

La participación ciudadana es tan inexplicable como sorprendente, imposible predecirla pero muy seductora, con un misticismo de empoderamiento y organización que hace que nos emocionemos con cada síntoma de madurez, con cada sentimiento transmitido, con cada brote desconocido.

Autor: Omar Méndez Castillo

Doctor en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona. Maestrando en Administración Pública por la Universidad del Valle de México; maestro en Clínica Psicoanalítica por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Omar trabaja actualmente como coordinador de Participación y Bienestar Social en la Subsecretaría de Desarrollo Integral Comunitario de la Secretaría de Desarrollo Social de Nuevo León. Se encarga de crear proyectos que fortalezcan la participación ciudadana a través de comités, promotores sociales y psicólogos comunitarios. También es responsable de procurar dispositivos que logren mayor bienestar emocional en las comunidades a través de atención y orientación psicológica, talleres, grupos operativos, de autoayuda, promotoría social, entre otros. Es supervisor de prácticas en la Clínica de Atención Psicológica de la Universidad Metropolitana de Monterrey, donde supervisa casos de violencia. También es director y editor de la revista de Psicología Sui Generis, publicación oficial de la U.A.N.L. que aborda temáticas afines a la psicología.

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