Fauna en extinción

Chayote es el nombre coloquial para el dinero o los privilegios que obtienen de diferentes formas los medios de comunicación masiva y los periodistas, de oficio o de nombre, que acatan la línea impuesta por quien paga, lo que no impide que en un momento dado su tono sea “sonoramente” antigobiernista o “valientemente” crítico, siempre y cuando ese tono obedezca tal o cual línea.

Línea es el nombre, también coloquial, que se da a la orientación informativa para desacreditar o acreditar a quien reparte y comparte el chayote. De modo que si el plan consiste en enaltecer, desprestigiar o anular a determinado personaje, institución o grupo, la línea se ejecuta puntualmente, amén de que el objeto de ataque esté fuera o dentro del área cubierta por el chayotero, pues como cualquier rama de la corrupción, el chayote deja de cumplir su fin colectivo y llega a ser patrimonio de un grupúsculo o de un individuo. Ejemplos de tribus, mafias, clanes, grupos, partidos, sobran.

Como decía, el chayote tiene diferentes formas, la más obvia es el dinero en metálico, que se reparte, contante y sonante, en sobre y por debajo de la mesa; también como pago de propaganda oficial: anuncios, entrevistas a modo, inserciones, declaraciones, obras o acciones reales o supuestas, en periódicos, programas, tuíter, féisbuc u otras vías y aviadurías. Así también, al espécimen que más cuadre se le pagan honorarios de reportero, fotógrafo o de cualquier mortal de la comunicación, desde capturista o secre hasta voceador, nomás que al cubo.

Otra forma de chayote es el pago en especie: filtraciones, exclusivas, tráfico de influencias para negocios y ascensos, reconocimientos, dádiva extra disfrazada de financiamiento, VPTs (tragos y acompañante incluidos) y demás muestras de generosidad con dinero público. Así, mientras más inescrupuloso, más se enriquece el chayotero, y no tan inexplicablemente, porque la perseverancia con la que éste opina, analiza y manipula la información en favor de su dictador de línea es cristalina. En síntesis, el periodismo chayotero, cualquiera que sea su tono, al final es un apologista de las posturas oficiales y un adepto de quien por sí o por interpósita persona ostenta un medio de comunicación.

No es casual entonces que quienes callan ante las decenas de periodistas asesinados o amenazados en México en los dos últimos sexenios sean quienes más terror, preocupación, molestia o cavilaciones expresen ante una señal que se les antoje interpretar como autoritaria (compló, corazoncitos, prensa fifí, respuesta de bote pronto), emitida por quien, Nota Bene, aún no gobierna.

Por poner algunos ejemplos sobresalientes, las revistas nacionales y transnacionales más chayoteadas, como Siempre, Nexos y Letras libres, o la prensa menos hipócrita al defender los intereses de la casta global multimillonaria, como Reforma, El Universal, Milenio y La Razón, se especializan en sembrar opiniones y análisis que, aunque no resisten ni un estudio somero, calan hondo en las clases más apendejadas, como la franja supersticiosa, codiciosa y apátrida de la clase media que, antes que admitir su empobrecimiento en todos los órdenes, prefiere envolverse en el oro inútil del prestigio mercenario, la adulación acarreada y el señorío sobre siervos.

Si los lectores quieren encontrar por sí mismos a periódicos y periodistas chayoteros, recuerden a quienes apelaban al voto útil o defendieron las reformas del Pacto Diabólico; lean también a los actuales defensores del aeropuerto en Texcoco, la verdad histórica y el uso partidista de los colores patrios; y sigan con cuidado a quienes, mientras fingen temor ante un autoritarismo hipotético contra la educación, el empleo y la libertad de prensa, callan ante el hecho fehaciente de decenas y decenas de normalistas, profesores, líderes laborales y periodistas desaparecidos, torturados y asesinados por defender su vocación, desde 1988 hasta la fecha.

Autor: Agustín Ramos

El tiempo pasa, lo digo yo que nací en 1925, según los dueños de la palabra municipal. El tiempo pasa, hace un rato era de día y ahorita son las once con trece minutos de la noche. Me llaman Agustín Ramos (fíjense bien que no digo "me llamo", porque no acostumbro llamarme a mí mismo, ¿para qué?, si casi siempre estoy aquí conmigo). Nací en el año ya dicho por los ilustres poetas funcionarios, más ilustres que poetas, eso sí, aunque también el lustre y el puesto de funcionario les venga por la digna vía de la autopromoción. No es por hacer sentir menos a nadie, pero soy de Tulancingo... je, je. Me llevaron a México y ahí me puse a vivir. No concibo la escritura como algo distinto a la vida. Digo "viví" y es lo mismo que si dijera "escribí"; escribí millones de hojas, quince libros, o menos, como 17, entre novelas, ensayos y cuentos, sobre todo de temas históricos. Esto último gracias a la soberbia historia minera de estos lares míos y a la nostalgia que estos lares míos me producían cuando estaba recién llevado a México, ciudad donde viví y amé casi tanto como aquí. Y, bueno pues, ya son las once con 24. ¿Ven?, se los dije: el tiempo pasa, que me lo digan a mí que nací en 1925... Yo, el rey.






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