Recuento

Cada que se acerca un final de año la gente suele hacer un recuento de lo que vivieron y mandan mensajes de amor y amistad; yo creo más en la reflexión constante, en el recuento que se hace cada día y en los abrazos que se dan en cualquier fecha.

En este día es casi imposible escapar a la tentación de hacer un recuento del año que se va. Hay quienes dedican gran parte del último mes del año a recopilar imágenes, música y anécdotas que les marcaron los trescientos sesenta y cuatro días previos, y como sigue de moda subir de todo a instagram o facebook, unos cuantos días antes de terminar diciembre ya circulan decenas de resúmenes anuales.

En lo personal, evito hacerlo porque mi desidia me lleva a querer poner orden en mi memoria al filo de la medianoche del treinta y uno; porque ese trabajo de síntesis me parece agotador, además de complicado; porque, conforme acumulo años, tomo menos fotografías; porque los recuerdos del año que casi termina se mezclan con los de otros años y resulta que ya no sé si esto o lo otro pasó este año o cualquier otro.

Miento: tengo buena memoria, pero últimamente elijo guardar para mí los buenos momentos (y también los malos, para -al menos intentar- evitar repetir lo que me llevó a ellos) y no compartirlos en mis redes porque pienso que son efímeras y yo prefiero lo permanente. Y es que, además, esa ilusión de la vida hacia afuera, de mostrar todo por el escaparate que son las redes sociales, es una ola en la que no siempre quiero subirme, porque es un juego que muchos se toman en serio y de pronto olvidan que cada quien muestra lo que quiere, la parte de la realidad que mejor le acomoda, lo que consideran más bonito y conveniente para la imagen que quieren crearse ante los demás, o ante ellos mismos. Y como el juego que es, yo prefiero mantenerlo divertido.

Pero independientemente de si el recuento se hace en público o en privado, hay algo que no termina de convencerme sobre hacer un recuento de año justamente el último día del año. Entiendo que hacer un pare y pensar en lo alcanzado, lo gozado y lo llorado en un periodo determinado forma parte importante de la vida para, en la medida de lo posible, analizarlo, evaluarlo y si creemos conveniente, seguir por el camino andado, o bien elegir uno nuevo; quizá tengamos la claridad y objetividad que requiere calificar como buenas o malas nuestras decisiones y sus consecuencias, pero no siempre es así.

Porque pienso que un cambio de fecha no trae consigo la renovación auténtica.

Ojalá que, como por arte de magia, al marcar los últimos minutos del año pudiéramos desechar todo lo que nos hizo miserables, a nosotros y a los demás, y ser mejores personas; ojalá que un par de días de reflexión bastaran para anular o resarcir el mal causado a nuestro paso; ojalá que esos arranques de humildad y bondad que se vuelven tendencia -al menos en el discurso- en el mundo durante estas fechas, se extendieran en el tiempo y hacia adentro. Pero no es así.

De unos años para acá, soy partidaria de la reflexión constante, porque la vida me ha enseñado que los cambios reales se hacen desde el silencio, desde la cueva de una misma, desde la honestidad hacia adentro y hacia afuera. Pero esa introspección duele, no está adornada con luces y escarcha navideña ni huele a chocolate caliente. Y para tener efecto en el exterior, con los cercanos por amistad o por trabajo, no es suficiente una noche, una semana o un mes de bajar el ritmo de vida y caminar en la supuesta armonía que tanto se publicita en época navideña. Porque yo creo en lo que veo en el día a día.

Para mí, el recuento que vale es el que se hace cada día, al despertar o antes de dormir. Porque pienso que dar las gracias por lo más mínimo de la vida, eso que damos por sentado, es lo que nos regresa al aquí y es importante hacerlo parte de la rutina; pensar antes de hablar y actuar desde la empatía no es necesario solamente en diciembre; perdonar y perdonarnos no sólo se ve bien en las cenas de Navidad y Año Nuevo.

Yo no creo en los mensajes de afecto de estos días, que muchas veces nacen desde el quedar bien y estar ad hoc con la época. Yo le apuesto al cariño constante y espontáneo, a la felicidad compartida y los momentos que muchas veces escapan a las cámaras de nuestros teléfonos, a la convivencia desde el corazón y sin la presión social de subirlo a ningún lado; le apuesto a detenerme y pensar, y en su caso cambiar, el día que algo no se sienta bien, a abrazar porque puedo y porque sí, sea treinta y uno de diciembre o veinte de mayo.

 

En fin, feliz cambio de año, ¡y que viva el recalentado!

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Por: Alma Santillán

Mujer, escritora, pachuqueña. A veces buena, a veces mala. Tiene dos mascotas que no se toleran entre sí, y dos corazones, porque uno no le alcanza para todo lo que siente.


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