PRI, el partido que se creyó eterno

  • El festejo de los 90 años de existencia estará marcado por la decepción, la tristeza y el fantasma de la corrupción.

 

Un pastel con 90 velas sin el ánimo ni aliento para apagarlas apareció en el edificio del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, allá en el mausoleo de Insurgentes norte. No había nada que celebrar. Una extraña sensación de amargura y frustración se apodera de un puñado de acarreados que todavía confían en que este año sea el último llamado para refundar, renacer, reinventar o al menos generar una estrategia desesperada a fin de sobrevivir al cuasi-mortal embate del pasado primero de julio.

Seguramente éste será el más amargo de los aniversarios del instituto político erigido en 1929 por los caudillos que se propusieron dar a luz a un superpartido que reconciliara a las facciones triunfantes de aquella gesta contradictoria llamada “Revolución Mexicana”. Se trataba de perpetuarse en el poder con un modelo democrático que en realidad institucionalizara la figura del partido oficial. Casi lo lograron, al menos el resto del siglo XX (un récord de 71 años ininterrumpidos, no era poca cosa). Incluso cuando los hacían muertos, los priístas tuvieron la capacidad de resucitar y emerger de las cenizas para recuperar la silla presidencial en 2012.

Han sido nueve décadas de metamorfosis en sus siglas y audaces chaqueteos ideológicos, aunque los clásicos sostienen que surgieron de la izquierda zapatista-cardenista, en realidad como especie del análisis darwiniano su aptitud les permitió adaptarse a los salvajes virajes de la historia. Los politólogos la llaman “teoría del péndulo”, justificando la burda oscilación del viraje de la izquierda hacia al centro, después a la derecha y viceversa.

Los herederos del nacionalismo revolucionario entendieron la adaptación de las especies por la selección natural como fórmula de perpetuación genérica: surgir como Partido Nacional Revolucionario (PNR) con el liderazgo de Plutarco Elías Calles, en 1929, como un organismo que aglutinaría a los partidos regionales y estatales, así como reconciliar a los caciques regionales y centralizar el poder en un partido de partidos. Años más tarde ese modelo resultó obsoleto para los propósitos de una organización que buscaba instalarse en la estabilidad transexenal con el nombre de Partido de la Revolución Mexicana (PRM), cuando en 1938 Lázaro Cárdenas decidió que era necesario una transformación radical mediante una construcción del corporativismo de cada uno de los sectores sociales con el propósito de un control más efectivo de las clientelas.

Así, en el último tramo de una eterna revolución que ya sólo servía para recordar la génesis del partido, sin la amenaza de nuevos levantamientos, en tiempos de transición a gobiernos civiles el último gobierno militar enfrió cualquier nostalgia bélica y apostó por fortalecer al partido oficial mediante el contradictorio título de Revolucionario Institucional. Se trataba en una última etapa de transfiguración, de consolidar un autoritario partido de masas que como una maquinaria exacta al paso del tiempo se perfeccionaría ajustándose a las exigencias de las coyunturas y vaivenes políticos.

Así, los priistas que defendieron el evangelio de la lucha armada de 1910, “sufragio efectivo no reelección”, se acostumbraron a ser el partido único, a nulificar a la oposición, a dictar las reglas del juego “democrático”. Los que monopolizaron los colores de la bandera acostumbraron a los electores a la tradición de sufragar por los colores de la patria, pero todo abuso y dictatorial régimen de partido único les cobró la factura. Debieron pagar el desgaste de catorce gobiernos presidenciales, de una era hegemónica de carro completo en el Congreso, de detentar el poder bajo la eterna sospecha del fraude.

El partido fundado por el jefe máximo de la Revolución Mexicana, Plutarco Elías Calles, tocó fondo. El PRI, a sus 90 años, se encuentra en la encrucijada de su historia. Sin un proyecto claro hacia el futuro, ausente de liderazgo, debilitado y desconectado de las demandas de la sociedad civil; le queda su legado, las instituciones que dan sentido al funcionamiento del Estado, pero también éstas son vulnerables y pueden transformarlas los nuevos gobiernos y entonces a los priistas no les quedará nada.

 

¿Quién puede asegurar que el PRI podrá recuperar la unidad y grandeza y prepararse para una magna celebración de su centenario?

Parece un escenario imposible, toda vez que la correlación de fuerzas del contexto actual vislumbra un apocalipsis y no un génesis. Aunque tardíos, los vientos de la globalización y el derrumbamiento de los estados autoritarios que transformó la geopolítica de Europa y Asia también tocó a México.

En esta ocasión el aniversario se producirá con tristeza, sin el confeti y la matraca del tradicional acarreo. En Insurgentes norte prevalece la aflicción. Así, sin nada que perder y todo que ganar, porque (casi) lo han perdido todo (incluso las doce gubernaturas podrían perderlas en los próximos años) sólo queda que la altivez y soberbia se transforme en humildad y vergüenza. No queda otra más que repasar los errores, reflexionar sobre los retos y realizar un ejercicio de autocrítica y reconocimiento a los abusos de las formas, los métodos y la operación política que alguna vez colocaron al PRI como el partido en el poder más longevo del mundo.

Amargo festejo, eso es seguro. Y sólo los muy optimistas pueden asegurar que alguna vez el PRI recuperará la Presidencia. Lo hizo en 2012 y decepcionó porque creyó que era el regreso de la vieja era autoritaria. ¿La sociedad que no tiene memoria le dará otra oportunidad? Sinceramente, lo dudo.

Autor: Mario Ortiz Murillo

Maestro en Estudios Regionales, realizó estudios de Marketing político y gubernamental. Académico, periodista y sociólogo urbano; amante de los mejores y peores lugares de la Ciudad de México, a la que pensó que le venía mejor rebautizarla como Estado de Anáhuac que CDMX. Desertor de la burocracia convencido de la poderosa energía de la sociedad civil y marxista especializado en la corriente Groucho (Marx). De profundas raíces fronterizas chihuahuenses, se siente más juarense que Juan Gabriel, aunque ninguno de los dos haya nacido en la otrora Paso del Norte. A punto de doctorarse, le ha faltado tiempo (y motivación) para lograr el grado. Observador de la política nacional e internacional que siempre le resulta un espectáculo más divertido que la más sangrienta de las luchas de la Arena Coliseo. Entre los personajes que más ha respetado en la política se encuentran Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Valentín Campa, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Olof Palme, Willy Brandt y Fidel Castro. Todavía sueña que en este país la izquierda merece una oportunidad para llegar a la Presidencia de la República; espera verlo antes de morir.


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