Se acabó el cambiazo electoral

Ahora, quien acepte una candidatura sabrá que llegará un momento en el que bajarse ya no significará simplemente abrirle el lugar a otra persona, sino perjudicar directamente al partido que lo postuló.

Siguen apareciendo cuestiones muy interesantes entre los ajustes de la reforma electoral de Hidalgo. Particularmente, hay uno que toca directamente la relación entre candidaturas y electores. Hasta ahora, una persona podía hacer toda la campaña, aparecer en la propaganda, recorrer las colonias de su distrito o municipio, encabezar los mítines, ir a los debates y pedir el voto durante semanas y, por una renuncia presentada en los últimos días, terminar sustituida por alguien a quien buena parte de la ciudadanía quizá nunca había visto. La legislación anterior permitía sustituir por renuncia a los candidatos cuando esta se presentara hasta el día siguiente de concluidas las campañas, es decir 3 días antes de la elección, ¡joya!

Eso, afortunadamente, ya cambió. La nueva redacción del artículo 124 del Código Electoral hidalguense mantiene la posibilidad de sustituir candidaturas por renuncia, pero establece que ya no procederá la sustitución cuando esta se presente dentro de los quince días anteriores a la elección. No desaparece la libertad de una candidatura para separarse, pero sí se reduce considerablemente la posibilidad de que un partido cambie, prácticamente sobre la raya, a la persona que presentó ante el electorado durante la campaña.

El asunto tiene más fondo del que parece, porque con el diseño anterior, el sustituir al candidato una vez concluidas las campañas representaba en los hechos un fraude a la ciudadanía, que pensaba estar votando por alguien que ya había renunciado. Entre otras cosas, las campañas sirven precisamente para que la ciudadanía conozca a quienes aspiran a gobernarla o representarla y luego, pueda exigirles explicaciones, por lo que ahora, esta nueva regla obliga a los partidos a tener mayor responsabilidad pública respecto a quienes postulan en sus candidaturas.

Esto termina siendo también un golpe a la grilla que se hace en lo oscurito. Con este cambio, los partidos pierden margen de maniobra política para esas operaciones de último minuto en las que una renuncia podía convertirse en un instrumento de negociación cuando la campaña estaba prácticamente muerta. Ahora, quien acepte una candidatura sabrá que llegará un momento en el que bajarse ya no significará simplemente abrirle el lugar a otra persona, sino perjudicar directamente al partido que lo postuló.

Por eso, esta parte de la reforma termina siendo positiva, porque toca algo que es más importante para la ciudadanía que para los políticos, que el voto se emita, hasta donde sea posible, sobre la persona que realmente hizo campaña para recibirlo. No elimina las sustituciones ni las contingencias propias de la política y hasta de la vida, pero sí pone una distancia razonable entre una renuncia y las urnas, y es que si alguien pidió durante semanas el voto con su nombre y su rostro, lo mínimo que marca la decencia pública es que la ciudadanía no descubra días después de votar que, en realidad, terminó eligiendo –sin saberlo– a alguien más.