Ser y Devenir 137

¡Bang!

Despierto súbitamente del trágico recuerdo, me levanto sudando de la cama y, después de recuperarme mentalmente del traumático suceso, prendo un cigarro quedando espiritualmente cabizbajo. Voy al baño, me veo en el espejo y me mojo el rostro cuando suena el desesperante tono de llamada de mi teléfono; miro el número, es desconocido pero, luego de unos momentos, al final contesto. Es la secretaria del profesor Baumann, me informa que tuvo un accidente y si lo puedo sustituir temporalmente en una de sus clases.

¿Qué le pasó? —le pregunto y, algo incómoda, me responde que sufrió una sobredosis—. ¿Sobredosis de qué?

No tengo autorización para decírtelo.

¿LSD?

¡Cómo sabes! —me exclama sorprendida.

Porque es lo único que se mete desde que lo conozco.

Me pidió discreción, me dio sus horarios y en la tarde me fui a la UAM-I para cubrirlo en la materia de Introducción a la Filosofía.

Iztapalapa ahora es muy diferente de cuando estudiaba la licenciatura en los noventas, cuando todo estaba rodeado de campos y terrenos baldíos, muchas casas grises a medio construir y apenas algunas unidades habitacionales; empero, ahora la urbanidad se comió por completo todos los espacios más allá del tiradero en periférico oriente. No obstante, la universidad se me hizo más bonita, más colorida o, quizá, sólo fue mi sensible melancolía. Recorro los pasillos y, como en la UNAM, aquí también parezco un vampiro perdido. Entro al salón, dejo mi libreta sobre el escritorio y saludo a todos:

Hola.

Hola —responden algunos alumnos.

¿Cómo están?

¿Usted quién es? —me pregunta una alumna con lentes y cabello castaño.

Serner Mexica.

¿Serner Mexica? —se preguntan varios en diferentes tonos.

¿Qué es lo que vieron en la última clase?

¿Y el doctor Baumann? —me pregunta una alumna regordeta.

¿No les han dicho nada?

Unos niegan y otros se miran entre ellos.

Bueno, pues está en el hospital y yo voy a cubrirlo en algunas de sus clases.

¿Qué le pasó? —pregunta un alumno con varios piercing.

No puedo decirles.

¿Por qué no?

Ay, de seguro se le pasaron los ácidos como siempre —dice un alumno con el pelo engominado y todos ríen haciendo bromas que sólo ellos entienden.

Bueno, ya, ya. ¿Qué es lo que vieron la última clase?

¿Qué es la realidad? ¿Qué significa la palabra ‘realidad’? ¿Cuál es el criterio de demarcación entre lo que es real y lo que no es real? ¿Lo real es lo que existe o hay realidades que no existen? ¿Y cómo se relacionan entre éstas?

Levanten la mano —les digo—, los que ya comieron.

Varios lo hacen.

Ahora levanten la mano quienes aún no han comido.

Algunos lo hacen.

Lleven el ejemplo al extremo y verán que el instinto satisfecho configura una realidad muy diferente al instinto insatisfecho, en el primer caso eres una persona serena, alegre y feliz, en el segundo eres ansioso, amargado y agresivo. El mismo mundo, pero de dos colores distintos. ¿Dos realidades? Por supuesto, pero partiendo de dos significados de ‘realidad’: la realidad como los hechos del mundo y las realidades como las interpretaciones de dichos hechos.

¿También se refiere al instinto sexual? —me pregunta la alumna con lentes.

Por supuesto.

¿Y no sería la esencia del ser humano? —pregunta una alumna de cabello largo y rizado.

Eso piensa Freud en su generalización metafísica de la naturaleza humana, pero puede ser cualquier impulso dionisíaco, por ejemplo, si para alguien dicho instinto consiste en el deseo sexual, es su individualidad, así como para otro puede ser comer o dormir o correr o crear o bailar o acumular o n verbos posibles como un conjunto particular de necesidades personales.

—¿Usted es nietzscheano? —me pregunta el alumno con piercing.

No. ¿Por qué?

No, por nada.

Lo anterior demuestra la importancia del cuerpo, sus necesidades y satisfacciones en la configuración de la realidad; segundo, la pluralidad instintiva, estamos constituidos de manera diferente por lo que nuestros instintos constituirán la realidad de manera distinta; tercero, el ser humano no tiene una esencia y, en todo caso, si podemos hablar de esencias ya no estaríamos hablando del concepto tradicional de esencia. La esencia más bien como un conjunto de “esencias” o como un concepto acotado por un contexto determinado o como una manera muy llana de reducir ciertas particularidades de un sujeto o, por ejemplo, ¿la esencia cambia?

—Profesor… —me dice la alumna de cabello rizado.

¿Sí?

Ya son las 8:20 pm.

¿Y?

La clase termina a las ocho.

Volteo a ver a la ventana y, efectivamente, me sorprende la instantánea oscuridad.

Los veo la próxima semana.

Todos salen del salón, vuelvo a mirar por la ventana y observo las luces iluminando la biblioteca. Suspiro hondo. Hace años que no impartía una clase y, creo, no me fue tan mal. Pero, debo reconocerlo, no estoy en forma filosófica; para escribir mi libro debo regresar a los textos clásicos y…

¿Me repite su nombre, profesor? —me interrumpe la alumna con lentes, es alta y, hasta ese momento, me percato que es muy guapa.

Serner. Serner Mexica.

Mucho gusto —dice dándome la mano—. Yo soy Giovanna.

Me acompañó hasta el estacionamiento sin dejar de hablar de sus investigaciones sobre la esencia del lenguaje en contraposición con el segundo Wittgenstein.

¿En qué trimestre vas? —le pregunto al llegar a mi coche.

Ya estoy haciendo mi tesis.

¿Y por qué estás cursando “Introducción a la Filosofía”?

Los problemas nunca terminan, creo que la mejor manera de abordarlos es regresando al origen y a los textos clásicos.

Regresar a los textos clásicos.

Me quedé mirándola mientras hablaba y, por momentos, sentía que filosóficamente me estaba reflejando. Reaccioné, moví la cabeza y la interrumpí:

Tu postura es metafísica.

¿Y qué?

Me extrañó su respuesta, no supe qué decir de inmediato y preferí despedirme:

—Seguimos platicando la próxima clase.

¿Puedo acompañarlo?

—¿Adónde?

—Adonde vaya.

—¿Para qué?

—Para seguir platicando.

Lo pienso, miro su sonrisa traviesa y niego.

No, mejor no.

¿Por qué no?

—Eres mi alumna.

—¡No es cierto! Oficialmente no eres el maestro, así que técnicamente no estarías saliendo con tu alumna.

—¿Salir?

—¡Ándale, te acompaño! Quiero saber dónde vives.

—¿Qué?

¡Es broma! Sólo quiero seguir platicando.

Lo vuelvo a pensar, la miro y sus ojos me hacen sonreír.

¿Sí?

Está bien, te invito un café.

¡Sí!

Y nos fuimos a Coyoacán.

Continúa 138

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".

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