La naturaleza de la Administración Pública

Se habla mucho de la importancia de imponer orden para el progreso, pero ¿orden y progreso para quién y bajo qué premisa?

Nada tan lineal e incomprensible en el acto social y su dinámica dialéctica que el positivismo en el “orden y progreso” que dio paso a la vertiginosa presunción científica como premisa de bienestar de la humanidad.

En este trazo del siglo XIX -que por cierto no nos abandona y sigue abierto o escondidamente iluminando a los alumbrados del conocimiento científico- se esgrime el “orden y progreso” como constante lineal que se vuelve sinonimia, la cual parece, sin ofender a los simios, simionimia. Más allá, aparece la rigidez de las estructuras civilizatorias del Estado, que incansablemente pretenden imponer orden para el progreso, pero ¿orden y progreso para quién y bajo qué premisa?

En términos estrictos, el “orden y progreso positivista” fue instrumentado a nivel de la fuerza política del Estado como la vértebra de la opresión de la represión legal, para crear vasallos-ciudadanizados, aquellos que, ciegos, en infinidad de ocasiones votaron creyendo que su voluntad sería respetada, pero su voluntad era solo una ramera leprosa a la que los ebrios moribundos acuden para cerrar el ciclo de la ignominia.

Pero el “orden y progreso” funcionó para el control de élite, que desde el Estado centró las bases de sociedades ordenadas para el progreso de esas élites, y cuando rompían el orden cuestionando la estructura de ese orden, lo mismo en Tlatelolco ‘68 que en Praga o en París, las bayonetas asomaban sus colmillos hiriendo y asesinando a los que subvertían ese orden.

Hoy, cuando vemos el orden de ese orden de Estado que se nomina “Administración Pública”, por ende, administración de la génesis de la Res-publis o República, el ciudadano; atendemos a todo menos al orden, que lo mismo notamos en la tramitología que en una burocracia que se duerme en su escritorio, o bien, en el viacrucis de las filas y de la inoperatividad de la respuesta: “Le falta un papel”.

Cuando el orden se vuelve cadena de opresión, hay que romper las cadenas como lo hicieron los esclavos en diferentes latitudes, porque vivir en el orden del carnicero termina en el tajo sanguinolento que divide y no congrega.

 

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Por: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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