Al pueblo pan y libros

El pasado domingo, en un acto en Mocorito, Sinaloa, arrancó el ambicioso programa nacional de Estrategia Nacional de Lectura. No podía ser otro el abanderado de tan noble misión que el incansable promotor de la cultura y defensor del libro, Paco Ignacio Taibo II, el mexi-hispano bigotón irreverente que dice las cosas políticamente incorrectas, pero al que nadie le puede regatear su inteligencia y pasión genuina por impulsar la (cuasi) utópica política cultural de estimular con creatividad el fomento de la lectura, tarea que para muchos es harto exigente en un país donde lo poco que se lee son libros de texto y bibliotecas y librerías cada vez son lugares más abandonados. Así, investido por el jefe del Ejecutivo el pintoresco intelectual, novelista, historiador y filántropo literario fijó, recordando a propósito de una referencia al poeta Federico García Lorca, que el libro es (y debería ser) un producto de primera necesidad, que no basta sólo saciar el hambre de pan, también un gobierno que apuesta por la educación debe generar política pública a fin de abaratar el alto costo de la literatura que leja a los lectores pobres de las librerías, y en cambio se generen acciones más eficaces para que el libro esté al alcance de cualquier persona.

En esto de promover la lectura ha habido demasiado intentos infructuosos. Algunos apuestan por utilizar a los “famosos” de la música, el cine y las telenovelas en agresivas campañas donde se sostiene que 20 minutos al día como mínimo: “debe ser la estrategia maestra de desarrollo, de combate a la pobreza”.  El programa de la iniciativa privada ha generado algún cambio de actitud hacia los libros, pero seamos honestos: las figuras públicas que intentan influir tampoco se distinguen por ser emisarios de una gran cultura, pero debe valorarse el esfuerzo de los particulares.

Desde el gobierno muchas han sido las iniciativas, pocas las que han generado los resultados esperados. Porque popularizar, con la implementación de un programa a largo alcance, la masificación en el consumo de ese objeto tan útil para la construcción de ideas y desarrollo del intelecto puede ser más difícil que reducir la criminalidad, toda vez que la enorme oferta de contenidos audiovisuales le juega una competencia desleal a los estoicos libros. Por qué tanto esfuerzo por convencer a la población de la nobleza de la lectura. Sí, los libros son en realidad el gran legado de la civilización, en este compendio impreso registro de la historia, de las ideas, de las costumbres de una sociedad y también del conocimiento. El proceso de abstracción, ese que nos distingue de los animales irracionales, encuentra en los libros su principal combustible para incentivar el entendimiento filosófico de conceptos como la justicia, la dignidad humana, la equidad, la tolerancia, la libertad, por ejemplo. Y no se trata de abogar por ellos sólo en términos académicos, lo mismo sirven al ama de casa para conocer de nuevas recetas, que al cómico para explorar el humor universal, al amante en búsqueda de ese poema que le restituya la confianza o que aliente su decepción. La historia de cada libro debe ser, en muchos casos, superior que la que se encuentra atrapada en esas páginas que se vuelven amarillentas al paso del tiempo. Un libro es un material de consulta que si bien puede estar arrumbado en algún librero con un lector perezoso, también la historia de este objeto puede ser tan intensa como ese ejemplar que a fuerza de tantos sellos en una biblioteca pública hay que empastarlo de nuevo y restaurarlo para que siga siendo la fuente de tareas, proyectos, investigaciones y tesis profesionales. Si tuviéramos que medir el nivel intelectual de una persona, bastaría saber cuántos y cuáles libros leyó en la vida.

Estoy convencido de que cada persona se define por las lecturas que acumula, es decir dime qué lees (y cuántos textos) y te diré quién eres. Por eso reviste tanto valor el que desde el inicio del sexenio la lectura se convierta en el eje de la política de educación y cultura. Taibo fue contundente cuando señaló que a nadie se le obligará a leer, no se trata de una medida dictatorial. Sólo faltaba que se encerrara a Galilea y a otras prófugas de las librerías a leer los textos de Ortega y Gasset, aplicarles un examen de comprensión y reconocer en su léxico un avance cualitativo y cualitativo en su expresión oral, no nos hagamos ilusiones. Pero sí reconoció que el precio de los libros ha sido un factor que ha reducido el nivel de lectura, por ello se compromete el actual gobierno a colocar ediciones baratas, desde 10 pesos para leer a los clásicos y a otros autores que no les mueve el deseo de hacerse rico con un best seller de 500 pesos por ejemplar. Estoy convencido que subsidiar el libro o buscar esquemas de financiamiento del papel para reducir los costos de impresión beneficiará a un sector de la población que por bajos recursos se ha alejado de los libros porque muchos títulos están inaccesibles, sin embargo la clave de la Estrategia por la lectura debe ir más allá de poner libros a precio de remate, tampoco creo que las cifras suban tanto, en realidad el reto es convencer mediante la prosa y la rima de grandes autores, de escritores menos arrogantes y más en el talante de Paco Ignacio Taibo el gusto por sus obras, por desmitificar el terror por abrir un libro y luego quedar atrapado en el sueño eterno.

Un gran escritor, mi amigo y maestro Sergio González Rodríguez, me comentó un día que el problema en México no eran los lectores y él honesto y ético reconoció que los escritores se habían alejado del pueblo, del gusto popular, que escribían para otros escritores, que les preocupaba más la aprobación de esa intelectualidad que escribe críticas literarias que el hombre de a pie que debe trabajar todo el día y no puede darse el lujo de hacer profundas cavilaciones. Era un problema de lenguaje, de cómo comunican los autores. Sergio exploró todos los géneros: el ensayo, la poesía, el periodismo cultural, la novela, el relato breve, etcétera.

Fue duro con esos encumbrados que habían perdido el vigor por hacer literatura y reciclaban sus materiales o simplemente dejaron de esforzarse cuando escribir representó sólo un negocio, poner la marca de un escritor como un producto de supermercado. Fue contra Carlos Fuentes sin concesiones y en paralelo siguió escribiendo de forma profusa, hasta el último aliento. Amigo de las nuevas plumas de la literatura mexicana, Guillermo Fadanelli, con quien me tocó atestiguar su generosidad al presentar un libro en la Foro Alicia, como su amistad con Monsiváis y la nueva generación de periodistas (Osorno….) en aquel libro antológico de la Ira de México.

Sin querer Sergio fue un crítico de su propio estilo que por su elevada cultura y miles de textos acumulados no le permitía soslayar su erudición, para él se trataba de buscar ese acto de humildad del autor para ir tras los lectores y no olvidar que un texto debe circular y alcanzar muchos espacios. Lo logró y ese es uno de os legados.

Recuerdo al poeta Alejandro Aura cuando lo nombraron director del Instituto de Cultura del Distrito Federal, el maestro que arribó al cargo lleno de ilusiones cuando Cuauhtémoc Cárdenas instauró el primer gobierno democrático en la capital, fue un entusiasta de la promoción de lectura. Como bibliófilo pensó que en esta ciudad había que poner en contacto a potenciales lectores con libros que los visitarían en su casa. Así fue. Un programa de bibliotecas ambulantes se trasladó a las colonias populares entregando literatura de toda índole a esas personas que habían sido abandonadas por las políticas educativas. El programa fue un éxito, luego los gobiernos democráticos imprimieron libros en papel revolución en ediciones muy baratas. Se trataba de colocar esos ejemplares con crónicas, cuentos cortos, ensayos, divulgación de la ciencia al usuario del metro. Esos libritos entrañables circularon entre la vasta población que se mueve en el sistema de transporte colectivo. Luego esos libros se volvieron una colección de temas y empezaron a escasear porque ese lector que debería dejar el ejemplar en la estación donde descendía del tren, empezó atesorar ese humilde material y lo llevó a su biblioteca personal, lo regalaba a sus amigos, en fin que para el gobierno no fue redituable imprimir miles de ejemplares para regalarlo a los capitalinos.

Auguramos un éxito al programa, será una cruzada mayúscula en virtud de tantas ofertas de contenidos en la comunicación de masas que han alejado al gran público de la lectura, pero estoy convencido que no cejarán las buenas ideas para cambiar los prejuicios de quienes opinan que los libros aburren, en realidad creo, como decía el querido Sergio González Rodríguez, “que hay que buscar una lectura atractiva para ese sector que sí lee (aunque sea el Libro Vaquero), y creo que si Paco Ignacio Taibo II trabaja como lo hace en las ferias de libro y en la escritura con sus propios materiales que van de la historia a la novela policiaca, el autor de Días de combate y Patriapuede abatir la fobia que prevalece por el libro y generar el nacimiento de nuevos miles, y quizá millones de lectores. Creo que si lo logra, esta sí será la cuarta transformación. Que así sea.

Autor: Mario Ortiz Murillo

Maestro en Estudios Regionales, realizó estudios de Marketing político y gubernamental. Académico, periodista y sociólogo urbano; amante de los mejores y peores lugares de la Ciudad de México, a la que pensó que le venía mejor rebautizarla como Estado de Anáhuac que CDMX. Desertor de la burocracia convencido de la poderosa energía de la sociedad civil y marxista especializado en la corriente Groucho (Marx). De profundas raíces fronterizas chihuahuenses, se siente más juarense que Juan Gabriel, aunque ninguno de los dos haya nacido en la otrora Paso del Norte. A punto de doctorarse, le ha faltado tiempo (y motivación) para lograr el grado. Observador de la política nacional e internacional que siempre le resulta un espectáculo más divertido que la más sangrienta de las luchas de la Arena Coliseo. Entre los personajes que más ha respetado en la política se encuentran Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Valentín Campa, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Olof Palme, Willy Brandt y Fidel Castro. Todavía sueña que en este país la izquierda merece una oportunidad para llegar a la Presidencia de la República; espera verlo antes de morir.






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