No los vaya a salpicar…

El bautizo en la religión del autoengaño comienza cuando haces lo que en el fondo no quieres, por ejemplo, firmar un acta, un contrato o un desplegado y no hay de otra porque en ello va la chamba, el chivo o el amor. Así entras a la grey de los esclavos, lo cual no está bien pero tampoco mal, porque siendo esclavo o esclava mantienes tu rebeldía y te resignas y pintas tu letrero de camión: “esclavo y amo”, “esclavo cimarrón”, “todo por no estudiar”, “soy chiva y qué”, “por ti y por tu familia, Hidalgo avanza”.

La confirmación viene luego, cuando dejas morir la rebeldía y te olvidas de ti mismo y empiezas a sacrificarte porque eres parte de la pareja, de la institución, de la empresa, del equipo. Entonces el engaño te lleva al punto de no sentir que mientes cuando dices: te amo porque me amo, aquí yo soy la autoridá, represento al pueblo, Selecciones del Reader’s Digest soy yo, más que empleo en Gualmarc, Ocso, Copelia, Zorriana, tengo el orgullo de ser asociada o asociado. Ajá.

Hasta que, de la mano bendita del siguiente sacramento, te llega la hora de la verdad, la penitencia. Cuando te despecha que nomás te den tu avión, que tu  superior en jerarquía sea un bandido y ascienda por su carencia materna. Entonces haces un examen de conciencia y redescubres que quien domina tus quincenas llegó adonde llegó no precisamente por su sinceridad sino porque tú te la creíste.

Para la gente que se cree libre o digna o con espíritu de servicio y con sentido común, resulta humillante la obligación de poner al calce su nombre o el de la persona moral firmante del contrato, porque da lo mismo si se trata de una empresa o de una asociación delictuosa como el matrimonio.

El dolor comienza con la duda que no se puede despejar, con la ofensa que no se puede contestar y sigue con la humillación que inflige quien tiene el santo sacramento de la fuerza. Si no me cumples, te vas; quiero el divorcio; rescindo de tus servicios. Adiós despensa, beca, subsidio, derecho de vender en abonos en mi zona de influencia. Y sólo tienes de dos sopas: o confiesas tu rebeldía o te tragas tu traición, pero de todos modos te amuelas.

La penitencia empezará cuando te sientas parte de la banda y te digan “el divorcio por ser pecado no te lo doy”, “la última y nos vamos”, “espérate para la otra”, “el presente es de lucha, el futuro tarará”. Porque de nada servirá que seas o te creas miembro de una sagrada institución, de una empresa, de una cámara o de una recámara, de un sindicato o de un partido.

Acepta, pues, la penitencia y busca depa en soltería, vete mucho a picar piedras o reniega de tu fe y recuerda que antes que ser parte de esto y de lo otro, de andar con éste y con aquél, con ésta y con aquélla, eras una individua o un individuo, que al fin que ni querías, que para manadas los bueyes y que “nosotros” te suena a orquesta típica. Y verás que ni el mundo se acaba ni hay más infierno que el de tu cabeza, y que cada cabeza es un mundo y el mío anda de cabeza arrastrando la cobija. Y ábranla que vengo herido, no los vaya a salpicar…

Autor: Agustín Ramos

El tiempo pasa, lo digo yo que nací en 1925, según los dueños de la palabra municipal. El tiempo pasa, hace un rato era de día y ahorita son las once con trece minutos de la noche. Me llaman Agustín Ramos (fíjense bien que no digo "me llamo", porque no acostumbro llamarme a mí mismo, ¿para qué?, si casi siempre estoy aquí conmigo). Nací en el año ya dicho por los ilustres poetas funcionarios, más ilustres que poetas, eso sí, aunque también el lustre y el puesto de funcionario les venga por la digna vía de la autopromoción. No es por hacer sentir menos a nadie, pero soy de Tulancingo... je, je. Me llevaron a México y ahí me puse a vivir. No concibo la escritura como algo distinto a la vida. Digo "viví" y es lo mismo que si dijera "escribí"; escribí millones de hojas, quince libros, o menos, como 17, entre novelas, ensayos y cuentos, sobre todo de temas históricos. Esto último gracias a la soberbia historia minera de estos lares míos y a la nostalgia que estos lares míos me producían cuando estaba recién llevado a México, ciudad donde viví y amé casi tanto como aquí. Y, bueno pues, ya son las once con 24. ¿Ven?, se los dije: el tiempo pasa, que me lo digan a mí que nací en 1925... Yo, el rey.

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