Desmoralizarse por las primeras barrabasadas de diputados y senadores, o por las viejas infamias del Poder Judicial, y concluir por ello que los ciudadanos comunes y corrientes no sabemos ni podemos hacer nada, es una rotunda equivocación. En política nadie sabe nada en una realidad que se modifica constantemente; Maquiavelo, como costumbrista y observador del príncipe gobernante, ya tiene que jubilarse.

Todos podemos aprender todo, hasta a opinar y gestionar para bien las redes sociales y nuestras dudas. ¿Ya aprendimos que el Poder Legislativo es un circo?, ¡pues vayamos desmantelándolo! ¿Ya vimos que dentro hay payasos y fauna infame?, vayamos riendo de ellos y domando sus instintos de bestias. ¿Nadie en un México de priismo y estalinismo ancestrales tiene verdadera experiencia parlamentaria ni modelos democráticos de autogestión?, pues vayamos aprendiendo de lo que nos enseñaron los viejos de otros siglos y los jóvenes de 1968-2018.

Los comuneros de París en 1871 no tenían ninguna experiencia de gobierno, y aprendieron a gobernar sin ministros ni burocratas ni milicos, ¡en una semana! Y su gobierno fue tan bueno que a pesar de su brevedad el ejemplo trascendió para la semana de 40 horas, la mayoría de edad para trabajar, la equidad con la parte más activa y heroica de la comuna (las mujeres), se pudo gobernar sin dios, amo ni tribunos; todo eso aprendieron y enseñaron al mundo los comuneros celestiales, las petroleras incendiarias, la juventud. ¿Cómo la ven?, ¿hay razón para desmoralizarse?

Autor: Agustín Ramos

El tiempo pasa, lo digo yo que nací en 1925, según los dueños de la palabra municipal. El tiempo pasa, hace un rato era de día y ahorita son las once con trece minutos de la noche. Me llaman Agustín Ramos (fíjense bien que no digo "me llamo", porque no acostumbro llamarme a mí mismo, ¿para qué?, si casi siempre estoy aquí conmigo). Nací en el año ya dicho por los ilustres poetas funcionarios, más ilustres que poetas, eso sí, aunque también el lustre y el puesto de funcionario les venga por la digna vía de la autopromoción. No es por hacer sentir menos a nadie, pero soy de Tulancingo... je, je. Me llevaron a México y ahí me puse a vivir. No concibo la escritura como algo distinto a la vida. Digo "viví" y es lo mismo que si dijera "escribí"; escribí millones de hojas, quince libros, o menos, como 17, entre novelas, ensayos y cuentos, sobre todo de temas históricos. Esto último gracias a la soberbia historia minera de estos lares míos y a la nostalgia que estos lares míos me producían cuando estaba recién llevado a México, ciudad donde viví y amé casi tanto como aquí. Y, bueno pues, ya son las once con 24. ¿Ven?, se los dije: el tiempo pasa, que me lo digan a mí que nací en 1925... Yo, el rey.






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