Día de suerte

De pronto llegó noviembre y no sé si es el sol de invierno, los atardeceres naranja o las nubes que bajan del bosque, pero todas me parecen señales de un final.

Y de pronto ya es noviembre, y de pronto la vida ya es distinta a como era hace seis meses.

Yo no sé si sea el sol de invierno, los atardeceres naranja intenso y las nubes que bajan del bosque anunciando un frío que todavía se queda en suspenso, pero todas me parecen señales de un final, quizá del año, quizá de una estación, quizá de una parte de mí que ya no cabe dentro de mí.

Hoy es el día cuatro y no parece ser mi día de suerte, hoy me tiene atrapada una melancolía que hacía mucho no me despertaba en la madrugada; hoy siento un nudo en la panza que me hace prepararme un té limón bien caliente para sentirme abrazada desde adentro. Hoy siento que la vida me rebasa, hoy no entiendo nada.

Pasé varios días buscando palabras para explicar -y no evadir- la inconsistencia en la que me convertí sin darme cuenta. Porque no soy buena amiga de los puntos medios, porque un día mi silencio le prestó su lugar a mucho ruido que por primera vez en mucho tiempo no se sintió abrumador. Pero cuando el ruido se fue, volvió el silencio y ya no supe qué hacer con él.

Sería fácil explicar esta cara larga y la mirada perdida por la inercia de las fechas, porque un duelo es de los pocos eventos que algunos todavía respetan, pero para qué me engaño si al final del día el espejo me grita la urgencia de sentarme y ser honesta, no para otros sino para mí.

Yo sólo sé que entreabrí una puerta que durante años escondí hasta de mí misma y ahora todo lo guardado se escapa, y los fantasmas me recorren la espalda con su aliento helado y parecen cantar su triunfo y yo nada más no sé qué hacer, si devolverlos al sótano al que pertenecen o dejarlos irse a otro sitio porque en éste ya no sirven. Haga una u otra, es inevitable que el hielo me cubra completa y a ratos me inmovilice.

Por eso me quedo callada, porque el frío me impide hallar las palabras para explicar que duele menos cargar un escudo de metal que andar con el pecho abierto y cálido… porque a lo primero estoy acostumbrada, porque lo segundo ya no sé cómo se hace.

Y aunque me resisto a bajar la guardia, no quiero volver a cerrar la puerta. Y si duele, que duela, finalmente ya sé que no es éste mi día de suerte.

 

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Por: Alma Santillán

Mujer, escritora, pachuqueña. A veces buena, a veces mala. Tiene dos mascotas que no se toleran entre sí, y dos corazones, porque uno no le alcanza para todo lo que siente.


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