La comprensión ontológica 55

Toda filosofía es la respuesta a una pregunta.

 

55.1     Ya anocheció y no queda ningún espacio para escribir en las paredes, el techo está entintado por completo y, aunque por momentos lo considero, en el piso no quiero hacerlo. No sé por qué pero así me lo dice mi instinto. Tendré que establecer mi lienzo literario en el baño. ¡Se despintará! No importa lo que escriba sino lo que en mi espíritu quede, en mi cuerpo alimente y, en la fusión de ambos, explote admirablemente como una insaciable estrella que nos trasciende. Que nos trasciende.  Más allá de la mente.

—Despierta…

El murmullo parece venir del cuarto, salgo del baño y, sigilosamente, me asomo vacilante. No hay nadie. ¿Ya no vas a escribir? Tengo que sentir la verdad en mi carne, en todos mis sentidos espirituales y, mayéuticamente, en la síntesis de la interpretación poética de la naturaleza. Mi naturaleza, su interpretación y, bi-condicionalmente, mi interpretación de la naturaleza.

Estás enloqueciendo.

No otra vez. Tal vez necesites de nuevo el medicamento. He estado bien sin él. No sabes lo que sientes. Pero sé lo que quiero. ¿Y qué es lo que quieres? Estar con Dalia. ¿Qué tienes que hacer para ello? Ir a buscarla. ¿Qué te lo impide? Ser menor de edad, no tengo dinero y, ya sabes, me buscan por lo del incendio. ¿Eso es realmente lo que quieres? Por supuesto. Ese es únicamente tu deseo consciente, i.e., con el que crees que vas a conseguir tu deseo inconsciente. ¿Cómo puede haber un deseo inconsciente? No sólo puede haberlo sino que es, en última instancia, el auténtico deseo, el deseo real y, en todos los sentidos, el deseo verdadero. ¿Cuál es mi deseo inconsciente? La verdad. ¿La verdad? La verdad filosófica.

 

55.2    Las clases de equitación eran muy entretenidas, primero todos juntos dando vueltas y, posteriormente, divididos en tres grupos en diversos ejercicios. Todos los caballos altos, bellos y de brillante pelaje; y, aunque suene raro, todos los chicos y chicas de características similares.

El viento sopla suavemente.

Yo observaba desde una pequeña loma cubierta de árboles de durazno, caminando mientras crujían las olas y acompañado del Dorado, el caballo que me regalaron y al que aún no he montado. Simplemente paseamos caminando, llevándolo apenas con una cuerda que ni siquiera tenía que tirar. Después se la quité, caminaba esperando que se acercara y simplemente me seguía manteniéndose a mi lado en cada paso.

Las hojas crujen al caminar.

De regreso a la cabaña pasé por una huerta donde se recolectaba naranja, mi mirada contemplaba claramente las diferencias de los dos mundos marxianos. Ya había visto, vivido y experimentado dichas contradicciones en la revuelta campesina en el rancho de mi abuelo, agitada por mi hermano y sofocada por una aparente calma promovida por los grupos religiosos. Ya lo había comprendido, pero no desde fuera; en la percepción del rancho de mi abuelo yo era una de las partes y, dentro de la relación dialéctica, no veía con claridad las brutales diferencias. Más allá del carácter meramente político-económico, las diferencias imperceptibles a primera vista. Los pequeños detalles, los grandes obstáculos y el sentido del cuestionamiento mismo partiendo de dicho estado. El problema que define la pregunta filosófica. Eso pensé antes y eso pienso ahora, sin verlo desde fuera no podía entender el problema que, por ejemplo, estaba concibiendo Marx cuando sus preguntas desarrollaron su sentido. Pero ahora, desde fuera y, en cierto sentido, desde adentro de los dos aspectos, puedo comprenderlo. Lo veo claro, mi mente iluminada y, providencialmente, ahora lo entiendo todo. Bueno, eso creo. No obstante, la intuición es fuerte y veo por completo la diferencia. La maldita diferencia. Los campesinos quemados por el sol, sus ropas opacas y la espalda doblada por el eterno esfuerzo; sus caballos también están viejos, grises y flacos. La in-justicia. Los campesinos con su fuerza de trabajo alimentan a los muchachos ricos.

—¿Puedo ayudarlos? —les pregunto, me miran y se miran entre ellos.

Uno de ellos se acerca mientras los otros murmuran.

—Hola, güero, ¿se le ofrece algo?

—No, nada. Sólo quería ver si puedo ayudarles en algo.

—¿Ayudarnos?

—Bueno, si no les estorbo.

—No, no, no es por eso.

Me toma ligeramente del brazo, me mira de forma condescendiente y me dice caminando:

—Es que nos van a regañar. Sí entiende ¿no?

—¿Por qué los van a regañar?

—No entiende entonces. Mire, no podemos dejarle que nos ayude, pero muchas gracias por su ofrecimiento.

—¿Está seguro?

—Sí, sí —dice retirándose—, ¡adiós!

Me di la vuelta, quedé pensativo por unos instantes y, vislumbrando el descenso de un camino sombreado de grandes ocotes, me retiré con el Dorado reflexionando como causa de una progresiva depresión.

Solo, solo, solo.

De pronto, ya de nuevo en el sendero, un colectivo trote a mis espaldas se aproximaba a toda velocidad. Son los muchachos de equitación, pasan a mi lado velozmente y, algunos, mirándome burlonamente. Al final aparece Vera con sus dos amigas, quienes se adelantan y la dejan a solas conmigo.

—¿Por qué no lo montas?

—No quiero ponerle silla.

—¿Lo vas a montar como indio o qué?

—No se me había ocurrido, pero tal vez. Así no lo lastimo, es más natural y…

—¿Eres un indio o qué?

Hay momentos en la vida en que una palabra, su sentido y la profundización del significado, decide tu vida en una porción mínima de tiempo. La pregunta me hizo recordar a Benny Alpinahua, al indio washo de Lake Tahoe y la pluma rojiza que me regaló:

—Es un símbolo protector —me dijo, tomó su maleta y, después de pedirme que no contara a nadie su ausencia que concluiría a la mañana siguiente, salió del castillo.

—Adiós, carnal —dije en voz alta.

Me vi en un espejo de cuerpo completo, me puse serio y, tocando levemente la pluma en mi cabeza, me expresé muy estoicamente.

—Soy Serner “el mexica”.

Me echo a reír, me interrumpe un ruido en el pasillo principal y me asomo pero no alcanzo a ver nada. Me miro nuevamente en el espejo y el reflejo me corrige:

—Serner Mexica.

Sí hay un destino.

Regreso en el tiempo al reconocer la voz de Vera, quien insiste:

—¡Te estoy hablando! ¿Eres un indio o qué?

—Sí —respondo—, soy un indio. Un indio filósofo.

Se me queda mirando extrañada, el viento derriba algunas hojas y nuestros equinos se olfatean.

—¿Por qué estás aquí? ¡Y no me mientas!

—Es un secreto —respondo tras una pausa—, ¿lo puedes guardar?

—Claro que sí, idiota.

—Me acerco a ella, ella se agacha un poco y le digo al oído:

Me estoy escondiendo.

—¿De quién? —pregunta intrigada.

De la policía.

Me observa a los ojos, nota mi aparente preocupación y, sorprendiéndome por completo, se echa a reír.

—¿Por qué te ríes?

—Mi papá controla a la policía.

—Quizá la local, pero a mí me busca la policía federal.

—Mi papá también controla a la policía federal.

Quedo sorprendido, da una vuelta completa con su yegua y, antes de cabalgar para alcanzar a los demás, me dice:

—No te preocupes, aquí nadie te va a encontrar.

Y se va.

Volví a comer con aquellos chicos y, como ahora me identificaban como alguien de los empleados, me obligaron a sentarme hasta la orilla mediante fórmulas sutiles de exclusión, lejos de todos y hasta el otro extremo de la gran mesa. Algunos me veían y se reían, no había ningún adulto y Vera y sus amigas sólo me veían. No quise postre y, por fortuna, antes de que todos terminaran entró el abogado Puig para llevarme con el dichoso patrón.

          —Pasa, te sientas y te callas —sentenció Puig.

Entré a un gran despacho, oscuro y simétricamente ordenado. Me siento en uno de los sillones frente al gran escritorio, el respaldo vacío de un gran asiento de piel tiene en la cabecera al fierro de la ganadería de la hacienda y, sobre éste, una veintena de fotografías de caballos. Me concentro en uno negro, semejante a Tezca y, por trágicos instantes, aparece en mi mente el momento previo a su muerte.

¡Bang!

Un disparo, caímos bruscamente y, mientras las balas de la revuelta campesina continuaban, mi rostro lleno de tierra sufría la desesperación por su inminente muerte.

Suspiro.

—Hola —dice entrando la señora Magdalena.

—Hola.

—Serner ¿verdad?

—Sí.

—Pues ya no más. Mira.

Me extiende un folder que contiene varias fotocopias con algunos recuadros para rellenar como nombre, edad, lugar de nacimiento, estudios, etc.; y me explicó que diera datos falsos proponiendo un nombre, fecha de nacimiento (aunque del mismo año) y residencia en el estado.

—Y… ¿En qué estado estamos? —le pregunto.

Me mira, ríe y, tras encender un cigarro, simplemente dice:

—Sinaloa.

Ok.

—¿Qué? ¿Por qué te quedas callado?

—¿En qué parte de Sinaloa?

—Eso no lo puedes saber. No ahora. Después lo averiguarás.

—¿Y para qué es todo esto?

—En lo que estás aquí tendrás que trabajar, necesitas identificaciones para poder hacerlo y es más fácil que tú propongas todos los datos. Cuando termines se lo entregas a Puig, él te dirá lo que prosigue. ¿Está bien?

—¿Por qué dice que “tengo que trabajar”?

—Yo le había propuesto a Constanza que nos diera un porcentaje de la herencia que van a recibir pero no quiso, así que todos tus gastos serán apuntados y, hasta que tengas tu dinero, te lo vamos a cobrar. ¿Alguna duda?

—Si me lo van  cobrar, ¿por qué tengo que trabajar?

—Así te cobramos menos. Y además no te queremos de ocioso.

Estoy a punto de asentirlo todo cuando descubro el formato para un seguro de vida.

—¿Y esto?

—Pueden pasarte muchas cosas antes de que puedas disponer de tu dinero y no podemos arriesgarnos, pero no te preocupes, en cuanto tengas tu dinero y nos pagues lo cancelaremos.

—¿Cómo conoces a mi prima? —pregunto tras un silencio.

—¿No sabes?

Niego.

—¡Ella también es mi prima! Obviamente por parte de su mamá, nada qué ver con ustedes, su familia paterna. Pero bueno, ¿tienes alguna otra duda?

—Esto es hasta que cumpla los dieciocho ¿verdad?

—Así es.

—¿Y cuándo viene Constanza?

—¿Te digo la verdad?

—Por favor.

—Va a venir hasta que te puedas ir.

—¿Hasta que cumpla los dieciocho?

Asiente.

Ok, pues… ¿Gracias?

—De nada.

Me levanto, le doy la mano y me encamino a la puerta para salir.

—Veo que ya no cojeas —me dice, me detengo y la miro—. No te preocupes, nuestra prima me contó todo.

—Sólo fue un esquirla —aclaro y prosigo mi camino, llego a la puerta y, al abrirla, me dice:

—¡Por cierto! Se me olvidaba darte esto.

Me entrega un sobre de correspondencia, abierto y, al mirar el dorso, veo que el remitente corresponde a mi hermano.

—Tuvimos que abrirla por razones de seguridad, sí me entiendes ¿verdad?

—No hay problema —contesto, aspiro el aire hondo y, bajo un intenso zumbido en mis oídos, salgo del despacho.

Mi hermano gemelo.

Conforme recorro el pasillo rumbo al portal siento que la presión sanguínea me desciende y, al salir al jardín pierdo el equilibrio, mis ojos se nublan y, pausadamente, me desvanezco perdiendo la conciencia al momento de tocar tierra, la tierra cubierta de pequeñas flores silvestres y un sinnúmero de pequeños animales terrestres.

—Despierta…

 

55.3    Toda filosofía es la respuesta a una pregunta, no hay dos preguntas iguales y, aún cuando parezcan tener la misma forma lógica, una misma pregunta cambia de filósofo a filósofo, i.e., el problema ante la pregunta.

 

55.4    Sólo fue un desmayo, doña Romina me ayudó a levantarme y, con ayuda del Cortéz, me llevaron a la cocina para que me recuperase con remedios del lugar.

—Muchas gracias —expreso sinceramente a las siete cocineras, abrazo a doña Romina reiterándole el agradecimiento y me retiro a mi cabaña pensativo, temeroso y dubitativo. Noto que mi mano tiembla, la mano que sostiene la carta, la cambio de mano y el temblor acompaña el cambio.

La carta tiembla, me tiembla y hace temblar-me todo.

Estoy sentado en la cama de la cabaña sosteniéndola, ya no tiembla pero ahora produce una fuerte jaqueca, por eso aún no la he leído y, aunque tengo deseos de hacerlo, tengo miedo por su contenido. No obstante, la carta en sí misma me ha alegrado, enternecido y emocionado, sin embargo, tengo miedo que lo escrito haga que todo se me venga abajo, la mente y el ánimo. No puedo arriesgarme, no ahora que apenas me estoy acostumbrando a este lugar, tiempo y cambio.

Esperaré para leerla.

Suspiro hondo, levanto pesadamente la mirada y, como lluvia de conceptos, me siento rociado por los más de ochocientos parágrafos que tapizan las paredes.

Sólo falta el techo.

Empujo la cómoda junto a la cama, coloco una desbalanceada silla y, guardando el equilibrio, comienzo a escribir en el techo que no es muy alto.

 

55.5    La doctrina de cada filósofo es la respuesta a una pregunta, empero, no hay dos preguntas exactamente iguales y, aun cuando los discípulos parezcan heredarla, la pregunta cambia en aspectos imperceptibles a primera vista, e.g., el problema estrictamente individual ante la pregunta.

Para comprender la verdad en la respuesta, hay que comprender la pregunta que la antecede. En la pregunta concreta.

 

Continúa 56

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".







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