En Hidalgo, la integración de los cabildos mediante representación proporcional cambió de manera relevante en los últimos años: hoy, la asignación de las pluris de regidurías inicia desde quien fue candidato a la presidencia municipal y no desde el primer regidor de las planillas perdedoras. Lo que parece un ajuste técnico ha tenido consecuencias políticas visibles en la vida municipal, pues traslada al interior del ayuntamiento la confrontación directa entre quien ganó la elección y quien compitió por el mismo cargo.
El diseño original de la representación proporcional en los cabildos buscaba asegurar pluralidad política y deliberación colegiada, incorporando voces distintas a la mayoría ganadora. Sin embargo, cuando la figura que encabeza esa representación es precisamente el excandidato derrotado, el cabildo deja de ser sólo un órgano de equilibrio institucional y se convierte, en muchos casos, en la prolongación institucionalizada del conflicto electoral. Por lo tanto, en muchos ayuntamientos hoy la lógica de competencia no desaparece con la jornada electoral; simplemente se traslada a la mesa de decisiones municipales.
Esto plantea una tensión evidente. Por un lado, fortalece la visibilidad de la oposición y garantiza que proyectos políticos relevantes tengan presencia en el gobierno local, pero también exige mayores capacidades políticas de conducción por parte de los presidentes municipales. Ellos deben coordinar cabildos más plurales y, en ocasiones, más confrontados. En ese contexto, la agenda institucional puede verse influida por la rivalidad personal y política entre quienes disputaron la presidencia municipal, lo que puede dificultar la construcción de acuerdos básicos para la gobernabilidad cotidiana.
Desde una perspectiva ciudadana, la pregunta no es menor: ¿qué tanto abona este modelo a la deliberación democrática y qué tanto reproduce las fracturas propias de la contienda electoral? Cuando las sesiones de cabildo se perciben como escenarios de confrontación constante, la ciudadanía deja de verlas como espacios de solución de problemas públicos y comienza a interpretarlas sólo como arenas de disputa política, lo cual erosiona la confianza en el funcionamiento de su autoridad electa más cercana.
La crítica, en este sentido, no puede dirigirse únicamente a las personas que asumen esas regidurías, pues actúan conforme a la ley vigente, pero tampoco puede ignorarse que la presencia de excandidatos a la alcaldía introduce dinámicas distintas a las de otros regidores. Su peso político, su legitimidad electoral propia y, en ocasiones, el revanchismo político influyen inevitablemente en la manera en que se desenvuelve el órgano colegiado.
El desafío de fondo es reflexionar si este modelo, tal como está diseñado y operando en la práctica, contribuye efectivamente a fortalecer la pluralidad democrática en los cabildos hidalguenses o si, por el contrario, alimenta escenarios de confrontación que complican la gestión municipal. La representación proporcional es indispensable para equilibrar el poder local; la pregunta abierta es si el punto de partida elegido para integrarla está abonando a la deliberación constructiva o a la prolongación institucional de la disputa electoral.





