¿Cuándo la democracia es democracia?

Hablemos de democracia, pero no para resaltar en una plática de café, sino para realmente indagar en los cambios que necesita para cumplir su objetivo principal: servir a la ciudadanía.

Nada tan controvertido como hablar de democracia, pero no como régimen político o para buscar definiciones que se adhieran a nuestro pensamiento y no pasar por ignorantes en las discusiones de café.

Es verdad, como afirmó Sartori, que la democracia no puede ser cualquier cosa… y en los hechos no lo es.

Más allá de las visiones apocalípticas que perduran en el sinsabor social de lo que implican las formas de representación democrática, o bien, de las visones halagüeñas que la perciben como el único régimen político de representación social posible, se encuentran las reflexiones para depurar sus instrumentos constitucionales que, de jure y facto, garanticen el perfeccionamiento de la representación para que la voluntad soberana se erija como arquetipo de que el Estado “estima en la diferencia la soberanía de todos los seres humanos que lo integran”.

Hemos vivido múltiples desencuentros con las diferentes dimensiones de la democracia que construimos mujeres y hombres para encauzar el destino de millones, y no pueden ni deben ser reducidos a expresiones numéricas de retóricas fallidas, sino a la sana concreción de la tarea pública que permita generar oportunidades para todo el tejido social.

¿Cuándo la democracia es democracia? Sin duda, cuando como régimen político no se convierte en un abstracto resiliente, obtuso e indolente; cuando no hace de una fórmula partidista el camino ciego y obstruccionista de la diversidad social; cuando se construyen oportunidades desde el pueblo y con el pueblo para que el Estado sea la visión multifactorial de la voluntad social; cuando la o el ciudadano más débil es el que más nos interesa como evidencia del trabajo de gobierno; cuando las y los políticos entienden y asumen que son ciudadanos privilegiados por representar el alma de su pueblo y nación.

El desafío de la democracia es constituirse como verdadera, es decir, ser la construcción del pueblo que es del pueblo, que traza un camino sin veleidades ni egoísmos sectarios para que la ciudadanía encuentre el bienestar que solo se puede crear de la consciencia cierta de que las asimetrías sociales no pueden estar edificadas en la negación de las oportunidades a las que todos los seres humanos tenemos derecho.

 

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Por: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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