Para Pablo Neruda

Ese viejo gordo, se convirtió en la espada de mi lengua, en el timón de mis noches inciertas, la escafandra de Poseidón.

Caminando por las calles de Santiago, mi padre y yo pasamos por la casa de Pablo Neruda; mi padre se percató de que el poeta estaba regando su jardín, lo miró desde la calle del frente y me dijo: “Ese caballero es el poeta más grande de Chile”, yo lo miré y observándole le dije: “Es un viejo gordo”, mi padre sonrió y seguimos caminando.

En mis mocedades me acerqué a “20 poemas de amor y una canción desesperada”: me inundaron las frases de amor, me sacudió la melancolía y la nostalgia de aquellas palabras que marcarían mi vida, que estremecerían mis primeras letras de amor a una mujer. Desde entonces, ese viejo gordo se convirtió en la espada de mi lengua, en el timón de mis noches inciertas, la escafandra de Poseidón.

Así, di el mayor de los saltos a lo desconocido del amor, de aquello que no podemos decir con las letras sin que el corazón nos grite, nos estruje con la pasión del héroe, con la astucia del colibrí, con el instante divino que empuja a tocar la piel de la mujer amada; allí estaba presente Pablo Neruda.

Cuando amé por vez primera, ella me pareció Hera, con los destellos de luz del Olimpo, con la fuerza de una diosa y con el vaivén poderoso del mar azul; entonces, me di cuenta que en la imaginación que ponía la mesa de mis frases y palabras estaba Neruda, con la ternura y suavidad que alimenta la fuerza de una súplica, y mis palabras se agolparon en torno a sus rubios cabellos, le dije con el temor de mi adolescencia: “Tus cabellos dorados reflejan la fuerza del sol, tus ojos verdes son la melodía del mar y tu piel de espuma es la razón de mi vida”.

Los años han pasado y seguirán pasando, algún día no estaré, pero mientras el aliento me permita despertar, le recordaré porque las brisas de sus frases de amor inundaron mis pensamientos de colegial, fueron el suspiro de una noche donde ella no estaba, donde no la podía alcanzar, donde sólo la imaginación de sus senos de diosa se posaba en mis manos que degustaban con infinitas caricias lo que no le podía decir con la dulzura de las abejas.

Hoy, ya no camino al lado de mi padre, pero es Pablo Neruda y mi irreverencia de mozalbete lo que no permite que me olvide de mi padre que me mostró a ese Papa del verso, que era ese viejo gordo que regaba el jardín en su casa de Santiago; sólo Pablo, sólo Don Pablo, el poeta del amor.

Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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