El vino, letra muerta en la Constitución

En este inicio de año cabe recordar las sabias palabras que pensadores como Platón u Ovidio le dedicaron a las celebraciones y a uno de los más solicitados aderezos sociales: el alcohol.

El calendario romano fue una obra de la razón que se le atribuye a Rómulo; en él intervinieron astrónomos, militares, políticos y la Iglesia católica, para convertirse, en 1582, en el calendario que adoptó el mundo civilizado, amén de los Estados que tardaron más años en utilizarlo. 

De manera independiente a la fe que cada uno profese, y los motivos para los que estas fechas sean usadas, el fin de año debe de ser una época para que cada individuo haga un recuento de aciertos, de errores y de coincidencias afortunadas o desafortunadas; es el momento de plantear, desechar y modificar objetivos. 

Considero que no solamente es tiempo de festejar con vinos y licores, pero para quienes sí lo es, me gustaría dedicarles algunas citas de El Banquete de Platón sobre el consumo de alcohol:

  • Eryximacos dijo: “Mi experiencia de médico me ha probado perfectamente que el exceso en el vino es funesto al hombre. Evitaré siempre este exceso, en cuanto pueda, y jamás lo aconsejaré a los demás; sobre todo, cuando su cabeza se encuentre resentida a causa de una orgía de la víspera”.
  • Júpiter dijo que si los hombres “no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pie, como los que bailan sobre odres en la fiesta de Baco”.
  • “Hasta aquí nada hay que no pueda referir delante de todo el mundo, pero respecto a lo que tengo que decir, no lo oiréis, sin que os anuncie aquel proverbio de que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”.

En contravención de la prudencia dicha por Platón, de forma contemporánea se nos regala el recuerdo de trascendentes e importantes figuras públicas que fueron grandes bebedores como Sócrates, Alejandro Magno, Winston Churchill y Ulysses Grant; y el de reconocidos abstemios que fueron derrotados por la misma historia, como Hitler, Robespierre, Pancho Villa y Donald Trump. Pese a eso, mi maestro de Derecho Constitucional me dijo, un día en el Centro Libanés del entonces Distrito Federal, ahora Ciudad de México: “Le recomiendo: desconfíe de los abstemios”. Esto lo profirió siendo él un abstemio absoluto y a diez años de recibir ese consejo, lo comparto con ustedes.

Ovidio (el primer latino que leí cuando fui estudiante de preparatoria) elogia al vino por exacerbar la carnalidad, además, en su libro El arte de amar hace una mención que pudiera servir a aquellos que se dedican a lo político: “La embriaguez verdadera perjudica, y cuando es fingida puede ser útil”.

Esto me conduce a hablar de la Constitución: la ley seca norteamericana de 1920 tuvo sus orígenes en el siglo XIX, y siendo la Constitución Mexicana un documento escrito a través de experiencias de todo el mundo (por ejemplo, el juicio de casación español, el habeas corpus inglés, la división de poderes francesa y el Federalismo estadounidense) fue natural que el movimiento prohibicionista alcanzara a la Carta Magna que rige al territorio mexicano y que de ello derivaran los preceptos que facultan al Congreso federal y a las legislaturas de los estados para hacer leyes que combatan el alcoholismo (artículo 117, último párrafo), y de darle atribuciones al Consejo General de Salubridad para poner medidas contra las sustancias que envenenan al individuo o degeneran a la especie humana (artículo 73, fracc. XVI, 4º). Esto es letra muerta ya que hay vedas, prohibiciones y retenciones para suspender el consumo de alcohol, no para detenerlo o combatirlo. 

Los artículos anteriormente invocados adolecen de sentido técnico: no tienen normas derivadas. Los preceptos carecen de imperio: no están regulados. Los estados miembros de la Unión tienen conductas distintas respecto a su consumo, por lo que la concurrencia (o jurisdicción dual) no es idónea, para el caso no importa porque no se hace nada. Por último, la norma constitucional correspondió a una urgencia y una sociología distinta a la mexicana, tal vez por ello no se hace ruido al respecto. 

Por motivos personales considero que es importante mediar entre lo moderado y lo estrepitoso, sin embargo, el criterio depende de cada uno de ustedes. 

Me despido con las siguientes líneas: para el abstemio resulta un tormento soportar al borracho cuando este es impertinente, grosero o llorón; que el abstemio no complace a quien indica con la frase “tómate solo una”, incluso el aludido se puede ofender; y que la salud, el patrimonio y el honor son fáciles de mancillar o perder cuando se abusa de la bebida. 

Autor: Iván Mimila Olvera

Abogado y asesor en materia constitucional y autor de los libros "Cuestionario de Derecho Constitucional" y "Cuestionario de Derecho Constitucional de los Derechos Humanos". Actualmente es litigante en activo y asesor de diversas organizaciones de la sociedad civil.


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