La cinta que clausura la LXXIX Muestra Internacional de Cine —segunda parte de la trilogía de Dag Johan Haugerud, Amor (Sexo Sueños)— propone algo más complejo de lo que sugiere su título.
Aunque gira alrededor del sexo, el relato se enfoca con mayor precisión en las tensiones emocionales dentro de las relaciones de pareja.
En el centro está una oncóloga de carácter rígido, acostumbrada a comunicar diagnósticos de cáncer de próstata con una frialdad casi mecánica.
Su contraparte es un enfermero gay, quien le confronta esa distancia emocional y le insiste en mirar más allá de lo clínico: sus pacientes no solo enfrentan la enfermedad, sino también las consecuencias en su vida íntima y sexual.
Ambos personajes atraviesan momentos decisivos en su vida afectiva.
La doctora inicia una relación con un hombre divorciado, pero se mantiene contenida, marcada por el peso moral que le genera la familia previa de él.
El enfermero, en cambio, se involucra con un psicólogo recién operado, cuya inseguridad lo lleva a cuestionar si el vínculo es auténtico o simplemente un acto de compasión disfrazado de afecto.
Como ya se observaba en la cinta islandesa El amor que permanece, las dinámicas afectivas en los países nórdicos suelen desarrollarse bajo una capa de reserva emocional y escasa comunicación, incluso en contextos donde no existen carencias materiales.
Haugerud construye así una película que, más que provocar, incomoda desde lo emocional, y que funciona como un cierre sobrio y reflexivo dentro del panorama de la muestra.
La cinta se percibe como un colofón elegante y contenido al banquete fílmico de primavera.
Por: Jorge Carrasco V.
Egresado de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Periodista activo desde 1981 en diversos medios. Especialista en temas internacionales, deportes y espectáculos. Autor de biografías sobre Pedro Infante y Joaquín Pardavé de Editorial Tomo.





