No quiero que muera la democracia

La democracia muere porque no hemos entendido que es una construcción asimétrica que te pone la bota en el cuello.

No he conocido un régimen político tan prostituible y sujeto a la voluntad engañada, a título de voluntad general de Rousseau, como la democracia.

El análisis tortuoso de las virtudes de la democracia no atraviesa por las contradicciones que propicia y el precario procesamiento del conflicto en el cual se envuelve en nuestros días; para empezar ese kratos, o poder del demos, o pueblo, es la ambigüedad cruel de la representatividad de ultratumba; realmente una experiencia religiosa sin Dios y sin el religare que vuelve a la unión.

Los sinónimos que asemejan falsos cognados en inglés aglutinan mitos de control político, mientras la verdad hace que la democracia agonice, sin darle su justo epitafio o rescatarla de las manos de la hoz mortal; mientras que los que la prostituyen se enriquecen y engordan en festín de gusano de fallecido de 72 horas, para luego salir a vomitar lo comido.

Cuando la democracia se asume como libertad jurídica colapsa con la igualdad jurídica, porque entonces el otro se vuelve el estorbo de la libertad y la igual cadena de la inmovilidad; cuántas veces no hemos escuchado en el ripio del enfrentamiento callejero la sentencia: “momento, usted y yo no somos iguales”, o bien, “tu libertad termina donde empieza la mía”.

La democracia muere porque no hemos entendido que es una construcción asimétrica que te pone la bota en el cuello; porque es la tiranía de la mayoría, porque invariablemente mayoría y minoría son conceptos de expresión cuántica, cuando los seres humanos no nos guiamos por el espacio cuántico, guiamos el espacio cuántico, que no es lo mismo.

Si invirtiéramos la lógica cuántica a la lógica cualica, encontraríamos otros argumentos y debates, otra verdad.

La democracia muere por ser tiránica y opresora de la convivencia social; es la orden que desordena, la entropía que se niega a morir, sin que hasta ahora exista alguien que le haga caso a Bobbio, o bien, que entienda que democracia y tecnocracia son conceptos instrumentales opuestos, pero tan miserables y desprovistos de humanidad el uno como el otro.

No quiero que muera la democracia en el eufemismo de curul, de encargo sin encargo, de la maldad del control civilizatorio que desde el poder político se ha vuelto náusea social y vómito del alma.

 

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Por: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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