La comprensión ontológica 61

Antes de mi encuentro con la serpiente tuve un sueño luego que el crepúsculo me obligó a cerrar los ojos fundiendo mi mente de manera abstracta con algunos elementos de la realidad, e.g., las piedras, los cactus y, mediante una infinidad de presentaciones, la múltiple arena.

 

61.1     Estaba sumergido en mis pensamientos sobre la metafísica cuando la luna arrulló mi clavado desde el cielo hacia el profundo sueño y, por completo dormido, me re-encontré en el desierto recién bañado, recién comido y, elegantemente, vestido de traje. Todo un dandy.

Psst…

Alguien me dice y volteo, no hay nadie más que el marco rojo de una puerta y, por instantes, tintinea como si fuese eléctrica. Me acerco y se va oscureciendo, transformándose en una puerta negra color mate que, apareciendo de la nada, tiene pegado un pequeño papel blanco con letras rojas sobre otro fondo negro que en una esquina se diluye por un gris que evoca un viejo uniforme alemán.  Me acerco más, leo y dice:

Historia de la metafísica

Una obra escrita y dirigida por

Friedrich Nietzsche

La puerta se abre por sí sola, entro a un oscuro pasillo iluminado por luces azules en extremo brillantes flotando en el aire y, mágicamente, transformándose en cocuyos o luciérnagas que se elevan hasta la bóveda celeste convirtiéndose en poéticas estrellas.

—¡Oye! —me dice una mano tocando mi hombro para que siga caminando, asiento y continúo caminando hasta llegar a las butacas de un teatro antiguo y, luego de ser guiado por una sombra sin rostro hasta mi asiento, me quedo mirando fijamente el escenario.

Hay una mesa, una silla y un mueble con un marco sin espejo por donde se asoma a la distancia una luna color plata. El eco de una voz grave anuncia la tercera llamada, miro a mi alrededor y soy el único humano, los demás son seres que no pueden determinarse categorial-mente y, tras oscurecerse, una luz verde desciende de los aires iluminando un punto en el proscenio donde aparece un actor interpretando a Platón:

—Hay dos mundos —dice—, el verdadero —señala el cielo— y el aparente —pisa fuertemente el suelo.

—¿Por qué huyes? —le pregunta Nietzsche, quien entra maquillado del rostro para acentuar sus gestos.

—¡No huyo! —responde dramáticamente—. Es la lucha entre lo mutable y lo inmutable.

¡Huyes del mundo!

—¡¡Mentira!!

—No puedes vivir sin lo inmutable —dice luego de una pausa.

Nadie puede vivir sin lo inmutable —Platón subraya.

Oscuro súbito.

Aplausos, aplaudo y, paulatinamente, se ilumina el escenario. Miro a mi alrededor, todas las butacas vacías pero sigue el conocido ruido del público entre escenas.

 

61.2     Escena II

Entra un estereotipo de Jesucristo y, a través de su promesa, la metafísica se funda con el cristianismo. El otro mundo, el mundo metafísico y trascendental, sólo se puede acceder mediante la fe. Ya no es la razón, como en los tiempos de Aristóteles, sino la promesa de quien obedezca las reglas, cumpla sus penitencias y, siguiendo el ejemplo del Nazareno, sacrificando el aspecto sensible del mundo. El cuerpo. La disciplina como condición del mundo verdadero que reside en la negación, castigo y arrepentimiento físico. El precio de la buena nueva: negar el cuerpo, su conocimiento y sabiduría.

—¿Qué es La buena nueva? —pregunta un armadillo, aparece un tlacuache y, tomando el hombro del primero para calmar lo preguntado, responde:

—Dios está en ti, en el amor que sientes y, materialmente, que das a los demás.

—¿Ese es su Dios? —replica Nietzsche sarcásticamente, ambos se miran y asienten—. ¡Su Dios es débil! Promete el mundo verdadero si te rindes, si bajas la cabeza y, mediante una patética-debilitadora interpretación, si elevas dicha renuncia de la voluntad de la naturaleza como algo sublime. Pero dicho amor no es nada inspirador, en el fondo es una patética evasión y, tramposamente, se hace pasar como una lucha revolucionaria cuando realmente es la total claudicación de la verdadera pasión humana. El amor cristiano es el amor sumiso, injustificablemente humilde y peligrosamente dócil para quien muerde el anzuelo de la promesa del reino de los cielos, i.e., el mundo metafísico del vulgo.

Entra Jesucristo, observa al público y, apoteóticamente, el escenario le queda chico. Soy el Nazareno. Se toma su tiempo para desplazarse por el espacio entero mostrando su personalidad intrínsecamente, de manera fluida y, poderosamente, natural. Todos saben quién es aunque no diga absolutamente nada, aunque sólo observe su entorno contemplándolo con sus ojos de privilegiado trascendental y, con maneras suaves, expresándose con sus característicos movimientos mesiánicos.

—Yo soy la verdad —nos dice a todos.

—Y también la mentira —replica Nietzsche.

Se miran, un Jesús del ser y un Jesús del devenir. El primero es el de las instituciones religiosas, el segundo es el revolucionario que invirtió magistralmente los valores griegos.

Oscuro lento.

 

61.3     Escena III

Entra Nietzsche quien, limpiándose sangre de las manos con hojas del Nuevo Testamento, explica al público que lo trascendente, metafísico y/o absoluto vuelve a instalarse en nuestra cabeza pero ahora como una promesa proyectada epistemológicamente. Sale, entra un enclenque y, tras presentarse por partes, descubrimos que es Kant.

¡Bang!

Un disparo en su cabeza lo calla para siempre, cae al suelo como un guiñapo y, bajo las sombras, aparece Nietzsche con una pistola humeante en su mano como el único responsable:

—Alguien tenía que ponerlo en su lugar. “Los límites del conocimiento”, qué mamada es esa, como si sólo hubiese un tipo de conocimiento y, aún si tratáramos a uno solo en particular, no se podría establecer definitivamente un límite. Para trazar-lo habría que poder trascenderlo, al menos mentalmente, en el lenguaje, para poder decir hasta aquí. ¿Y cómo decir “hasta aquí”? ¿Dicha posibilidad no implica un conocimiento en constante movimiento en cuanto a sus linderos? No somos simplemente sujetos en un mundo de objetos. ¡No, maldita sea! “La verdad del objeto”, ¿de qué mierda están hablando? “El objeto en sí”, el mundo metafísico en su tercer periodo. “El noúmeno”, ¡qué mamada es esa! ¡Puras pendejadas! Pues, ¿dónde reside la cosa en sí? El mundo metafísico y la gran verdad, el mundo trascendental y la verdad absoluta, no obstante, inaccesible. Por tanto, ¿incognoscible? El imbécil de Kant lo pone como postulado de la moral. “Debes ser bueno”, ¿y qué significa ser bueno? Para Kant ser bueno significa ser obediente. ¿Obediente de qué? ¡Del imperator!

 

61.4    Escena IV

El deber ser se hace científico, el positivismo se concentra únicamente sobre lo cognoscible dejando de especular sobre un mundo sin sentido lógico-lingüístico para aceptar únicamente el universo sensible. No obstante, en esta etapa también está implicada la idea de una instancia metafísica: se puede acceder al mundo verdadero si, y solamente si, se observa el mundo de manera objetiva, imparcial y desinteresada. La verdad metafísica más allá de la situación individual de cada científico, comunidad nacional o proyecto internacional, es decir, como si dicho cúmulo de variables no condicionaran o determinasen la perspectiva de lo observable y, más aún, las herramientas teóricas en cuanto a la diferenciación de todos sus posibles planteamientos.

 

61.5     Escena V

La muerte del platonismo, según Nietzsche. ¿El mundo es físico es la realidad? ¿Y qué es la realidad? Nuevamente hagamos diferencias, nos recuerda Wittgenstein. No hay la realidad sino las realidades. ¿Qué es lo real? Un criterio son los sentidos, empero, sólo sería de la realidad sensible pero ¿y la realidad mental y/o espiritual? ¿En qué se distinguen más allá de que una reside en la mente y la otra en el espíritu? ¿Y residen en algún lado? ¿Dónde está la mente y dónde está el espíritu? El mundo en la dimensión de lo físico tiene un sentido por completo distinto a su instancia metafísica, tanto en su lógica como en su propia naturaleza y, aunque ambos son denominados “mundos”, el sentido del primero no lo tiene el segundo y, necesariamente, viceversa. La mente no está en el cerebro y el espíritu no está en el cuerpo, al menos no como un tumor cerebral.

—No obstante —concluye Nietzsche—, la realidad última reside en el mundo físico: la condición de posibilidad de todo lo metafísico.

FIN

Despierto súbitamente.

 

61.6     La noche congelaba mis huesos, petrificaba mis fuerzas e inmovilizaba dolorosamente mi cuerpo. El frío del desierto. Temblaba mucho, tenía hambre y la boca seca. El desierto indómito. Creía que mi situación no podría ser peor cuando un pausado sonido de cascabel interrumpió mis pensamientos filosóficos.

 

Continúa 62

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






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