El futbol no es el culpable

“Pan y circo al pueblo”, frase comúnmente utilizada cuando hablamos de espectáculos donde se aglomeran muchas personas con el fin de distraer a la sociedad de temas o problemáticas de gran importancia, más cuando son espectáculos deportivos, principalmente si hablamos de futbol como equívoco referente de ignorancia, pobreza e indiferencia ante problemas sociales. Porque claro está, el futbol ha mutado en algo más poderoso que un deporte: se ha convertido en un consumible para toda la familia, todos los días de la semana, en muchos canales, con muchos precios y enérgicamente, con muchos tipos de personas, intelectuales y obreros, mujeres y niños, que depositan en él su dinero, sus expectativas, sus creencias y hasta la vida.

Más allá de un deporte, hablamos entonces de identidad, de grupos, de sentimientos, de poder, donde al unir pluralidad con masificación es fácil escalar a la violencia.

Muchas son las situaciones en las que el futbol se ha visto involucrado en temas de violencia social, desde los hooligans en Europa, hasta las barras bravas en Sudamérica; muerte, amenazas y violencia, teniendo como único tema en común el amor hacia un equipo deportivo. En México, aunque presentes desde la génesis misma del futbol profesional, han subsistido grupos de animación con cierto respeto y tolerancia a pesar de que sucesos tales como los de Christian Bringas del América, Eduardo Mora del Morelia, Oziel, Kalaka y Píldora de Tigres, o más reciente, el altercado en Av. Aztlán, previo al clásico 117 entre Tigres y Rayados, donde ha habido fallecidos, heridos, accidentados, por violencia, por negligencia, por amor (o en defensa de) un equipo deportivo.

Personas sufriendo en nombre de otros, peleando en nombre de otros, muriendo en nombre de otros, ¿les suena conocido?

La identidad que proporciona el futbol es un claro aliciente subjetivo de apropiación a un grupo y de semejanza con iguales, donde todos cantamos las mismas canciones, defendemos los mismos valores y odiamos al mismo enemigo. ¡Adrenalina! ¡Volatilidad! ¡Excitación! ¡Euforia! ¿Quién se resiste? Si sumamos la fascinación misma de ver tus colores reflejados en otros ojos, mirando al cielo y encontrando ídolos que alentar, la ecuación es sencilla: sólo los aburridos, impotentes ante el frenesí popular se negarán a tal seducción, ya sea por el futbol, la música u otras actividades. Sentirse uno mismo con los iguales, uno mismo con el ídolo, sentirse, en palabras llanas, es una invitación que pocos estamos dispuestos a negar. Es así que el futbol se convierte en tu vida y los *inserte aquí el nombre del equipo de futbol* son tu familia, ya sea en el estadio, por whatsapp o redes sociales; pasamos a compartir tiempo y vida con aquellos que ven lo que nosotros, que viven como nosotros; se rompe la barrera social y generacional, sólo importa que seamos uno mismo con el club de nuestros amores. Pero no caigamos en el error: el futbol, como tal, no es el problema.

No es el problema ya que el futbol es el síntoma, no la enfermedad. ¿Cómo podríamos culpar a un deporte que además de alegrías, es artífice del desarrollo social, de la participación comunitaria, del trabajo en equipo, de valores? No olvidemos proyectos como De la calle a la cancha, que reúne jóvenes en situación de calle, así como a instituciones públicas y privadas con el objetivo de procurar mejores condiciones de vida a jóvenes, Futbol por la inclusión organizado por la SEDESOL, casos de éxito donde el deporte evitó que niños y jóvenes cayeran en drogas, proyectos de prevención del delito con base en el desarrollo social a través del futbol, etcétera. Pero, ¿también hay casos contrarios? Por supuesto; lavado de dinero, evasión de impuestos, y todo lo dicho en el tercer párrafo del presente artículo. Justo por eso, el futbol forma parte de un sistema social, cada vez más enfermo y patológico que, como tal, termina precipitando acciones buenas y malas, influyendo de manera positiva y negativa, cual familia funcional-disfuncional: allá donde deposites afecto encontrarás grandes muestras de amor y grandes muestras de odio.

¿Por qué señalar entonces al futbol y responsabilizarlo de la violencia?

Hay que señalar al deporte popular, al que te engancha… ¡Al enamoramiento! Somos camaradas, enaltecemos a las mismas personas, renunciamos al individualismo para ser un ente colectivo. ¿Dónde lo habremos visto antes? ¡Por supuesto!, en la religión, en la política, en los movimientos sociales; se han matado en nombre de ídolos, dioses, candidatos, ideologías y amores, carecemos entonces de dónde sujetarnos por cuenta propia y eso es bien utilizado: los medios de comunicación, las directivas, las marcas, el branding, todos sacamos provecho de esta necesidad y por ende la utilizamos a favor y en contra. El futbol es el medio, no el fin. El fanatismo es la figura, no el fondo.

Pensemos por ejemplo en el uso político que se le da al deporte, equipos administrados por gobiernos o líderes políticos quienes transmiten ideas, arrojando una nueva creencia de valores, que aunadas con los valores naturales de la sociedad, crean pequeñas sociedades, que ciertamente también son oprimidas, ejercicio que provoca que de alguna manera, y mayoritariamente enfrentando al enemigo (en todos los escenarios posibles), haya una sensación de libertad, de poder, de manada. Sin embargo,  considerar que los consumidores de futbol, que las barras, que los aficionados, que los fanáticos somos responsables sólo por absorber el deporte,  por tener un perfil socio económico medio-bajo, por el tiempo destinado al equipo, más allá del clasismo es un lavadero de manos donde, por supuesto, existen culpables, pero todos somos responsables; responsables de utilizar el futbol para promover los valores, las corresponsabilidades, de visibilizar la alegría de compartir equipo, las cosas buenas, la convivencia familiar, principalmente de fomentar la vida libre de violencia y ahora sí, como exclama el pópulo, empezar con el cambio propio esperanzados en que el horizonte, donde Galeano sitúa a la utopía, no sea tan lejano, que podamos percibir, aunque sea una migaja de satisfacción.

Podemos hablar de futbol como manipulación social y precursor de la violencia sólo si en la misma discusión incluimos religión, política y demás tópicos de consumo popular, porque al igual que ellos, el futbol es un bálsamo social necesario.

 

Recomendación del autor: Luis Ramos (Twitter: @luisGerardRamos) nos regala el documental “La horda”, donde aborda los sentires y saberes de las barras del futbol mexicano, disponible en: https://vimeo.com/71516954

Autor: Omar Méndez Castillo

Doctor en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona. Maestrando en Administración Pública por la Universidad del Valle de México; maestro en Clínica Psicoanalítica por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Omar trabaja actualmente como coordinador de Participación y Bienestar Social en la Subsecretaría de Desarrollo Integral Comunitario de la Secretaría de Desarrollo Social de Nuevo León. Se encarga de crear proyectos que fortalezcan la participación ciudadana a través de comités, promotores sociales y psicólogos comunitarios. También es responsable de procurar dispositivos que logren mayor bienestar emocional en las comunidades a través de atención y orientación psicológica, talleres, grupos operativos, de autoayuda, promotoría social, entre otros. Es supervisor de prácticas en la Clínica de Atención Psicológica de la Universidad Metropolitana de Monterrey, donde supervisa casos de violencia. También es director y editor de la revista de Psicología Sui Generis, publicación oficial de la U.A.N.L. que aborda temáticas afines a la psicología.







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