Austeridad selectiva: el doble discurso de Fernández Noroña

El caso de Fernández Noroña no es anecdótico, es sintomático. Refleja cómo el poder, incluso en quienes prometieron combatirlo desde dentro, puede reproducir los mismos vicios que se denunciaron durante años. Cuando la austeridad se convierte en retórica y no en práctica deja de ser virtud para transformarse en cinismo.

El comportamiento reciente del senador morenista Gerardo Fernández Noroña vuelve a colocar sobre la mesa un debate incómodo pero necesario: la distancia entre el discurso político y la conducta personal. En un movimiento que ha hecho de la austeridad una bandera moral y política, Noroña se ha convertido, paradójicamente, en uno de sus ejemplos más problemáticos y repulsivos.

Desde hace años, el senador ha cultivado una imagen de confrontación permanente, de tribuno incendiario que denuncia privilegios, abusos y excesos de la clase política tradicional”. Esa narrativa, sin embargo, comienza a resquebrajarse cuando se contrasta con sus propios actos, particularmente en lo que respecta al uso de recursos, su comportamiento en espacios internacionales y su relación con los principios que dice defender.

Uno de los puntos más cuestionados ha sido el uso reiterado de vuelos en primera clase, un lujo difícil de justificar para un representante popular que milita —al menos en el discurso— en la austeridad republicana. No se trata sólo del asiento o del costo del boleto, sino del mensaje político; mientras millones de ciudadanos enfrentan precariedad económica, uno de los voceros más estridentes contra los privilegios opta por ellos cuando le resulta conveniente. La austeridad, en su caso, parece convertirse en una consigna flexible, aplicable sólo a terceros.

A ello se suma su reciente desencuentro en Italia, un episodio que trascendió no por su relevancia diplomática, sino por la forma en que el senador reaccionó ante un reclamo ciudadano. Lejos de mostrar templanza, autocontrol o altura institucional, Noroña volvió a su forma habitual: confrontación, desdén y victimización. El problema no es el desacuerdo —natural en cualquier democracia— sino la incapacidad de distinguir entre el activista y el representante del Estado mexicano en el extranjero.

Este tipo de episodios revelan un patrón: la personalización del cargo. Fernández Noroña actúa como si la investidura fuera una extensión de su cuenta en redes sociales, donde la provocación y el exceso suelen generar aplausos entre los convencidos, pero erosionan la credibilidad institucional. El Senado no es una tribuna personal ni un escenario de espectáculo político permanente.

Más grave aún es la desfachatez con la que se ignoran los estatutos y principios del propio movimiento al que pertenece, particularmente aquellos relacionados con la austeridad y la congruencia ética. No cumplir con esas reglas internas no es un detalle menor, implica vaciar de contenido un discurso que ha sido central para legitimar a toda una fuerza política frente a la ciudadanía.

El caso de Fernández Noroña no es anecdótico, es sintomático. Refleja cómo el poder, incluso en quienes prometieron combatirlo desde dentro, puede reproducir los mismos vicios que se denunciaron durante años. Cuando la austeridad se convierte en retórica y no en práctica, deja de ser virtud para transformarse en cinismo.

En política la congruencia no es un adorno moral, es la base de la confianza pública y hoy el senador Noroña parece más empeñado en sostener su personaje que en honrar los principios que dice representar.

Hidalgo tampoco está al margen de este sistemático comportamiento con algunos funcionarios y políticos que cada vez más se nota cuál es su propósito real dentro del círculo del poder. Que no se les olvide que la ciudadanía les dio la confianza de ocupar un escaño, pero también se los puede quitar.