En Hidalgo ya ni siquiera queda claro qué incomoda más: la tauromaquia o tener que decidir sobre ella. Una cosa es que el tema divida opiniones (que lo hace), y otra muy distinta es que, por miedo al costo político, nadie quiera cargar con el sí ni con el no y eso es justamente lo que está pasando en la legislatura actual, mientras la iniciativa para prohibir las corridas de toros sigue atorada, las posturas públicas son tibias y ambiguas.
Sobre esto, el diputado Avelino Tovar empuja la prohibición desde el Partido Verde e, incluso, pareciera buscar elevar la presión social para que la iniciativa avance, pero, al mismo tiempo, algunos de sus colegas legisladores que dicen respaldar al menos la discusión de la iniciativa, apoyan una corrida de toros benéfica para recaudar fondos en favor de los damnificados por la vaguada monzónica de octubre pasado; y no nos confundamos, el punto no está en los esfuerzos que se hacen para ayudar a las personas afectadas por los recientes fenómenos naturales, sino en la congruencia de distinguidos integrantes de la clase política local. Es decir, en este tema de la tauromaquia para algunos diputados y diputadas locales, una cosa es lo que se dice en tribuna y otra lo que se tolera en la práctica.
Lo más revelador ni siquiera es el desacuerdo de fondo, sino la forma en que se ha administrado la indefinición. La Secretaría de Desarrollo Económico no ha enviado la opinión técnica que el Congreso esperaba para avanzar; su titular dijo que sólo remitió algunos datos económicos y que el tema corresponde a las y los diputados. La Secretaría de Turismo, por su parte, se ubicó en el “punto medio”, joya absoluta; y Cultura consideró a la tauromaquia como una manifestación cultural, pero al mismo tiempo habló del respeto a los seres sintientes. O sea: todos opinan sin terminar de opinar, todos participan sin asumir del todo el costo de participar.
Pero el problema de fondo no es si alguien está a favor o en contra de las corridas, sino que para eso existe un Congreso, para debatir, dictaminar y resolver temas complejos, no para guardarlos en el congelador. Si van a proteger a los animales, que lo sostengan y si van a defender una tradición, que así lo definan. Lo que ya resulta francamente penoso es ver cómo la clase política sólo administra la tensión esperando que el tiempo juegue a su favor, pidiendo opiniones técnicas que se tardan en llegar y estirando una decisión que ya deberían haber tomado.
Si las corridas deben prohibirse, que lo digan y voten en consecuencia y si no deben prohibirse, que también lo digan y lo defiendan, pues para eso se alquilaron como representantes populares. Lo que empieza a cansar es la vieja costumbre de nuestros políticos de querer quedar bien con todos sin decidir nada.
Consejo: hay que tenerle más miedo al ridículo de no saber qué hacer, que al costo político de una decisión tomada.





