Antes de las siete

En mi sueño estaba terriblemente sola en la CDMX y deseé pedir un boleto a Pachuca, me ilusionaba volver a ver mi lugar conocido, el hogar que por años y de cientos de maneras he elegido.

Elecciones. Cuando en la vida podemos elegir algo, es mucho más ligero que cuando se nos da como única alternativa.

No es lo mismo elegir un helado de chocolate de entre más de dos sabores, que elegirlo cuando no solamente es el único, sino que no hay más opciones para adormecer el hambre, ni nos gusta el helado y somos intolerantes a la lactosa, pero es eso o eso. De ejemplos burdos se me llena la mente para no ser demasiado transparente y con eso invocar a un pasado que hoy no volvería a elegir.

Hablo de esto porque justo hoy en la madrugada desperté por sentir el hueco en el estómago que a veces -casi siempre, a quién engaño- provoca la soledad no elegida. Soñé que vagaba sola en una ciudad ajena y monstruosa en la que estaba no sé por qué, no llevaba más compañía que mi perro, en la bolsa apenas juntaba setenta pesos en un billete de cincuenta y uno de veinte, despertaba por el tráfico que ya llenaba de humo y ruido el puente debajo del que había dormido (con cobija y todo), y debía levantarme porque el riesgo de ser atropellada era real.

En mi sueño estaba terriblemente sola y esta vez no podía elegir adormecer mi soledad tristeando en un restaurante bonito porque esos setenta pesos tenían que alcanzarme para una cantidad indefinida de días y con los que tenía que cubrir, en primera, necesidades como el transporte. Y no bastaba con que el Metro fuera el más barato del mundo, cinco pesos y poder pagarlos no me reconfortaban en absoluto cuando no tenía adónde ir, es más, ni siquiera sabía en qué línea me había metido, y todos a mi alrededor caminaban con la prisa feliz que a mí la tristeza no me dejaba ni fingir. En ese momento en mi sueño deseé manifestar la horrible Central del Norte, caminar a la taquilla de los ADO y pedir mi boleto sencillo para Pachuca porque no podía pensar en nada más que volver a sentirme en casa y así desaparecer el vacío en la panza que no crecía porque ya también tenía un nudo en la garganta.

Me ilusionaba volver a ver mi lugar conocido, el hogar que por años y de cientos de maneras he elegido, porque irme siempre ha sido una opción. En mis sueños ese extrañar lo familiar tenía nombre de ciudad, no de persona como acostumbraba en mis dramas adolescentes, y sentía clarito la necesidad de respirar el viento frío y seco de mi pueblo grande, no el pesado y viciado que a diario se nutre del aliento de miles de personas a las que sí les acomoda la vida de la gran ciudad. Porque a mí no. Otro ejemplo burdo.

A lo que voy es que, aunque he dormido poco en los últimos días porque la vida a veces me arrolla, y generalmente me cuesta despertar antes de las siete aun con ayuda de una alarma, hoy la tristeza de la soledad no elegida que vivía en mi sueño me despertó justo antes de romper en llanto y fui capaz de sacarme de mi propio letargo para, felizmente, regresar a mi realidad donde despierto abrazando a mi gato, pudiendo elegir absolutamente todo lo que haré en el día, con más de setenta pesos en la bolsa, sin tener que dormir a la orilla de un puente y sabiendo que no solamente veré a personas caminando a prisa al lado mío, sino a personas que además me caen bien y que he elegido tener en mi vida porque de alguna afortunada manera se han convertido en parte de mi hogar.

Porque sí me gusta estar sola, pero a veces no.

 

Autor: Alma Santillán

Mujer, escritora, pachuqueña. A veces buena, a veces mala. Tiene dos mascotas que no se toleran entre sí, y dos corazones, porque uno no le alcanza para todo lo que siente.


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