Las pesquisas de la Estafa Siniestra, donde la Auditoría Superior de Hidalgo (ASEH) se encuentra abriendo carpetas en un carrusel fiscal sin precedentes, han dado pauta y reflexiones para entender el perfil de una democracia podrida en Hidalgo.
Mis únicos y queridos lectores, si algo ha caracterizado al gobierno de alternancia de Julio Menchaca es su proximidad ciudadana y la batalla anticorrupción emprendida desde el inicio de su administración, que no sólo se concentra en las pesquisas de la Estafa Siniestra, sino, también, en el arqueo a diversas irregularidades en tiempo presente que, sobradas, se están presentando en diversos municipios que, por impericia y corrupción, han colapsado a un año de terminar sus administraciones.
En esta atmósfera convulsa, el análisis crítico indica que los resabios del antiguo régimen -donde el bastión priista se encuentra en el ojo del huracán y no menos lo está el panismo, como lo acontecido en la administración de la exalcaldesa Yolanda Tellería-, pone de manifiesto la construcción de una democracia putrefacta que terminó salpicando a la clase política de la derecha y que frente a los arqueos públicos de la actual administración del gobernador Julio Menchaca, tiembla y se tambalea.
En este escenario, el progresivo arqueo público de la ASEH se encuentra abriendo a la par nuevos capítulos en la procuración e impartición de justicia; los casos de la administración del exalcalde de Pachuca, Sergio Baños, así como del exalcalde de Mineral de la Reforma, Israel Félix, ocupan la atención de la clase política y de la ciudadanía.
En este trazo, la pregunta que subyace no estriba en comprender, exclusivamente, cómo se pudrió la democracia, sino en presentar cómo habrá de limpiarse.
La respuesta a estas interrogantes tiene diversos factores; les expongo algunos piramidales, mis únicos y queridos lectores.
I. Cultura política
Trascender de las condiciones del vasallaje político que crearon los gobiernos del antiguo régimen implica el interés real y activo de la ciudadanía para indagar, escudriñar y organizarse para dar la batalla en el control de la clase política y las instituciones. Una ciudadanía preparada y activa es la piedra angular para evitar democracias podridas que se pudren, habitualmente, porque la ciudadanía es apática y ajena a las tareas del gobierno.
II. Asociativismo ciudadano
El poder de la organización -asociativismo ciudadano- es vital para crear inmunidad democrática y control ciudadano de la clase política. Habitualmente, la ciudadanía “piensa” que sólo los partidos políticos juegan en el control y dirección del gobierno, condición absurda, porque su crisis de representatividad nos demuestra lo contrario. Es la ciudadanía organizada y predispuesta a asociarse frente a su poder soberano la que genera mejores gobiernos, porque es partícipe de lo que se construye y para qué se construye.
III. La participación ciudadana
La ciudadanía debe elevar a rango constitucional la participación ciudadana. De este modo, cada institución, programa público y social, y la construcción de la gobernabilidad habrá de implicar que los ciudadanos tendrán que engrosar la estructura de gobierno. Hasta ahora apreciamos que la clase política suele ser juez y parte de lo que construye o no construye, y los resultados de estos están a la vista de todos.
La participación ciudadana en horizontalidad a la clase política es un elemento ausente en las democracias con perfil podrido. Nadie haga caso de las quiméricas “políticas públicas” y los hacedores de milagros; las políticas públicas, salvo raras excepciones, ni son públicas ni han dado resultados.
Hace algunos años se publicó el libro “Cómo mueren las democracias” (How Democracies Die) de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, los que trataron el problema de la distancia de la cultura y participación ciudadana, criminalizando -esa es interpretación mía- el fracaso de las democracias a la ciudadanía. En lo que sí coincido es en que no podemos tolerar ni pavimentar una democracia podrida.
Por: Carlos Barra Moulain
Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.







