La comprensión ontológica 54

Soñé con Dalia, estábamos viajando en coche rumbo a la playa.

Felices.

 

54.1     A veces manejaba ella, a veces yo y, otras veces, ninguno de los dos.

Viajando hacia nuestro objeto de deseo.

¿Han visto las películas que llaman “de arte”? No todas las obras que pueden catalogarse de dicha manera son, auténticamente, artísticas, empero, todas tienen semejanzas con mi sueño: tomas extensas, contemplativas y silenciosas. Por momentos todo es claro pero por otros todo se vuelve difuso, misterioso y extraño. Y luego de muchos cortes bruscos de edición, cambios de escena sin ningún aparente motivo y saltos inesperados en la secuencia de los estados de ánimo, la música de Mozart como fondo.

Dalia sonriendo mientras maneja, riendo mientras bebe una cerveza y durmiendo mientras yo manejo. El paisaje es azul por la mañana, más tarde amarillo brillante por el día y nostálgicamente ocre por la tarde. Dalia es hermosa. La carretera cambia de geografía, primero la selva frondosa, luego el bosque húmedo templado y, apoteóticamente, el jocoso clima tropical. Soy muy afortunado. Después estábamos corriendo en la playa, acercándonos al indómito océano y desafiando las grandes olas. La espuma blanca. Yacíamos acostados boca arriba sobre la arena, mirando las palmeras sobre la noche marina y mirándonos a los ojos. Nuestras almas. Escuchaba sus palabras sin que ella hablara, me sonreía apretando su labio inferior y, tras conversar un poco, quedaba seria.

—Eres un filósofo peligroso.

Brincos temporales, sensibles y existenciales. Sus ojos, su boca y su nariz son el rostro del sol. Estábamos donde queríamos, lejos y aislados. En mi sueño cumplíamos nuestro único objetivo, deseo y filosófico destino. En el mar, amarnos en una sencilla choza en la playa y vivir de la pesca. Y escribir. Era feliz, plenamente completo en alma y cuerpo y, sobre todo, filosóficamente compenetrado con ello. Vivir la filosofía, experimentar su naturaleza en plena existencia y expresar las voces de mi ser y devenir. Era muy feliz.

Pero desperté.

—Pareces loco —dije involuntariamente en voz alta, me miré al espejo deprimente y, sentado en la cama, rodeado de paredes rayadas de sentencias, parágrafos y aforismos sobre la naturaleza de la reflexión filosófica.

—El loco no puede verse —me dijo mi hermano gemelo—, pero sí es posible retrospectivamente.

—Entonces habría que añadir —respondí—: el loco no puede verse en el presente.

Es decir, mientras sucede.

 

54.2    La hacienda tenía varios jardines internos, visto desde el cielo formaban una especie de trébol y, en el centro de las cuatro hojas, el principal vivero que llevaba al majestuoso casco que fungía como despacho del mentado patrón. Había un portal con una gran sala con muebles de madera, cojines de colores mexicanos y una mesa al centro de piedra con alcatraces. Puig me dijo que ahí lo esperase.

Y me puse a observar.

Un colibrí desciende suavemente para beber de las flores, me acerco para observarlo y, conforme me muevo, sus tonalidades van cambiando por la luz del sol.

La luz del sol que se verá al final.

Ese momento era lo único que iluminaba mi ser, perdido en la sociedad y en el tiempo. Ese instante, mientras el colibrí bebía, sentí una pertenencia más allá de cualquier categoría espacial. El colibrí flotando, mi mirada reflexiva y sentir que el sol me pertenecía. ¿Hay algo más allá de la física? Más allá de un método, doctrina o misteriosa salida. ¿Hay una instancia más allá de esta experiencia? La conexión entre ambos, el colibrí y yo. El reflejo. El reflejo metafísico. El isomorfismo entre la representación y la naturaleza. Eso estoy viendo. Lo único que tiene sentido. Lo único que hace que tenga sentido. Esta conexión. Lo místico según Wittgenstein. ¿Lo trascendental? Pero sólo en un sentido inmanente: no lo trascendental en sí mismo sino en un sentido estructural, es decir, trasciende la physis en el sentido de que no es un hecho proposicional pero no por pertenecer a otra instancia o dimensión que trascienda el mundo y sus retratos sino por trascender únicamente al lenguaje mismo. Lo trascendental en sentido lingüístico. No obstante, aún así puede expresarse.

El destino del poeta.

—¡Muchacho!

Abro los ojos, el sol me deslumbra y, desenfocado, veo a Puig de pie acompañado de la señora que coordina la numerosa servidumbre del lugar.

—Romina, él es Serner.

—Serner Mexica —añado tras ponerme de pie, le doy la mano y mirándola a los ojos la saludo—. Mucho gusto, señora.

—Doña Romina, chamaco —me regaña Puig.

—Disculpe, doña Romina.

—¿Te apellidas “Mexica”? —me pregunta intrigada.

—Claro que no, doña —se adelanta Puig.

—¿Te apellidas así? —vuelve a preguntarme, procede un silencio en el que sostengo su mirada sin habla y, bajo el sonido de algunas aves en los árboles, la tensión se rompe cuando aparece la señora Magdalena llamándola desde el portal:

—¡Romina!

Ella reacciona y, respondiendo al llamado, se retira de prisa. A la distancia la señora Magdalena me mira brevemente y, luego de una pausa, se encamina con Romina hacia el interior.

—Hoy no verás al patrón —me informa Puig—, anda ocupado y tenemos mucho trabajo que hacer, pero mañana tal vez.

—¿Y qué hago ahora?

—Puedes ir a tu cabaña, a una huerta o a ver las clases de equitación. ¡Haz lo que quieras! Ese es tu problema.

—¿Puedo pedirte un favor?

—Qué —me pregunta molesto.

—Necesito un cuaderno.

—¿Un cuaderno?

—O libreta para hacer apuntes.

—Pídeselo al “Cortéz”.

Ok.

—Te veo después y pórtate bien.

—¿Y cuándo me he portado mal? —le pregunto, se me queda viendo fijamente y, entornando, me dice en una cuasi-amenaza—. No me hagas hablar, chamaco. Ya sé por lo que te andan buscando, pinche vándalo.

—Me refería desde que llegué aquí —aclaro, me retiro por donde regresé y, aún después de varios pasos adelante, siento su mirada a mis espaldas.

Pinche abogado.

Llego a la cabaña y, sorpresivamente, me encuentro con un caballo color miel atado a una argolla de acero a un lado de la puerta. Hermoso, de crin clara y gran alzada. Sus ojos me recuerdan a Tezca. Lo acaricio y mueve su cabeza, coloco mi frente en su gran cuello y, y respirando sereno, lo sigo acariciando hasta que comienza a lamerme el cabello haciéndome reír.

—¿Tienes hambre? —le pregunto, peino su copete güero y lo acaricio sonriendo.

—Ya comió —alguien me dice, volteo y, de brazos cruzados, me está observando Vera acompañada de sus dos amigas.

—Sólo preguntaba por preguntar —me justifico, las amigas ríen pero Vera se mantiene seria. Las tres tienen como quince o dieciséis años.

—¿Y tú quién te crees que eres?

—Yo…

—¿Y por qué te regalaron un caballo?

—Debe ser regalo de mi prima. ¿La conoces?

—Eres un idiota —dice enfática y, seguida de sus amigas, se retira aún más molesta.

Tiene razón.

Suspiro desanimado, bajo la mirada y observo la tierra. Una fila de hormigas. Siento que el caballo se acerca, tomo su cabeza y acaricio su crin cerrando los ojos.

Lloro por dentro.

—¿Adónde pertenezco? —me pregunto cabizbajo.

—No le hagas caso a esa escuincla.

Abro los ojos, es el Cortez el que me habla y me limpio rápidamente las lágrimas que lograron escapar de mi silencio sentimental.

—Es la hija menor del patrón —continúa diciendo—, pero es una caprichosa y grosera.

—No estoy así por ella.

—¿Tons por qué chillas?

—No lo sé —respondo luego de una pausa.

—¿No sabes?

—Ese es el problema.

—¿Acaso no eres hijo del patrón? —me pregunta luego de otra pausa.

—No.

—¿Seguro?

—¡Seguro!

Se queda pensando con una mano en la barbilla, se quita el sombrero y se rasca la cabeza mientras me mira confusamente.

—¿Eso es lo que piensan todos? —le pregunto.

—Pues… Sí.

—¿Por qué?

—Pues por como te tratan.

—¿Es por eso? Mi prima es pariente de ellos, pero nada más.

—Ah.

—Con razón esa niña me odia.

—Pues todos pensábamos eso.

—Pues no lo soy.

Se pone su sombrero, se da la media vuelta y, pasos adelante, voltea:

—Ah, el licenciado me dijo que querías encargarme algo.

—Ya no.

—¿Ya no qué?

—Ya no tengo ganas de escribir.

 

54.3    Parágrafo 118: (pared de la cabaña)

Los dos métodos: la esencia o la historia, el ser o el devenir, el deber ser o el ser. El primero es metafísico y el segundo post-metafísico, la esencia se busca analizando exhaustivamente un concepto y la historia caracterizando la evolución del mismo incluyendo todos los intentos por definir su esencia; el ser se concibe como absoluto, universal y necesario; el devenir como relativo, particular y contingente; el deber ser es una prescripción y el ser una descripción. La interpretación metafísica de los conceptos y la interpretación post-metafísica del lenguaje.

 

Continúa 55

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






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