Ser y Devenir 2

El primer día de algo son muchos días, semanas y meses. Años de procesar un hecho interpretado, reinterpretación misma del hecho y una nueva interpretación del proceso. El recuerdo visto una y otra vez, una y otra vez. ¿Cuál es el primer recuerdo? El hecho, el hecho interpretado o el hecho reinterpretado. ¿Qué es un recuerdo? Una imagen cambiante, un olor, una sensación o un sentimiento constituido por todos nuestros sentidos. ¿Cuál es su significado? Un concepto, un color, un nombre, una canción, una noticia, una moda y el conflicto del momento. Mi primer recuerdo es una imagen.

Un bebé llorando a mi lado.

Yo tan sólo miraba, observaba tranquilo y sereno, sin perturbaciones. Desde el techo de la sala de hospital éramos los dos polos de una misma imagen. Ser y Devenir. El pensamiento y el sentimiento, lo absoluto y lo contingente, la razón y la locura. Desesperación por diversas fuentes y el dolor incomprensible para uno e inspirador para el otro; el asombro como explicación y el asombro como sensación. Reflexión y acción, universalidad y particularidad, eternidad y finitud. ¿Cuál de los dos soy yo?

El primer día en San Jerónimo, la casa tipo colonial en Cerrada de Tihuatlán. La luz entrando por los vitrales, pequeños cuadros de madera con cristales color ocre que atardecen el comedor a todas horas del día. La chimenea de ladrillo, la enorme viga de madera atravesando el techo y el gran candelabro metálico y negro. Los muebles de madera, los cojines rosa mexicano y objetos de barro por todos lados. El gran piano, la cantina en la estancia y la jardinera en la pequeña sala. Una gran pared de piedra volcánica escenificaba las historias de mis juguetes, desde El Santo hasta Darth Vader. El tocadiscos girando y los discos rayados repitiendo los coros y gritos hasta el cansancio. Iron Maiden, Def Leppard y Judas Priest los principales. La lluvia de verano, la consecuente niebla y el olor a tierra. Tardes solitarias.

Nuestros padres se iban todos los fines de semana a Palmira, el rancho de mi tío Ernesto, quien murió muy joven en un accidente automovilístico. A veces nos llevaban, pero era un viaje de seis horas en una maltratada carretera con enormes barrancos y la casa carecía de agua corriente y energía eléctrica. Tenía un portal como del viejo Oeste, ahí se amarraban los caballos antes de llevarlos al establo y nos alumbrábamos con quinqués. El silencio le pertenecía a la naturaleza, llenando el espacio con innumerables sonidos de insectos, aves, reptiles y roedores. Además del sonidos del ganado cebú, suizo y charolais. La noche llegaba con las estrellas y, con ésta, los cocuyos y las luciérnagas.

Teníamos seis años cuando un sábado por la tarde, tal vez otoño, tal vez invierno, nos quedamos solos en la casa. Nos cuidaba doña Rosa, una anciana otomí que hacía brujería. Jugábamos a las escondidillas cuando, luego de un rato recorriendo la casa por habitaciones, patios y pasillos, ella desapareció por completo. Teníamos hambre y la buscamos por todas partes. Nada. Nada de nada. La casa por completo sola, oscura y callada. Miré a mi hermano y, paradójicamente, sus ojos profundamente negros me tranquilizaron. Siempre me tranquilizaban.

Desde muy chico ya era oscuro, le gustaba hablar de la muerte y su romántica presencia durante la noche; investigaba los ruidos, huellas y vestigios sin origen claro y se refugiaba en los lugares apartados. Se escondía de todos y sólo interactuaba lo necesario, excepto conmigo, su pequeño hermano. Sólo cuatro minutos, y cuarenta y cinco segundos, menor que él.

Buscamos a doña Rosa hasta quedar aburridos y exhaustos.

—Podemos preparar algo nosotros —dijo él.

Lo miré y sin pensarlo asentí, él siempre sabía qué hacer. Lo ayudé a sacar comida del refrigerador y a bajar cosas de la alacena, platos de diversos tamaños y un viejo sartén con mango de madera. El fuego me aterraba, y me aterra, sólo con pensar en quemaduras y accidentes de cocina siento dolor de cabeza. Éramos pequeños y la complejidad era inminente, sin embargo, preparamos unos huevos con muchos quesos, a la postre derretidos, y carnes frías acompañadas con pan que en ese momento tostamos. Yo puse un mantel, vasos y tenedores, mostaza, mayonesa y catsup; y preparé limonada. Fue lo primero que preparé en mi vida.

No lavamos los platos, no era prioridad en dicha orfandad; prendimos la tele y nos pusimos a ver una película. No recuerdo cuál era, sólo que se trataba de un asesino serial. La escena retrataba a una muchacha asediada por un psicópata, aterrada corría con todas sus fuerzas y, gravemente herida de una pierna, intentaba escalar una pared para salvar su vida. La música en suspenso y los planos cada vez más cercanos, mientras tanto yo abrazaba mis piernas entrecerrando los ojos y mi hermano se mantenía emocionado y al tanto. Todo en ascenso, el ritmo, el drama y su tiempo. Me atreví a mirar un poco cuando un brutal golpe en la puerta principal me hizo brincar, ambos volteamos y luego nos miramos asustados; él, sin embargo, se puso de pie para saber qué estaba pasando.

El mismo suspenso, abrió lentamente la puerta y, finalmente, apareció doña Rosa. Entró cojeando porque la habían atropellado. Había bebido, salió a la tortillería y, al regresar, fue embestida. Perdió un zapato, sus llaves y el monedero. La auxiliaron y regresó hasta recuperarse por completo. Nada grave, sólo el golpazo, el típico susto de borracho.

Al día siguiente regresaron nuestros padres y ella pidió algunos días libres para visitar Teocalhueyacan, su pueblo natal. Nunca regresó.

 

Continúa 3

Por: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






EL INDIO FILÓSOFO - Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".