Allende y mi niñez

PERDÍ LA INOCENCIA… El exilio marcó mi mirada y mi inteligencia, mis recuerdos tenían una frontera entre mi niñez antes y después del golpe de Estado de Pinochet.

“…Tengo fe en Chile y su destino.
Superarán otros hombres este momento gris y amargo
en el que la traición pretende imponerse.
Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde,
de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre,
para construir una sociedad mejor”

Salvador Allende Gossens

 

Ese 11 de septiembre de 1973, la historia tenía para los chilenos un desenlace de muerte. Ese día Chile cambió: el crimen político, la persecución política, los fusilamientos masivos, los campos de concentración, la tortura, la censura a las voces ciudadanas, el control público y privado, el exilio y el terror social aparecieron en la historia de mi pueblo; la desolación marcó la noche y la dictadura se encargó de “restaurar” el orden para mantener los privilegios de los menos y avasallar al pueblo.

Recuerdo el bombardeo aéreo sobre el Palacio de La Moneda, recuerdo el ruido de la metralla en las calles de Santiago ensangrentada, recuerdo las detenciones y las lágrimas de mis abuelos y mi madre, recuerdo que perdí la libertad.

Era un niño y todo era confuso, pero se respiraba la muerte en el aire, el terror se hizo presa de casi todos; los militares tomaban las calles y detenían y asesinaban sin razón, mi parque ahora era invadido por los tanques y los camiones militares, mi escuela era custodiada por un jeep militar, los cascos sustituían a los rostros de los ciudadanos.

Al tiempo mi padre pasaba al exilio, mi familia y yo a un destierro oscuro y difícil; atrás quedaba mi patria, mis calles y amigos, mi colegio, mi historia y mi vida.

Con la crudeza de la carne y el alma, el exilio marcó mi mirada y mi inteligencia, mis recuerdos tenían una frontera entre mi niñez antes y después del golpe de Estado de Pinochet, antes y después de Allende; mi niñez tenía una frontera del antes y después de la bota militar y su muerte; mi niñez tenía un antes y un después de tener una familia y de haberla perdido.

Tal parece que la vida me tenía deparado un destino infame al igual que a millones de chilenos que fueron privados de su libertad y su patria. Tal parece que la ironía de la defensa de la democracia que impuso a una dictadura militar se cernía sobre los valores de nuestra humanidad; había llegado la noche del cenicero y sus buitres, habíamos perdido la inocencia política con la ferocidad del miedo y el terror.

El exilio fue amargo y tenso, encarnado por la nostalgia de regresar a la patria, de reencontrar mi casa, mi parque y mi colegio. Eso jamás sucedió, había que aceptar que la raíz se había secado, había que admitir la derrota y su costo político y social.

Los ojos de mi padre y madre nunca volvieron a ser los mismos, quizá tampoco los míos pese a mi corta edad, pero nunca nos resignamos a perder nuestra patria, jamás renunciamos a ella, no perdimos nunca nuestros recuerdos de familia, el corazón y la mente siguieron en Chile.

Aún hoy no me dejo de estremecer y mis ojos se llenan de lágrimas cuando recuerdo que entré corriendo a mi casa gritando: “¡Los pacos vienen por mi papito!”.

Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.



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