Abbey Road y el tren del mame

¡BAJAAAAN! Me tenían harta los fans de ocasión. Siempre he pensado que un gusto se tiene, y se presume, todos los días, aunque nadie se muera, aunque no sea aniversario de nada.

El jueves 26 de septiembre se cumplieron 50 años de la publicación del último disco de los Beatles: Abbey Road. El día entero evadí todo lo que encontraba al respecto: notas, posters, publicaciones de Facebook, Twitter, Instagram y hasta canciones compartidas por Spotify. Y es que soy algo así como enemiga del tren del mame.

Casi a medianoche, en mi tradicional último scroll por las redes antes de dormir, seguían las publicaciones de “50 años del más grande álbum de la banda”, “el disco que marcó el final de una era” y similares. Me tenían harta los fans de ocasión. Siempre he pensado que un gusto se tiene, y se presume, todos los días, aunque nadie se muera, aunque no sea aniversario de nada, sin esperar aprobación de nadie, sólo porque se tiene y punto.

Me detuve un momento antes de activar el modo avión del celular y me pregunté: ¿por qué me molesta si claro que me gusta el disco, me lo sé de principio a fin, de izquierda a derecha? Para ayudarme a contestar mi propia pregunta, busqué el álbum, leí una a una las pistas y el corazón me saltó cuando llegué a Golden Slumbers. Antes de pulsar play me levanté de la cama y fui a desenterrar unos audífonos semiprofesionales que eran ne-ce-sa-rios para ese track.

Yo no quería escuchar Come together, ni Something, ni Here comes the sun, no, y aunque son las más representativas, no son las que más me gustan del álbum. Abbey Road debe escucharse como un todo, sin dejar de lado las pistas que no suelen ser conocidas porque “no son radiables” (esto es que en un programa de radio no se incluyen porque se corre el riesgo de disminuir el interés del escucha –uno bastante promedio, claro-, o que, por su duración, definitivamente a las emisoras no les sale el negocio, como Revolution 9).

Con el volumen casi al máximo, luces apagadas y manos cruzadas sobre el pecho, esperé a que se integraran el piano con el bajo y las cuerdas… y de pronto una vibración en el pulgar de mi pie derecho le dio la bienvenida a la voz de McCartney que, entre otras cosas, me hizo pensar: ¿cómo es que un niño de 27 años pudo cantar de esa manera y en sólo un minuto y medio ser dulce pero imponente?

En el Goooolden sluuuumbers fill your eyes yo ya estaba llorando, porque mi superpoder es sentir todo: la música, las memorias, las palabras, todo, y por lo general sale en forma de lágrimas. Y entonces recordé cuánto me gustan estas canciones, de las que me alejé porque me había saturado de escucharlas una y otra vez desde que tenía 12 o 13 años y hasta pasados los 30.

Como un mero experimento, salté a otro disco y elegí una canción al azar. La tenía memorizada de principio a fin. Historias que tenía años sin escuchar pero que ahí están, guardadas en un sitio bien custodiado de mi cerebro al que se le abre la puerta con los primeros acordes.

Recorrí los 16 álbumes y de cada uno elegí las dos o tres canciones que más me gustan, las menos populares, o las que desde siempre retaron my english pronunciation, y lo que obtuve fue la alegría de que, sin importar aniversarios de discos o defunciones de músicos, productores o quien haya estado relacionado con el cuarteto, cada parte de mi cuerpo que respira lo hace con una sonrisa porque fue creciendo con esas voces y esos sonidos.

Para mí, eso es hacerle homenaje a un disco, fuera del mame y sólo porque sí.

Autor: Alma Santillán

Pachuqueña. Cuenta con un título universitario que sólo menciona cuando es necesario. Escribe por gusto y sin fines de lucro, aunque si en el camino sucede, qué le vamos a hacer. Le gustan los gatos, pero por el momento tiene un perro.



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