La condena de la vejez

Dantescas imágenes de envejecimiento prematuro del científico Sammy Basso, que con tan sólo 23 años de edad presenta una enfermedad degenerativa que terminará muy pronto con su vida.

De figura delgada, con aspecto de anciano, Sammy se ha sometido a un experimento para probar nuevas drogas que pudieran revertir su envejecimiento. Su padecimiento es el síndrome de progeria de Hutchinson-Gilford, un trastorno genético que acelera el envejecimiento y hace lucir a sus pacientes, desde niños, como personas de la tercera edad, enfermedad que acapara los reflectores, pues son pocos casos los que se  presentan en el mundo.

Paralelamente a lo que podamos opinar de la enfermedad de la vejez, en nuestras sociedades de occidente, salvo raras excepciones, es un mito pensar que los ancianos o los viejos son ponderados y respetados, por el contrario, viven tortuosas historias de maltrato y vejaciones inenarrables; se han convertido, prácticamente, en muebles.

¿Cuántas veces no hemos escuchado “papá/mamá/abuelo, usted no debe hacer este ejercicio”, “siéntese para que descanse”, “váyase a acostar”?, todas putas órdenes que nulifican la capacidad de decisión de las personas mayores, que suelen ser tratadas peor que párvulos, situación indignante que debe terminar legal y moralmente en nuestra sociedad.

Vulneramos la voluntad de los viejos, somos estúpidamente brutales por tener una cadena de mando con respecto a ellos; decidimos por ellos, los obligamos a trabajar o a desempeñar tareas para las que no están preparados o no desean realizar; los enviamos al colegio por nuestros hijos, los mandamos a la tienda o hacer pagos como la luz y el agua, la mayor parte de las veces sin su anuencia o voluntad, y lo hacen porque no les queda de otra.

Los ancianos están secuestrados no sólo por sus familias, sino también por la sociedad megalómana, indolente y mezquina que hemos creado, en donde ser viejo es sinónimo de muerte, invalidez, torpeza y obstrucción social, comportamiento miserable que debería escupirnos la cara y el alma.

Con dolor, los viejos son los desterrados, los extraños, aquellos residuos humanos donde la violencia social descarga atropellos inauditos con la complacencia y ferocidad de una segregación brutal que pocos queremos reconocer y menos aliviar.

Me canso de tanta brutalidad humana, me admira la estupidez social cubierta por máscaras de conveniencia para la convivencia, donde la superchería y lo superfluo son capaces de arrancarle la vida a los seres humanos para cosificarlos, convertirlos en viejas cosas y en cosas viejas.

¿Qué hacer frente a los espejismos de esta modernidad maligna? Volver al interior de nuestra conciencia, admitir lo diverso y lo plural, conocer para comprender y entender para enfrentar con valor la oscuridad que hoy invade desde el utilitarismo del mercado hasta el control político del entramado de la hipocresía que denominamos sociedad.

Sammy Basso es viejo por enfermedad, pero a los ancianos los miramos como enfermos por ser viejos, sin la compasión y el respeto que le brindamos a un enfermo.

Vivimos en una sociedad enferma y mentalmente enfermiza, pero aún no lo sabemos.

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Por: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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