Bolivia, donde el racismo mancilla

AL ROJO VIVO. La tensión en Bolivia sigue creciendo, en una lucha política que ha dejado al descubierto el arraigado racismo en el país andino.

El racismo es una enfermedad del ser humano, una epidemia social que no ha terminado de ser erradicada, a pesar del desarrollo logrado por la humanidad; un mal dentro de la sociedad que puede despertar en cualquier momento, dañando la dignidad humana, provocando violencia y muerte. El racismo se exalta cuando en un conflicto los grupos sociales se distancian y se agreden invocando criterios étnicos de color, de raza y de cultura, menospreciándose unos a otros y exacerbando el odio.

Eso es precisamente lo que ha pasado en Bolivia, donde el rencor de una clase blanca y mestiza que gobernó por décadas a la mayoría indígena boliviana, de pronto inexplicablemente se vio superada por una clase media emergente procedente de las 34 naciones y pueblos indígenas originarios, exacerbando el odio de la minoría blanca y mestiza que ha retrocedido en sus posiciones dentro del gobierno después de 13 años de gobierno de Evo Morales.

El exvicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, lo ha dejado claro en una reciente entrevista en México al señalar: “En el caso de Santa Cruz organizan hordas motorizadas 4X4 con garrote en mano a escarmentar a los indios, a quienes llaman Collas, que viven en los barrios marginales y en los mercados. Cantan consignas de que hay que matar collas, y si en el camino se les cruza alguna mujer de pollera la golpean, amenazan y conminan a irse de su territorio”.

El exgobernante narró cómo los racistas en Cochabamba organizan convoyes para imponer su supremacía racial y cómo agarran a una alcaldesa de una población campesina, la humillan, la arrastran por la calle, le pegan, la orinan cuando cae al suelo, le cortan el cabello, la amenazan con lincharla, y cuando se dan cuenta de que son filmadas deciden echarle pintura roja simbolizando lo que harán con su sangre.

La situación que enfrenta Bolivia hoy revive la historia que escribió la humanidad en Sudáfrica en el pasado. El escritor sudafricano Dennis Brutus señaló en una de sus reflexiones: “El mundo sabe bien a estas alturas lo que es el apartheid: un sistema de represión que niega la representación política a catorce millones de sudafricanos porque no son blancos; un sistema social de división que mantiene a los pueblos aparte, separándolos rígida e implacablemente por el color de su piel y castigando a los que tratan de franquear una frontera puramente artificial como ésa”. Esto no está nada lejos de la realidad.

Nelson Mandela, en su defensa frente a los racistas, dijo: “Odio la práctica de la discriminación racial, y en mi odio me siento respaldado por el hecho de que la inmensa mayoría de la humanidad lo odia de la misma manera. Odio que se inculque sistemáticamente a los niños el prejuicio basado en el color (…) Me siento respaldado en ese odio por el hecho de que la inmensa mayoría de la humanidad, tanto en este país como en el exterior, comparte mi manera de pensar. No es cierto que reconocer el derecho a votar para todos terminará en dominación racial. La división política basada en el color es totalmente artificial y, cuando desaparezca, también desaparecerá la dominación de un grupo de color por el otro”. Esto explica parte de lo que hoy sucede en Bolivia, donde los prejuicios basados en el color tratan de dividir una sociedad y polarizarla.

Definitivamente, después de ver cómo el gobierno de facto rechaza dialogar con la mayoría de los diputados y senadores, sólo se puede esperar lo peor. El gobierno no ve seres humanos entre los miles de bolivianos que se movilizan contra el golpe de Estado en Bolivia; en su decreto del 15 de noviembre pasado, para justificar las acciones de militares y policías sobre la población, se evidencia el desprecio por la mayoría indígena al señalar: “El personal de las Fuerzas Armadas que participe en los operativos para el restablecimiento del orden y estabilidad pública estará exento de responsabilidad penal cuando, en cumplimiento de sus funciones constitucionales, actúen en legítima defensa o estado de necesidad”, de tal forma que ahora tienen la libertad de terminar con la vida de los opositores.

Es probable que el presidente Evo Morales y el Movimiento al socialismo hayan calculado mal su estrategia dentro de las recientes elecciones presidenciales. La confianza en los movimientos sociales bolivianos, en el apoyo popular de la mayoría del pueblo indígena de Bolivia, el cual representa más del 63% de la población de ese país, probablemente no permitió ver que los cambios sociales no pueden centrarse en un solo hombre, sino en la capacidad de penetración y movilización social de una organización política suficientemente capaz para convertirse en un partido de masas y contar con relevos.

Sin embargo, ya es tarde para recapacitar sobre las decisiones del pasado. Lo cierto es que hoy en Bolivia se ha instaurado un gobierno de facto liderado por blancos y mestizos racistas, los cuales detestan al pueblo boliviano mayoritariamente indígena, al que pretenden cerrarle el paso al poder a cualquier costo, incluso mascarándolo. Al concluir la semana pasada habían sido asesinadas más de nueve personas en Oruro y la Defensoría del Pueblo de Bolivia señalaba que al menos 23 personas habían perdido la vida en enfrentamientos con la policía y el ejército; mientras que la ONU denunciaba un uso desmedido de la fuerza frente a la población que libremente se ha movilizado en la Ciudad de El Alto y en La Paz, así como en otras ciudades bolivianas, en contra del gobierno de facto de Jeanine Añez.

La tensión sigue aumentando en Bolivia y los movimientos de campesinos, estudiantes y mineros bolivianos ya no quieren dialogar, sino la renuncia incondicional Jeanine Añez. Los manifestantes el lunes se concentraban en el centro de La Paz y se disponían a tender un cerco sobre la ciudad para asfixiarla de hambre, poner retenes en todas las carreteras para evitar que los alimentos lleguen a una ciudad donde, en la plaza central, Jeanine Añez y sus esbirros se han parapetado con el poder frente a una población que no llevaba armas, ni rifles, ni bombas molotov, ni bazucas hechas a mano y artefactos explosivos, sólo su corazón y el amor por su Wiphala, la bandera que representa todas las nacionalidades de los pueblos indígenas de Bolivia, mancillada por la autoproclamada presidente Jeanine Añez y sus generales, la cual fue bajada del asta bandera del palacio de gobierno, pisoteada y quemada en un acto de racismo bárbaro, olvidando que, como señalara Nelson Mandela: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión”.

Autor: José Luis Ortiz Santillán

Economista, amante de la música, la poesía y los animales. Realizó estudios de economía en la Universidad Católica de Lovaina, la Universidad Libre de Bruselas y la Universidad de Oriente de Santiago de Cuba. Se ha especializado en temas de planificación, economía internacional e integración. Desde sus estudios de licenciatura ha estado ligado a la docencia como alumno ayudante, catedrático e investigador. Participó en la revolución popular sandinista en Nicaragua, donde trabajó en el ministerio de comunicaciones y de planificación. A su regreso a México en 1995, fue asesor del Secretario de Finanzas del gobernador de Hidalgo, Jesús Murillo Karam, y en 1998, fundador del Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.



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