El regalo del niño de los ojos marrón

Cuando lo vi vendiendo periódicos me pregunté qué diferencia tenía con respecto a mi hijo que tendría aproximadamente sus ocho años.

Lo observé vendiendo los periódicos que le aseguraban unas monedas que se convertirían en el bocado de su mesa, reservada para sus tres hermanos, mientras su madre preparaba la comida.

Su carita estaba enrojecida por el sol, ese sol que lo acompaña en las mañanas mitigando el frío y en las tardes con la estrepitosa calidez de un desierto que, inclemente, agota sus pasos, mientras sus ojos marrones se pierden en la imaginación de sus juegos de niño pobre, donde una pelota y un perro son los héroes de las grandes batallas en la mancha de asfalto y cristal.

Cuando lo vi vendiendo periódicos me pregunté qué diferencia tenía con respecto a mi hijo que tendría aproximadamente sus ocho años; desde luego que ninguna, ambos eran marionetas de una vida que segrega y olvida, que premia y recompensa… pero en lados distintos del camino.

Esa noche era Nochebuena, todos se agolpaban a la mesa para brindar y comer los ricos platillos. No pude comer, se me atragantó la comida, me sentí solo, me sentí desgraciado e inhumano; mis pensamientos traían sus ojos marrones a mi cabeza y mi conciencia se estremecía, no podía aceptar que vivo en un mundo desigual, en una encarnizada selva donde la ley del más fuerte -que no es ninguna ley- se impone para vulnerar a los menos preparados.

Los brindis hicieron que los destellos de las copas de vino ensordecieran mis pensamientos, pero no pude dejar de ver sus ojos marrones que esa noche se convirtieron en gotas amargas mientras veía las risotadas de los comensales de mi mesa, donde había de todo, donde el festín no parecía terminar.

Esa noche, mientras observaba a mi hijo dormir, pensé en ese niño que vendía periódicos, sentí que no había un cristal que devolviera la bondad y generosidad que las personas merecen; entonces mi hijo abrió sus ojos y en sus pupilas vi los ojos marrones del niño perdido, vi en su reflejo lo lejanos que somos los seres humanos de la empatía, del amor y la verdad.

Al día siguiente, mientras mi hijo abría sus regalos de Navidad, decidí irle a comprar un juguete al niño de los ojos marrones; compré una pelota y enfilé a la plaza donde siempre lo veía, allí estaba, gritaba: “¡Otra Navidad sin Santa Claus”. Me acerqué y le dije: “Santa Claus te trajo esta pelota de Navidad y me pidió que te la diera”; sus ojos marrones se iluminaron y sonrió, entonces me dijo: “¡Usted es amigo de Santa Claus!”, le acaricié sus mejillas rojizas y me alejé sin saber qué contestarle.

 

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Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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