Ser y Devenir 41

No puedo dormir. Mis recuerdos de niño alborotan mis sentidos, la ansiedad por analizar cada suceso y la depresión por el hubiera. No quiero dormir. Enciendo la luz y veo mis manos, mis pies, mis piernas y mis brazos. Estoy cansado. Suspiro hondo y mis ojos caídos en el espejo develan mi rostro exhausto. Mis eternas ojeras de vampiro por el exceso de café, alcohol y tabaco. Me estoy matando. Miro mi escritorio y está lleno de basura supuestamente poética, sueños rotos por escribir la gran novela. El gran filósofo. La gloria a cambio de la tragedia.

—Pero querías tocar el alma del universo —escucho el reclamo de mi hermano.

—Aún quiero.

—¿No te importa el precio?

—No me importa.

—Eres un pendejo.

—Lo sé.

—O un pinche genio.

—No, soy un pendejo.

Están reviviendo las fuentes de los impulsos de suicidio, el gran vacío en mi cuerpo y la muerte lenta de mi espíritu. No puedo más con este peso, con esta carga, con esta sentencia del cosmos y poesía del universo. Regreso llorando con la psiquiatra para que me recete más pastas, necesito su firma pues están controladas. Malditas medicinas, me salvan la vida pero me matan el alma.

—¿Cuánto tiempo estuviste con los niños de la calle? —pregunta la doctora.

—Un año.

—¿Viviendo en el sótano del monumento a la raza?

—No, ese espacio lo perdimos un par de meses después de mi llegada.

—¿Qué pasó?

—Mataron a La Calabaza.

Dos veces a la semana acompañaba a Samantha y su banda a un mercado, mi primera vez al de San Joaquín, a revisar los contenedores de basura en busca de fruta, verdura y sobras de los puestos de comida. No era fácil, los comerciantes atentos vigilaban y la policía nos acechaba, toda una odisea cartesiana.

El Proto comienza la distracción pidiendo dinero a los automovilistas, algunos son clientes y la policía interviene. El Alebrije le hace segunda y ambos distraen a los gendarmes. La Ñera distrae a los comerciantes pidiéndole dinero a los clientes y La Calabaza la apoya con enternecedores llantos que le quiebran la respiración a cualquiera. Entonces El Comanche, con costal en la espalda, tiene pocos minutos para recoger lo que pueda antes de que lo descubran y nos echemos todos a correr hasta La Raza.

—¿Qué hacías tú?

La primera vez, nada. Ya después apoyaba según las circunstancias, las cuales variaban según el espacio de cada mercado. No podíamos regresar al mismo en semanas, les reconocían de inmediato y nos perseguían con ganas de lincharnos.

—¿Sólo por recoger los desperdicios?

Es más complicado que eso. A nadie le gusta ver niños de la calle, a nadie le gusta mirarlos porque revelan el cinismo de la sociedad. Revelan la indiferencia de quienes pregonan la justicia y se subrayan el egoísmo de las personas, más aún de aquellas que se dicen humanistas. Los niños de la calle revelan la hipocresía de una comunidad que, por ejemplo, va la iglesia y se persigna pero que se niega a verlos y, aún menos, a ayudarlos.

—¿Qué pasó con la niña pequeña? —pregunta la doctora después de un largo silencio en que me quedo mirando a la nada.

—¿La Calabaza?

—Ella.

—Me duele recordarla.

Sólo tenía cinco años y murió de un disparo en la cara.

Continúa 42

 

Por: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






EL INDIO FILÓSOFO - Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".