El trenecito de madera

Miles de historias se entretejen en Navidad, algunas llenas de felicidad, otras hilvanadas por la tristeza de quienes la fortuna no les acompaña.

Miraba la vitrina de la tienda de juguetes de la urbe de hierro; era una noche helada, de cristal, con el viento húmedo de la navidad. No tenía más de 7 años, sus mejillas enrojecidas eran la imagen de dos tiernas manzanas, mientras sus pies y manos se habían convertido en rocas entumecidas; los transeúntes que caminaban con los regalos no advertían el pequeño cuerpo de ese niño que miraba el trenecito de madera.

El viento despeinó sus cabellos de noche, entonces inició su peregrinar por las calles de metal, entre los autos y los transeúntes gritando: “¡Extra, extra, el frío invierno se acerca, extra, extra!”. Pero su voz se perdía en el murmullo de las personas que caminaban despreocupadas en ambas direcciones de la avenida, sin detenerse a comprarle un periódico al niño de las mejillas rojas.

La noche entregó las estrellas al firmamento, entonces el pequeño emprendió la caminata hasta el callejón de ladrillos humeantes, donde otros niños y mendigos tenían su morada; se instaló en su improvisada cama de cartón y se cubrió con los periódicos que no había podido vender, entonces otro de los inquilinos del fastuoso callejón, un niño de dientes grandes y sonrisa de miel, le compartió un pedazo de pan, ambos se abrazaron para atenuar el frío y el niño de las mejillas rojas le dijo: “He visto un trenecito de madera, de color rojo y con chimenea”. Los niños se acurrucaron y el frío los unió en un abrazo que petrificaba sus alientos, mientras el sueño invadía sus cuerpos en esa gélida noche. 

Al día siguiente, entre humedad y los primeros destellos del sol de invierno, el niño de las mejillas rojas se dirigió en busca de sus periódicos, le dolían sus pequeñas manos que asemejaban violetas, entonces surgió su voz de colibrí gritando: “¡Extra, extra, el frío invierno se acerca, extra, extra!”. Se encaminó hacia la tienda de juguetes y allí lo esperaba el trenecito de madera; entonces imaginó que él era el maquinista que, a toda velocidad, conducía el caballito de hierro por las vías infinitas hacia el horizonte.

La implacable noche llegó, el niño regresó al callejón donde el nutrido contingente de amiguitos y mendigos aguardaba la Nochebuena; su compañero, el niño de los grandes dientes, le dijo: “Mañana es Navidad, quizá Santa Claus te traiga el trenecito de madera”; el pequeño de las mejillas rojas contestó: “Estoy seguro que me lo traerá”. Los niños se abrazaron y se fundieron en un fecundo sueño mientras el frío recorría sus cuerpecitos entumecidos.

A la mañana siguiente, el trenecito seguía detrás de la vitrina, pero su pequeño espectador, el niño de las mejillas rojas, no volvió y jamás se volvió a escuchar su voz; esa fría noche le regaló el sueño infinito.

 

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Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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