La comprensión ontológica 64

Ciudad de México, 24 de febrero 2019

Regreso explosivamente al presente con el inicio de una titánica hecatombe: estoy terminando de escribir la última línea del último párrafo del capítulo anterior cuando suena mi teléfono celular, apunto la mirada hacia éste y, reconociendo el número lada, quedo inmóvil ante la pantalla pausadamente brillando con una posibilidad no deseada.

    (229)

    No contesto, cierro los ojos y, en la oscuridad como refugio de mis temores, logro vislumbrar el significado de mi acelerado ritmo cardiaco. El celular continúa sonando. Y se apaga, mi corazón sigue latiendo muy fuerte y, apenas recupero el aire, cuando abro los ojos la pantalla vuelve a iluminarse re-sonando con su llamado el dramático recuerdo del puerto, empero, no me refiero a la épica cetácea con el capitán Ferdinand Leyden en los años noventa sino al asesinato de mi hermano gemelo en el 2014.

Ser y devenir.

El dispositivo electrónico deja de sonar, me le quedo viendo con una perspectiva de intenso acercamiento y, luego de unos segundos en que lo único que escucha mi alma es la sangre recorriendo mi cerebro, vuelve a sonar el teléfono. Siento que mi mente va a explotar. Tomo el aparato con rudeza, oprimo su botón principal y cierro los ojos apretando los párpados hasta que se apaga por completo. Maldito teléfono. Intento cierto descanso sin éxito, aspiro un poco reconociendo el tiempo y, al abrir por completa claridad los ojos, me percato que toda la mayoría de la gente en el Café Jekemir me observa extrañada.

 

64.1    Veracruz, 6 de junio 2016

El mar, la noche y mi alma escuchando las estrellas. El oleaje. El olor de la brisa marina, la textura de la luz y, cósmicamente sonando, el sabor de las palmeras. El constante oleaje. Los sonidos acaecen invisiblemente provocando música del devenir mientras las olas rompen todos los silencios. La constante. Es el ritmo de la naturaleza, el canto del ser y el baile de sus entes. ¿Qué cambia y qué permanece? En la respuesta del mar y las cuestiones de mis recuerdos, la búsqueda del origen y una ventana al cielo. Aquí nací, aquí nacimos. ¿Recuerdas? La brisa pega en mi cara, entorno los ojos y mi boca estira brevemente los labios. Sí recuerdo. Es la nostalgia sonriendo, melancolía eufórica por los recuerdos. La brisa me tranquiliza, el corazón explota en mi pecho y un sonido agudo atraviesa mi cabeza; el opioideo calmando paulatinamente, tan sólo por unos momentos… Tan sólo. Ya estoy acostumbrado, me los medican desde niño. Aspiro muy hondo, el ritmo cardiaco regresa a su tiempo y me esfuerzo en bloquear toda imagen al respecto. Las estrellas se reflejan en el agua y la ilimitable bóveda celeste aplasta sin piedad mis pretensiones trascendentales. Hace mucho que no las tengo. Las olas rompen a lo lejos, intento olvidar mi depresión por unos momentos y, sintiendo una auténtica empatía solar, le doy la espalda a ese lugar donde se besa el cielo con el mar. Vámonos. Atravieso la playa, llego al estacionamiento y, antes de subirme al auto, volteo por última vez y… El destino, el cielo y el océano, el telón del infinito, el límite del amor y, bellamente, su deslinde con el cielo. Ahorita regreso. El espíritu del universo pide que no me vaya, que no vaya, que no haga nada. Pero no puedo no hacer nada. No quiero. Quiero hacer algo. Tengo que hacerlo aunque mi vida sea el precio. Estiro el momento lo más que puedo mirando el color del viento pero es tarde, mis ojos se ponen llorosos y, estoicamente, tengo que despabilarme. ¿Estás listo? Mi camino a la redención, pienso y reviso por enésima vez el cartucho del arma, una Walther P99.

¿Adónde vas?

Voy a reunirme con una señora, la maldita cínica líder del grupo criminal que mantiene secuestrada a la niña que tengo que rescatar. La voy a rescatar. Por ella, por mí y por la justicia en sí. No sólo porque soy el representante de la familia para negociar su rescate sino…, y espero no suceda, porque si no la liberan de inmediato tendré que usar la pistola de fabricación alemana para rescatarla. Me vale verga. No me importa mi vida, no me importa nada sino sólo rescatarla. Me vale verga matar a todos por ella. No podría no hacer nada, sólo mi vida tiene sentido cuando das la vida por lo que amas y, en mi caso, así fue. ¿Recuerdas? Enciendo el motor del auto, me mojo nerviosamente los labios con la lengua y, sumamente ansioso, me dirijo hacia el centro histórico.

Sinfonía 40 de Mozart.

Mientras conduzco por el boulevard costero escucho voces en mi cabeza, ser y devenir, ser y devenir, ser y devenir. Me esfuerzo en concentrarme en lo absoluto, abro los ojos lo más que puedo durante un momento y, tras volver a enfocar la concentración del camino, subo el volumen a todo y no quiero perder el control, tengo que estar frío. Apacible, tranquilo y sereno. ¡No mames! Estoy muy nervioso. ¿Estás listo? Estoy listo. Estate tranquilo. Estoy tranquilo. Ser y devenir luchan dentro mí, no sólo en mi cabeza sino en todo mi cuerpo. ¡Tranquilo! En todo mi ser y devenir. ¿Ser o devenir? Be cool! Pero ya no hay vuelta atrás. Vamos, vamos, vamos. Tengo que estar tranquilo, imperturbable y muy sereno. ¡Vamos! Lo sé. ¿Vamos? Finalmente llego al Malecón. Vamos. Dejo el auto encargado a un muchacho. Tranquilo. Enciendo un cigarro en lo que me traslado, observo a la gente y voy reconociendo la zona por si tengo que huir rápidamente. Estoy tranquilo. Llego al exterior del hotel, lo miro de frente y, reconozco mi destino, es el momento de la verdad. Y la verdad del momento.

Posiblemente sea una trampa —me advirtió mi hermano muerto.

—No me importa.

—¿No te importa?

Tengo que rescatarla.

 

Continúa 65

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






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