¿Tienes miedo?, me pregunta Mina en un sueño. Mucho. ¿Tienes miedo de morir o de sufrir? No había pensando en lo segundo. Yo prefiero morir que sufrir. Te entiendo. ¿Tú? Yo prefiero sufrir.
Amanece, el sol mueve las sombras de las enormes paredes color beige y los internos del reformatorio somos levantados a las seis de la mañana. Desayuno de asco en el comedor a las seis treinta y luego de ponernos a limpiar por dos horas nos dejan salir al patio, excepto los castigados. Camino cauteloso, mirando a todas partes, cuidándome del gigante que quiere matarme. ¿Dónde estará mi hermano?
—¿Quieres jugar?
Un grupo de internos me mira, el que pregunta es El Porro, quince años, homicidio calificado. Domina el balón con destreza.
—Nos falta uno, ¿le entras?
—Está muy chico —dice El Greñas, doce años, robo simple.
—Pero sabes jugar ¿no? —insiste El Porro.
—Más o menos.
—No importa, de todas formas nos falta uno para completarnos.
Todos me abren cancha, siento empatía y participo en el juego.
—¡Vas de defensa, carnal! —me dice El Cuzi, trece años, robo a mano armada.
—¡Va, carnal! —repito ‘carnal’ no sé por qué.
Aparece el otro equipo. Se ven más rudos, malencarados y, quizá, violentos. La sangre me baja hasta los pies cuando reconozco al gigante entre éstos. Su gran moretón en el ojo izquierdo.
Comienza el juego, soy lateral izquierdo y marco al extremo derecho. Pocas veces le llega el balón porque no me le quito de encima y mis compañeros de equipo me animan por mi determinación y valentía. Una jugada de peligro, el extremo derecho conduce el balón a toda velocidad y nuestra portería parece vencida, no obstante, le alcanzo y, sin cometerle ninguna falta, le arrebato el balón. Mi equipo ovaciona, me doy la vuelta con la pelota y, brutalmente, el gigante me impacta la rodilla.
Al principio no es tanto el dolor sino el shock de ver la rótula de mi rodilla fuera de su lugar. Estoy deforme. Sin embargo, luego de algunos instantes, en que el tiempo y los sentidos se recuperan paulatinamente, aparece el dolor. El dolor total. Grito tan fuerte que llegan los celadores, esparcen a todos con sus toletes y desde las torres los rifles apuntan amenazando con disparar a través de las bocinas del lugar. Durante el pandemónium alguien reacomoda mi rótula y pierdo la conciencia.
—¿Estás bien?
Recupero la visión, paredes azul cielo, el blanco de los muebles y todo me da vueltas alrededor. Es una enfermera, ojos intensos y cabello castaño. Me siento como drogado pero es algo que nunca me habían dado.
—Te di morfina para el dolor.
—¿Mamá?
—Noo soy tu mamá —dice sonriendo mientras pone su mano sobre mi frente, el calor de su palma suaviza mi alma—, pero te estaré cuidando hasta que te recuperes.
Su sonrisa me recuerda a Mina, mi mejor amiga. Cierro los ojos y al abrirlos ya es de noche. Estoy solo en la estancia de la pequeña clínica del reformatorio. Una luz en el pasillo alumbra tenuemente la ventana de la puerta, las luces de las torres se mueven de vez en cuando y una gotera me sirve de metrónomo al momento de hacer poemas. Miro mi pierna derecha cubierta por una férula de yeso aún fresco y mi mano izquierda esposada a la cama. Me van a dejar aquí hasta que pueda caminar con muletas y eso me reconforta, al menos unos días lejos de aquél gigante de pesadilla.
Suspiro hondo y la filosofía aparece nuevamente. Es algo que está dentro mí, una acción poética, un incontrolable impulso de reflexión, análisis y paradójica autoexplicación.
—¿Cuál es el significado de la palabra ‘significado’?
Continúa 18

Por: Serner Mexica
Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".