La traición de Proceso

La revista fundada por Julio Scherer García, Proceso, ha debilitado su credibilidad. No se trata únicamente del fin del romance con el proyecto encabezado por Andrés Manuel López Obrador, sino que gradualmente la publicación que cimbró a la clase política desde aquel simbólico 6 de noviembre de 1976 se ha colocado como un medio sin rumbo, con una diluida ideología y sin esa influencia que en otro tiempo le permitía ser el contrapeso del optimista discurso oficial.

Proceso nació grande, con las mejores plumas que habían rechazado el intervencionismo echeverrista en Excélsior; con el liderazgo de Julio Scherer y un grupo de periodistas como Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero, Carlos Marín (cuando era buen reportero), Rafael Rodríguez Castañeda, el semanario político se convirtió en el referente de ese trabajo reporteril que incomoda a los altos funcionarios y que enoja a los gobernantes que hasta entonces eran intocables.

La era de Julio Scherer García fue la mejor época, sin duda; luego Rafael Rodríguez Castañeda tomó la estafeta y desde entonces los estándares de exigencia y calidad periodística cambiaron. El semanario tuvo en cierta medida la consistencia de su periodismo crítico, ajusticiador, a veces de francotirador del gobierno, pero sin el rigor y ética que caracterizaron los años dorados. A la fecha, mantiene una relativa influencia en ese sector de la ciudadanía que participa en la opinión pública y consume información calidad llamado círculo rojo. Por desgracia, como ocurre en la actualidad, ese círculo rojo que respaldaba la credibilidad de Proceso cada vez es menor al que en otro tiempo alcanzó.

Para suerte de Proceso, la sustentabilidad financiera se ha mantenido gracias a los jugosos acuerdos de publicidad oficial que recibe de los gobiernos estatales, dependencias federales y organismos públicos. La subvención de Proceso y su negociación con una heterogénea clase gobernante le ha permitido permanecer a flote y mantenerse en circulación. Sin embargo, cada vez su más insoslayable cercanía con las oficinas de comunicación social ha terminado afectando, en sentido directamente proporcional, lo que quedaba de su credibilidad. De ahí deriva, en parte, su falta de independencia editorial tan evidente en estos días; circunstancia que no es exclusiva de este medio, porque prácticamente todas las publicaciones periódicas deben sobrevivir de la subvención del gobierno mexicano. Pero en el caso de Proceso, la portada de esta semana puso en evidencia su falta de pudor y su cada vez más cínico cachondeo con grupos y poderes interesados en desacreditar el arranque del nuevo gobierno. La portada se va a la yugular del tabasqueño: “AMLO se aísla. El fantasma del fracaso”, texto acompañado de una fotografía en la que se retrata al presidente electo, con un gesto descompuesto y con claros signos de agotamiento con la mirada perdida, una gráfica demoledora que dedica las páginas centrales de la revista a mostrar un escenario catastrófico ante el inminente comienzo del próximo sexenio, que ya no luce tan optimista como ocurría en aquella noche del triunfo el 1 de julio.

Los adversarios de Morena y AMLO han llamado a este sainete “fuego amigo”, una expresión que viene bien para señalar a quien esa práctica del que, en apariencia, debería ser tu aliado y se transforma en tu golpeador. Y no es para menos, hasta al llamado periodismo de “izquierda”, “militante”, “pejista” o descaradamente “lopezobradorista” sorprendió el comportamiento de Proceso (uno de los suyos), especialmente porque durante y posterior en la campaña el importante medio asumió una postura de franca apología al triunfo alcanzado por López Obrador.

Cierto es que la relación de la federación con los medios de comunicación se verá lastimada una vez que ha quedado claro que los enormes subsidios vía el rubro de publicidad política será menor en un gobierno que ha colocado como su bandera la austeridad, por ello la hipótesis de un recorte presupuestal podría ser una de las razones de este divorcio entre AMLO y Proceso. Por otro lado, no puede descartarse la intromisión de Juan Ignacio Zavala, hermano de Margarita y cuñado de Felipe Calderón, quien además de estos blasones familiares es el esposo de María Scherer Ibarra, exdirectora comercial de Excélsior y cuñada de Julio Scherer Ibarra, miembro del consejo de administración de Proceso.

El clan Scherer mantiene un poder simbólico en la empresa, la nueva generación se aleja de algunos principios que en la era de don Julio hubieran sido impensables y quizá esta sea la otra hipótesis del bandazo que esta semana colocó a Proceso como un medio adverso a la imagen que intenta construir el nuevo gobierno.

Es sano marcar distancia ideológica con un régimen que inicia, especialmente porque se han terminado los tiempos de campaña donde los dimes y diretes tienen otra connotación. En esta ocasión Proceso ha sacado el cobre muy temprano y parece haberle declarado desde este preludio la guerra a los artífices de la cuarta transformación. Si la decisión de marcar esta ruptura editorial corresponde exclusivamente a los administradores del semanario político, como ocurrió en 1976 cuando Echeverría maquinó el golpe de periodistas que le arrebató la dirección general a Julio Scherer García, periodistas que siguen en las filas de Proceso y han observado simpatías con AMO tales como John Ackerman, Jenaro Villamil, Jesusa Rodríguez, Florence Toussaint, Estela Leñero Franco y Beatriz Pereyra, deberán, por un sentido de coherencia y ética periodística, emular a los pioneros de Proceso que anteponiendo la dignidad a un empleo, salieron a las calles a construir un medio plural sin censura ni bozal, sólo así esos periodistas podrán deslindarse de las prácticas empresariales de los dueños del Proceso.

Quedamos en espera, a ver cuántos marcan distancia del nuevo Proceso que defiende, desde ahora, los intereses de la mafia en el poder.

 

Autor: Mario Ortiz Murillo

Maestro en Estudios Regionales, realizó estudios de Marketing político y gubernamental. Académico, periodista y sociólogo urbano; amante de los mejores y peores lugares de la Ciudad de México, a la que pensó que le venía mejor rebautizarla como Estado de Anáhuac que CDMX. Desertor de la burocracia convencido de la poderosa energía de la sociedad civil y marxista especializado en la corriente Groucho (Marx). De profundas raíces fronterizas chihuahuenses, se siente más juarense que Juan Gabriel, aunque ninguno de los dos haya nacido en la otrora Paso del Norte. A punto de doctorarse, le ha faltado tiempo (y motivación) para lograr el grado. Observador de la política nacional e internacional que siempre le resulta un espectáculo más divertido que la más sangrienta de las luchas de la Arena Coliseo. Entre los personajes que más ha respetado en la política se encuentran Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Valentín Campa, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Olof Palme, Willy Brandt y Fidel Castro. Todavía sueña que en este país la izquierda merece una oportunidad para llegar a la Presidencia de la República; espera verlo antes de morir.

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