Renuncio a la palabra

“Alguna vez tuve que renunciar a la palabra por decir la verdad, por encarar con hombría la construcción de la hipocresía”.

No concibo un mundo silente, no creo en el quebranto de la palabra oral o escrita; su sacrificio inútil en el ripio hoy la mutila y la hiere, le otorga el vacío de la incomunicación, quizá porque al empobrecerla la vuelve mímica de las ideas, y las ideas son palabra infinita que necesita de la justa comunicación para romper el silencio y su mímica de funeral.

Renuncio a la palabra que ha caído en el ripio de las relaciones superfluas que inundan las calles de lo virtual, aquellas que empobrecen de modo pestilente el intelecto, que lo encierran en el muro de Sartre, que lo mutilan con las bayonetas que le quitaron la vida a Federico García Lorca.

La palabra es la conquista del universo que se abre desde el primer gemido del parto para tranzar con el dominio del universo social; trazar su dominio y esgrimirla como espada es el camino para derrumbar lo molinos de viento sin subirnos a Rocinante, sin tener que buscar a Dulcinea.

Renuncio a la palabra pobre, desprovista del cariño de la imaginación, del olfato intelectual que hace que el mundo busque la verdad o que la construya provisionalmente; por ello camino pensando en voz alta: soy un orate en el trasiego vehicular, en las cantinas de algarabía y en las quimeras de los mendigos.

Alguna vez tuve que renunciar a la palabra por decir la verdad, por encarar con hombría la construcción de la hipocresía, por atreverme a lo que hoy millones renuncian tratando de impedir su esclavitud, pero sin el valor que libera el campo de concentración en Varsovia. 

Renunciar a la palabra y caer en la hipocresía del mundo silente de lo virtual, aquel que habla pero que no dice con valor lo que es valioso para los seres humanos y vuelve a la conexión vínculo de IPhone, es poco menos que esclavizarla, hundirla en la depresión de la verdad, en la maldad inaudita que ha hecho del WhatsApp la locura de los molinos de viento, pero sin la gracia de lo culto, de la fantasía docta que hizo que Dulcinea se la princesa que aprieta el corazón desde las mocedades.

Allí, renuncio a la palabra como mueren los poetas, seres que hacen de una lágrima la ilusión del que no renuncia a la palabra, porque es harina que amasa el mismo pan, trigo dulce de otoño, virtud del vino, porque el vino jamás te miente: si es desabrido te lo grita al paladar, si es eterno se encima en la resaca, pero jamás se vuelve WhatsApp o red podrida. 

 

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Por: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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