La Reforma Electoral, impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, murió en la Cámara de Diputados antes de siquiera tener una posibilidad real de prosperar. La iniciativa no alcanzó la mayoría calificada necesaria y quedó sepultada ayer en el pleno, dejando tras de sí una pregunta inevitable: ¿cómo terminó enviándose una reforma constitucional que, desde el principio, no tenía los votos suficientes para aprobarse?
En política, las derrotas legislativas suelen ser producto de errores de cálculo, rupturas políticas o negociaciones fallidas. Pero en este caso el desenlace parecía previsible desde antes de que la reforma llegara al recinto legislativo de San Lázaro. Particularmente, porque los aliados del oficialismo, el Partido del Trabajo y el Partido Verde nunca estuvieron dispuestos a acompañarla, porque afectaba la metodología a través de la cual se han hecho de diputados y senadores durante toda su existencia y, sobre todo, porque tocaba su financiamiento. ¡Con todo, menos con la lana! ¿No?
Desde 1997 un presidente en funciones no contaba con mayoría calificada para reformar la Constitución sin la oposición. Eso cambió en 2024; por eso, el rechazo a la reforma es un fenómeno político curioso (por decir lo menos): una iniciativa enviada al Congreso con un destino prácticamente escrito. Si los números no daban, si los aliados no estaban convencidos y si la mayoría calificada era matemáticamente imposible, la pregunta deja de ser ¿por qué se rechazó la reforma? La verdadera pregunta es: ¿por qué se envió?
Y realmente la explicación no está en el terreno legislativo sino en el político. Las reformas que se presentan sabiendo que no pasarán muchas veces sirven para marcar agenda, medir lealtades, exhibir aliados incómodos o, sobre todo, preparar el terreno para lo que vendrá después. Y lo que viene después, según todo indica, podría ser un conocido y peligroso recurso de la política mexicana: el llamado “Plan B”, es decir, intentar modificar por la vía de las leyes secundarias aquello que no logró reformarse desde la Constitución.
El episodio también deja otra señal interesante dentro de la 4T. El hecho de que el PT y el Verde no acompañaran la reforma de Morena abre, inevitablemente, una interrogante sobre el estado real de esa alianza política. Las coaliciones suelen ser sólidas cuando ganan elecciones; la verdadera prueba llega cuando hay decisiones legislativas incómodas.
Así, la Reforma Electoral no sólo fracasó en el Congreso, también dejó al descubierto las tensiones internas de la mayoría política y anticipó que la discusión sobre las reglas del juego electoral apenas empieza. Porque si algo quedó claro en esta historia es que, a veces, en política, las reformas no se presentan para ganar… sino para justificar la siguiente batalla.





