Los pecados del poder político

Reflexionar sobre los pecados del poder político presenta el componente de la ignorancia social, pero también de una sociedad ignorada.

Salvo raras excepciones, la política en el orbe no puede ser considerada como una actividad humana que haya respondido a las expectativas que la “tradición democrática” ha pretendido asumir que tiene y, mucho menos, si se trata de brindar equidad de oportunidades sociales y hacer del Estado un instrumento de la “voluntad del pueblo”.

 

Todo lo contrario: los pecados del poder político se resumen en opresión social desde la maquinaria del Estado; preservación de estamentos y privilegios de grupos que son juez y parte en el manejo de las estructuras gubernamentales; control y verticalidad de la toma de decisiones públicas y enclaustramiento de la voluntad general; persecución, tortura y muerte de la disidencia de la mayoría, focalizada a grupos específicos, y quizá la peor: demagogia y gatopardismo del poder político.

 

En este trazo inconsistente de los pecados políticos no se puede, ni por un momento, disociar a los políticos, su clase estamental y sus organizaciones políticas de la realpolitik, de ese componente que no tiene que ver con el capital simbólico que se esconde lo mismo en el nacionalismo que en “la voluntad del pueblo”; por el contrario, los pecados políticos son de carne y hueso, vinculados a juegos de intereses que hacen del sistema político una parcela o feudo de señores que reciben el tributo a través de las imposiciones disfrazadas de su máxima creación: el Estado.

 

Si admitimos que el pueblo ha sido en la toma de decisiones de la vida política moderna menos que un pedo en un huracán, entonces estamos trascendiendo a los escenarios discursivos que no parecen cambiar ni tomar nuevos rumbos, que persisten en los disfraces sociales y que se encargan de mantener el statu quo del establishment.

 

Reflexionar sobre los pecados del poder político presenta el componente de la ignorancia social, pero también de una sociedad ignorada; de igual forma que lo hace un activismo ciudadano opaco, carente, las más de las veces, de una conciencia política que genere un espacio o dimensión social proclive a la equidad de oportunidades sociales y, por ende, a nuevas estructuras con sentido humano y humanitario.

 

El presente, o al menos este presente, no se mira con los trazos posibles para construir algo distinto en eso que denominamos futuro, por lo que los pecados del poder político seguirán siendo nuestros pecados.

 

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Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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