Estados Unidos y su embajada de la muerte

A 70 años de la formación de Israel, uno de los anhelos religiosos más sentidos es hacer de Jerusalén su capital, pretensión que ha tomado forma a partir de que el gobierno de Donald Trump instalara la embajada norteamericana en la ciudad, punto concéntrico de las tres religiones monoteístas más importantes de la era actual.

Las tensiones se han incrementado ante la ola de protestas de palestinos que abiertamente le darían razón histórica a Israel de que la tierra santa debe albergar su capital y afirmar su presencia religiosa y política en esta zona.

Es evidente que la tensión árabe-israelí no terminará ante la decisión norteamericana de poner su embajada ante la representación de Israel en Jerusalén, por el contrario: ha abierto una nueva llaga entre las heridas que subsisten en un conflicto irresuelto y habrá de generar muerte en una tierra que históricamente se ha puesto en disputa por múltiples intenciones que van más allá de cuestiones religiosas.

Si alguien se pregunta si alguna vez existirá paz en Oriente Medio, la verdad de las cosas es que nunca sucederá; el enfrentamiento de dogmas, sociales, raciales y culturales que acompañan condiciones geopolíticas, no hacen posible pacificar esta zona del planeta.

Lo inaceptable de todo lo anterior es que exista conflicto y muerte entre pueblos, una cuestión demoledora y real en pleno siglo XXI que nos evidencia que un conflicto geopolítico y geoeconómico va más allá de la racionalidad formal; no podemos asumir que todo se reduce a una postura política o económica, esto implicaría sacrificar estelas más profundas.

Israel, que vive en un estado permanente de guerra, se encuentra en alerta máxima y ya ha cerrado la frontera para impedir cualquier disturbio, pero lo imparable es que las hostilidades en torno a la ciudad de Jerusalén se incrementarán, y no nos extrañe que tengamos un nuevo conflicto armado árabe-israelí.

Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.

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