La sentencia de la libertad para defecar

¿Realmente somos libres? ¿La sociedad es un sitio seguro para que cada individuo persiga sus más profundos deseos, o simplemente estamos a expensas de los eternos opresores?

Las sociedades ciegas en las que habitamos como simios que se mecen en las copas de los árboles de la sabana, piensan que piensan, cuando su pensamiento es un diminuto grano de sal que se diluye en la inmensidad de su ignorancia.

Aprendemos a leer y a escribir como reflejo del empuje de una sociedad que se mira a sí misma como la heredera de la racionalidad articulada que llama civilización, fundada en el mito de que lo civilizado es la dimensión que garantiza la preservación armónica de la realidad; mito tan fraudulento y farsante como Comte y el positivismo que lo engendró.

Pero somos libres… ¿libres para qué?, quizá para defecar. Un momento: los hombres primitivos ya defecaban sin tener a la ley que hoy nos hace libres.

Quizá somos libres para pensar y decir lo que pensamos según la ley; pero qué mierda, si eso lo hacían los hombres primitivos sin que existiese contrato social; entonces, ¿somos libres para transitar por donde queramos?, no, ni madres, porque las fronteras y la propiedad privada construidas en la ley impiden que nuestros pasos nos lleven adonde quisiéramos ir; qué mierda, porque los hombres primitivos caminaron por el mundo sin fronteras, inclusive atravesaron el estrecho de Bering, ¡qué mierda!

La libertad es el adagio del romance esclavizado civilizatorio que murió en los campos de concentración nazis y pasó al inframundo en los estados libertarios de nuestros días; es, en todo caso, el argumento que permite al opresor meternos a la cárcel.

La libertad es como defecar sobre la caca de un perro para garantizar que el hedor del perro no salga a la superficie, pero en realidad su hedor se expande en el aroma de las flores, de la tierra húmeda y del contaminado aire citadino.

Entonces, ¿todos somos libres porque defecamos? No, todo lo contrario. El hombre primitivo, incivilizado, rupestre y salvaje defecó en plena libertad, mientras que el hombre civilizado, gregario y citadino no defeca en libertad, porque si lo hace en la calle, la policía se defeca en él y le quita la libertad de cagar en ese mundo de libertad.

 

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Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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