¿Por qué López Obrador matiza sus promesas?

Andrés Manuel López Obrador está a pocos días de ser declarado presidente electo, aunque para efectos prácticos ya lo es. Desde que se produjo el anuncio del triunfo, las élites empresariales y políticas se han pronunciado públicamente en un apoyo inédito al líder de la nueva administración. El rencor y la virulencia han cesado y en un pacto de cordialidad manifiesta entre el empresariado y el antisistema todo parece perdonado por ambas partes, en aras de salvar a México.

En ese contexto, el ganador de la contienda ha establecido contactos con líderes de cámaras empresariales, actores sociales, representantes de distintos sectores a los cuales, a diferencia del discurso de campaña, ha disminuido la fuerza de los compromisos.

Así, en una nueva expresión del político tabasqueño, en una imagen de presidente de facto, a AMLO se le nota un semblante distinto al que observaba en su metamorfosis de animal político: ha mutado a jefe de Estado y sabe el alto costo y responsabilidad del cargo.

La expresión es más adusta y menos triunfalista, se impone en su gesto la preocupación por cómo obtener los recursos financieros. Si bien la promesa de abatir la corrupción y de ahí obtener el capital necesario para implementar programas de política social resultaba atractiva y verosímil, ésta tendrá que ir concretándose en la medida de ir obteniendo el dinero suficiente con creatividad y un ordenado manejo financiero. Además, en sus cifras seguramente no había calculado el tamaño de algunos rubros en la cuenta pública, como los gastos de operación, el pago de salarios a burócratas y otros conceptos etiquetados que dejan un pequeño margen de acción para erogar mayúsculos montos al otorgamiento masivo de apoyos sociales.

Por otro lado, si se considera que el principal recurso de captación de recursos es el petróleo, bien no renovable del que a diferencia de otras administraciones apenas el crudo mexicano aportará un 15% de las finanzas, es decir, la mitad del 30% que generó en otros momentos. Así, si la cartera del presupuesto público no alcanza, habrá que acudir al crédito, sin embargo otra promesa fue sanear las finanzas públicas y reducir el tamaño de la deuda pública. Lo que se veía sencillo en los actos de campaña ahora supone un reto fundamental para generar las primeras acciones del gobierno.

Tal panorama ofrece una primera reflexión, que además resulta lógica especialmente cuando las expectativas se trazaron demasiado altas: el presidente de la República matizará desde ahora las metas de su gobierno y poco a poco resultarán más cercanas al terreno de lo posible que al de la fantasía de erradicar inmediatamente la pobreza, por ejemplo.

Lo anterior no supone una traición a las promesas establecidas durante la etapa de campaña electoral, por el contrario, es un ajuste realista a la forma en la que operará el gobierno, en el que tendrá que partir de lo que ya se está haciendo actualmente en las instituciones y poco a poco generar el cambio.

Por ello, debemos ser cautos para no exigir más de la cuenta por adelantado y esperar a un plazo corto y mediano que la esencia de la oferta política se concrete gradualmente. Por otro lado, hay que recordar que el despegue del nuevo gobierno tendrá que ser evaluado en un primer tramo de 100 días, será entonces cuando se note si el rumbo de la gestión lopezobradorista avanza conforme a lo prometido. La coordinación y el marco de cooperación entre el Legislativo y Ejecutivo, que arrancará de forma paralela el 1 de diciembre, supone también un ejercicio democrático donde parlamentarios y funcionarios deben alcanzar los acuerdos indispensables para el funcionamiento de una política social que deberá durar al menos seis años.

Con todas estas reservas del caso, confiamos en que el nuevo equipo haya hecho el diagnóstico correcto en las finanzas públicas, que tenga el talento y la inteligencia para construir un nuevo modelo de gobierno participativo y de verdadero efecto en la justicia social.

Desmantelar los enraizados vicios, usos y costumbres que caracterizaron a los gobiernos prianistas no será una tarea sencilla; sin embargo, si desde la naciente presidencia y su gabinete se trabaja con honestidad, austeridad y transparencia, la ciudadanía encontrará signos que presagian un buen augurio para este país.

 

Autor: Mario Ortiz Murillo

Maestro en Estudios Regionales, realizó estudios de Marketing político y gubernamental. Académico, periodista y sociólogo urbano; amante de los mejores y peores lugares de la Ciudad de México, a la que pensó que le venía mejor rebautizarla como Estado de Anáhuac que CDMX. Desertor de la burocracia convencido de la poderosa energía de la sociedad civil y marxista especializado en la corriente Groucho (Marx). De profundas raíces fronterizas chihuahuenses, se siente más juarense que Juan Gabriel, aunque ninguno de los dos haya nacido en la otrora Paso del Norte. A punto de doctorarse, le ha faltado tiempo (y motivación) para lograr el grado. Observador de la política nacional e internacional que siempre le resulta un espectáculo más divertido que la más sangrienta de las luchas de la Arena Coliseo. Entre los personajes que más ha respetado en la política se encuentran Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Valentín Campa, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Olof Palme, Willy Brandt y Fidel Castro. Todavía sueña que en este país la izquierda merece una oportunidad para llegar a la Presidencia de la República; espera verlo antes de morir.