Ser y Devenir 131

Die Welt ist alles, was der Fall ist (El mundo es todo lo que acaece), Wittgenstein.

La soledad era mi bendición en Humboldt, la voz de una estrella asomándose por todos los espacios del internado y la melodía filosófica de mis pausados silencios en el tiempo. Si hubiese escrito todos mis pensamientos desde niño, ya no tendría nada más qué escribir. ¿Feliz o infeliz? Depende de lo que entendamos por existir.

—¿Qué significa existir?

Caminaba descalzo sobre las duelas con mi libreta nueva, el regalo navideño de Benson, y describía en mi mente todos los detalles que llamaban artísticamente mi atención. Las siluetas en la madera, las sombras en el techo y los diversos colores de la jornada. El sol por las mañanas brillaba como la risa de un bebé, a medio día explotaba vanidosamente en sí mismo y por las tardes incitaba caprichosamente mi nostalgia. ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí tan solo y tan lejos de casa? ¿Dónde está mi hogar ahora?

—No importa, vaya adonde vaya siempre estaré abandonado.

¿Abandonado por quién o por qué? ¿Por los humanos o por el mundo? Deben ser los primeros porque yo fluyo con la voluntad de la naturaleza y choco siempre con la representación humana. Los recuerdos de mi origen, los nubarrones de mi niñez y la conciencia total de mi desamparo juvenil.

—Ya deja de quejarte, hermano.

—¿Dónde estás?

Seguramente entrenando en la selva. ¿Ya habrá experimentado el combate guerrillero? O quizá sólo esté adoctrinando a la gente en el marxismo. ¿Por qué no me has escrito?

—Tal vez murió —escucho una voz, volteo y no hay nadie.

¿Y mamá? ¿Dónde estará? ¿Por qué no sé nada de ti?

—¡Porque no te quiere! —vuelvo a escuchar, sigue sin haber nadie y me alejo caminando al Imperial Hall en el ala sur del castillo. Me siento frente a la enorme pintura de una embarcación con tres jóvenes marineros en medio de una tormenta:

The World is hostile de K.J. Borough.  

El océano agitado evoca el misterio de mi infancia, la inmensidad del cielo alude a mi niñez y los tres seres que luchan por sobrevivir subrayan la complejidad de mi presente adolescencia.

—Soy el único que no tiene familia —digo en voz alta luego de un profundo suspiro de lamentación.

—Cálmate, Remi —otra vez la voz.

—¿Hola? —pregunto tres veces—. ¿Hay alguien ahí? ¿Rose? ¿Collins?

No hay respuesta. Vuelvo a mirar la pintura, me enfoco en los rostros y encuentro tres modos de reaccionar. El marinero decidido sostiene un remo apretando los dientes, el marinero moderado intenta ayudarlo a pesar de verse muy asustado y, por último, el marinero cobarde sólo llora mirando al cielo. El mundo es hostil pero no de la misma manera para los tres, el grado depende de la actitud con que cada uno de éstos asume la tormenta. ¿El fenómeno es alterado por el agente que lo experimenta o únicamente es interpretado, en este caso, de tres diversas maneras? Y, en dicha alteración o interpretación plural, ¿persiste siempre la hostilidad? Sí y no, porque estamos partiendo del mismo concepto de relación humano-mundo y no porque la hostilidad se caracterizaría dependiendo de la pretensión y actitud de cada uno de los seres frente a los hechos del mundo.

 

Sentí una mano en mi hombro, grité y brinqué sorprendido, empero, era Benny Alpinahua, el indio Washo vigilante y velador del castillo.

—Lo siento —me dice—, no quise asustarte.

—Es que pensé que estaba solo.

—¿Has escuchado las voces?

¿Las voces?

—¿Así en plural? —pregunto.

—Entonces sí las has escuchado.

—Tal vez.

—Debes tener cuidado, pueden confundirte.

—¿A qué te refieres?

Y me responde yéndose, yo me quedo extrañado y, pasos adelante, levanta la mano para que lo siga a uno de los jardines cubiertos de blanco. Yo me quedo en la puerta mientras Benny se adentra en la nieve, no se detiene y decido seguirlo a pesar del tremendo frío. Llegamos hasta un inmenso árbol:

—Este es uno de los árboles primigenios  —me dice—, antes todo esto era parte del bosque y ahora está invadido por el plástico (así llamaba a todo producto occidental). Destruyeron el entorno, no tuvieron humildad ante lo natural y se impusieron a todo lo que acaece.

—¿El mundo?

—Antes aquí había un cementerio.

A la distancia un relinchido, ambos levantamos la vista y un caballo pinto mueve su cabeza para sacudirse la nieve.

—Tengo que regresar al trabajo, muchacho —me dice—. ¡Te veo en la cena! —y, luego de sonreírle al caballo, se dirige al interior.

No tengo frío a pesar de que estoy descalzo, me quedo pensando sin vaticinar que una brutal fiebre vendrá en camino. Levanto la mirada y el caballo ya no está.

En la madrugada los conceptos se invirtieron, las preguntas se replantearon y las posibles respuestas se redimensionaron. ¿El mundo es hostil, hermano? ¡El humano es el que es hostil con el mundo! Sólo nos interesamos de manera utilitaria por su comportamiento, estructura y naturaleza lógica y, paradójicamente, es nuestro propio egoísmo el que configura la percepción de hostilidad. Chocamos contra éste por querer imponer nuestra perecedera voluntad, nuestro empeñoso deseo y nuestra ingenua tenacidad. Al querer aprovecharnos de éste el mundo nunca responde como idealmente queremos, formalmente anhelamos y/o previamente lo imaginamos. Pensamos en el mundo como algo distinto nosotros, por ello sólo lo consideramos mediante lo que podemos obtener de él de manera bestial y sin pensar seriamente en las consecuencias de nuestra insaciable depredación. El mundo parece hostil sólo cuando queremos dominarlo.

En el desierto lo comprendí.

Pero yo no quiero dominar nada, sólo creo que el mundo me parece hostil porque desde niño he estado solo. En mi caso la hostilidad reside en mi vulnerabilidad en el mundo, no en mi pretensión por obtener algo de éste. Son dos significados de ‘mundo’, el que denota únicamente el conjunto de sus fenómenos excluyendo al humano y el que lo incluye holística-mente. Yo me refiero al segundo caso, e.g., “Serner contra la humanidad.” ¡Ja! Parece título de una película nietzscheana.

El primer significado también implica una instancia externa al mundo y, partiendo de una fundamentación de la misma naturaleza, de nosotros mismos como humanos.

—Alienación.

Fundamentar el mundo en algo externo a él, fundamentar el conocimiento en algo externo a nosotros y la ilusión metafísica de que se está haciendo filosofía.

 

Continúa 132

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Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".

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