Una mirada general al terrorismo

Debemos pensar en las implicaciones del terrorismo, pues a quien afecta no es a los entes políticos que se confrontan, sino a la población que, si bien no vive en guerra, nunca más vuelve a vivir en paz.

Estas últimas semanas he estado escribiendo un documento sobre el poder político en el que hablo de la conjura como sinónimo del atentado, el cual se etiqueta en la ley sustantiva mexicana junto con el motín, el terrorismo y otros males. Por no ser tocado el terrorismo de forma frecuente el día de hoy, me permito hacer una exposición, en forma de remembranza, para quien tenga el interés de recordar el tema.

No hay una sola definición o teoría que conciba al terrorismo con una única expresión, máxime cuando ha de abordar su problemática general y existen conceptualizaciones distintas para cada glosador. Es así que, en este comentario epistolar, no me hago de palabras más que para dictar que las implicaciones de la guerra del terror son políticas, económicas y sociales.

Uno de los momentos paradigmáticos de la historia del siglo XX fue el acto de terrorismo del 9/11. En torno a este hecho resurgió en la historia el terrorismo y el contraterrorismo, figuras inescindibles en consecuencias. Sin embargo, antes de la aparición histórica de Al Qaeda y de George Bush como precursor del terrorismo de Estado, en otro lugar del orbe tuvieron a su predecesor: el muro de Berlín. La caída este muro implicó la desaparición de certezas que daba un mundo maniqueo y la exaltación de actores sociales contenidos en muros ideológicos, geográficos, analíticos y mediáticos. Así es como adoptamos una nueva forma de entender y visualizar el mundo, la seguridad y las fronteras.

El fin de la guerra fría tuvo como consecuencia inmediata un debate sobre seguridad internacional. La consecuencia social más relevante y trascendental del fin del conflicto político fue la búsqueda de la seguridad humana, es decir, el individuo sobre la institución, que después del escozor causado al gobierno norteamericano lo que este denominó terrorismo regresó a centrarse en el ethos norteamericano propio de la doctrina Monroe.

Para los objetivos de esta colaboración, me contraeré a decir que la gran tragedia para el mundo islámico fue tratar de sacar a Estados Unidos de su territorio, porque este holocaustico acto, como todos sabemos, resultó en todo lo contrario.

La década de 1990 fue una época de desarrollo consistente en las cumbres de desarrollo social, la internacional de la mujer, la de asentamientos humanos, la mundial de la infancia y otras. Las reflexiones más importantes son las que se refieren a las personas: no hay en la puridad lógica-jurídica seguridad humana y seguridad estatocéntrica-militarista (o estratócrata); cabe hacer mención de que esta última es totalmente decimonónica. El término inseguridad humana debe entenderse como todo aquello que cause malestar a los humanos (deterioro ambiental, epidemias, desempleo, falta de acceso a servicios educativos, etcétera), y como no hubo homogeneización constitucional global después de un ataque a la nación hegemónica se dio un retroceso a una economía de guerra y al concepto de seguridad de la guerra fría, la seguridad de Estado ajustada a cualquier constitución cien por ciento orgánica.

La certeza de la guerra fría era saber quiénes eran los frentes enemigos, los implicados tenían la posibilidad de analizar e interpretar la estructura social, financiera y tecnológica del enemigo. Sin embargo, no ignorar quién es el enemigo no equivale a conocerlo en su multiplicidad de actores: los tradicionales y los ajenos al pacto social nacional o internacional, en su estructura de poder, en su desarrollo social y tecnológico, que antes respondió a un gobierno específico y que ha dejado de hacerlo. En esta tarea, los mercenarios y actores mediáticos (que también pueden ser mercenarios) no obedecen a una rienda, literalmente se venden al mejor postor, cuya consecuencia es la mutación de las fronteras, población y gobierno. En el cumplimiento de su vida diaria, la población se vuelve la estrategia terrorista. Al desayunar, ver televisión, e incluso jugar, en el caso de los menores, se aterroriza gracias a los actores masivos.

Por otra parte, el terrorismo se calcula que nace en el siglo XII como acto de antijuridicidad que malogra la democracia y que hace veinte años reapareció en el fundamentalismo islámico; al ser entrenados y provistos de armas por la CIA para evitar la invasión soviética, se provocó que los simpatizantes de esta corriente se volvieran en su contra y empezaran los ataques terroristas en África que remataron en Washington, Londres y Madrid. En cualquier caso, se vulneró el control constitucional de los estados y en este descontrol se afectaron también, y de manera principal, los derechos humanos.

Es evidente que el terrorismo es un método, como ya se arguyó, cuyo recurso es la población y que se desempeña por entidades políticas que incluso pueden derivar de un actuar sin órganos, pero con consecuencias de oprobio. En otras palabras, el terror es un mensaje que se distingue de cualquier otro tipo de violencia porque el objetivo es político y mediático.

Es entonces que, corrompidos por el soborno y presionados por los jefes de Estado y sus subordinados en el orden gubernativo, los legisladores vuelven subjetivo el problema y lo definen bajo un tipo que no responde a todas las posibles acepciones del vocablo.

Cada ente tiene la cuestión de la subjetividad del problema, sobre todo cuando se trata de legisladores o gobernantes, quienes defienden, de acuerdo a cada tradición jurídica, la democracia, el derecho y la confianza popular en la administración pública. En la década de 1980, Nicaragua y Estados Unidos tuvieron problemas durante la crisis centroamericana y, al igual que en el caso de Afganistán, Estados Unidos armó y entrenó, a través de la CIA, a Honduras y a otros para crear los Freedom Fighters: terroristas para unos, luchadores de la democracia para otros. Análogo a este caso están los guerrilleros que lucharon en México durante la intervención francesa; para los mexicanos eran patriotas, para los franceses, viles asesinos y terroristas.

Estos delincuentes tienen cientos de herramientas y medios para proteger lo que consideran su bien jurídico material (su religión, sus derechos, libertades o territorios) y así sus detractores – legisladores, políticos y medios de comunicación –  fallan en el sentido que indica o sugiere su necesidad social, de modo que se convierten en cómplices de otro atentado, el que pronostica el terror estatal, y merecen la execración por ser partícipes de un problema mayor.

Aquel país que ha acuñado una definición del terrorismo y ha azuzado a otros a homologar conceptos no cree en la democracia ni en la soberanía. En su fuero interno, experimenta la vergüenza de traicionar a la sociedad por exponerla a un mal mayor, porque mutarán los intereses del país, sus medios masivos y las maneras del uso del terror. Al Qaeda y los Mujahidínes para Estados Unidos, los Chechenios para Rusia y los miembros de mafias de la provincia de Sin Yan en China son eso, no son terroristas universales. Walter Laqeur reflexiona que quien califica la acción del acusado es quien dice si es, o no es, terrorista. Es así que los movimientos de liberación nacional en África y Asia han sido calificados de terroristas, pero para sus pueblos son héroes. El caso de Israel es en el que sus grandes líderes utilizaron tácticas terroristas contra los ingleses colonos y así se les denominó, hoy por hoy son figuras patronas de la independencia.

Las consideraciones de los grandes teóricos del terrorismo son, en cuanto a sus vertientes que refieren a un status quo, el terrorismo independentista y el terrorismo vigilante. El primero busca una revolución social, mientras que el segundo obedece a los órganos legislativos y administrativos del Estado. Estos últimos, terroristas de Estado, a través de leyes o resoluciones de diversa índole, ajustan, o no, su conducta a los imperativos constitucionales. Y así han legitimado su dominio personajes históricos como Hitler, Stalin, Mussolini y Franco. La guerra del terror más ilustrativa es la que quedó plasmada en la historia el 9/11, una guerra que vulnera derechos humanos y utilizó la comunicación popular para contra-aterrorizar.

Esta guerra, convalidada por los medios, no fue real en la medida que las decisiones judiciales se dictaron con presiones y consignas, es decir, fue creada en colaboración con el ente contraventor por excelencia, el gobierno unidimensional norteamericano. Y es así como se logró vivir en un estado sin guerra, pero con paz inexistente.

Los receptores inmediatos no deben olvidar que son el medio servil de arbitrariedades e injusticias de las que se vale el insurrecto y el estado terrorista.

Suponer que estos actos trascendentales en algunos casos pudieran provocar crisis política, sin tener en cuenta que se debe alterar a la población civil, es un supino error, ello propicia que el crimen no sea considerado como tal. El frente de liberación de Quebec recurrió al terror, pero no tuvo apoyo social; la consecuencia fue que sus miembros fueron arrestados y exiliados; mientras que, en su momento, la OLP tocó las mentes y corazones populares, dando como consecuencia un fuerte ludibrio al estado de derecho.

La vivencia de Osama Bin Laden, a través de Al Qaeda y de seguidores no miembros, suscitó, necesaria e ineludiblemente, violencia a la población. No debe olvidarse que el terrorista y el contraterrorista se empeñan, bajo las mismas actividades, en infundir el miedo y ganar aprobación. Sus actos no tienen ningún valor si la violación constante de derechos no logra lo antes dicho.

Decía Estados Unidos que los países bribones encabezan iniciativas que buscan terror casuístico y efímero, máxime si estos son los países ejes del mal, denominados así por él mismo (Irán, Irak, y Corea del Norte), que irónicamente no tuvieron que ver con los ataques del 9/11; mientras que por otro lado, la misma nación, Estados Unidos, aplicó la guerra preventiva en contra del régimen Husseinista, justificándose so pretexto de que Sadam Hussein estaba en posesión de armas prohibidas y que estaba detrás del ataque de torres gemelas: ambas fueron declaraciones que se desvirtuaron con el tiempo. La guerra preventiva fue otro tipo de terrorismo de Estado, que además es muy poco ético y siembra terribles precedentes. A nivel internacional se habla de agotar instancias y no existe la posibilidad de una guerra preventiva, es decir, Estados Unidos ha violado normas de carácter internacional y ha delinquido. Incongruente, desempeña una labor demagógica que se aparta de la observancia del derecho y de los derechos fundamentales.

Contra el terrorista se debe luchar con las herramientas lógico-jurídicas y que no sirva para construir un nuevo enemigo que fundamente discursos y estructuras políticas corruptas.

La democracia y la soberanía estatal fortalecen la seguridad internacional y se acredita de manera interna e internacional. Al detractar este delito como un problema de seguridad pública y no de seguridad nacional se deja de entronar de facto al reino del terror, en el cual los ciudadanos no tienen lugar.

Al margen de las anteriores consideraciones, debemos recordar que el concepto se arrastra desde la época de Robespierre, de la Europa decimonónica y que el estado Secundum quid aplica la positivización legal o constitucional de corte victoriano para no tildar de injusto a lo legislado.

Las repercusiones del terrorismo son similares a las del contraterrorismo. A ambos los une la mediocridad, la falta de previsión, la ignoratia juris. Y en la realidad se suelen ver consecuencias económicas, sociales y, las ya referidas, políticas. Este fenómeno negativo para la administración pública y de justicia inicia con repercusiones económicas donde los perjudicados son los tres elementos clásicos del Estado y los beneficiados son las trasnacionales que producen armamento, municiones, portaviones, equipo militar, gafas de sol, hasta protector solar y las compañías privadas que reconstruyen ciudades (puede que también las que las destruyen previamente). Y, sin inferir mucho, sabemos que los más perjudicados son los habitantes y la constitución.  

Los sistemas constitucionales reales son gobiernos de jueces, como lo habría dicho Alexis de Tocqueville, y que operan bajo el latinazgo “dura lex, sed lex, pero puede el juzgador atemperar los vicios legales con su sabia interpretación.

Finalmente, México homologa día a día su legislación a intereses ajenos, anteriormente no teníamos tipificado el financiamiento terrorista, en teoría podíamos hacer una colecta para Osama y mandarla sin cometer delito, y hoy ya no podemos. En todo el mundo se olvidan de su realidad social, económica y cultural para homogenizar la ley y luchar contra enemigos fantasmas.

¿Qué hay en la agenda de Estados Unidos de Norteamérica?  China, Rusia, el covid, la viruela del mono y el terrorismo han dejado de ser los principales problemas del gigante del norte, y ahora combate otras cosas que nos atañen a los mexicanos, a toda Latinoamérica y al Caribe.

El corolario al que conduce la exposición de todas las anteriores ideas entraña una máxima por la que hay que velar con estudio e investigación: las injusticias de inequidad económica y social que cometen los entes gubernativos no se revierten contra ellos. No sufre el que las perpetra ni quien las pretende vengar. Quien padece este mal es la población, en quien se lanza la execración de ambos frentes. Así como Cristo y Sócrates fueron condenados injustamente, las maras, los secuestradores, los narcotraficantes, las pandillas y, evidentemente, los terroristas, nos condenan por el actuar disoluto de los que ostentan el poder. El actuar nefasto del Estado combate síntomas y no enfermedad. Mientras no se ataque la miseria, la marginación, los problemas políticos y culturales no resolveremos nunca los problemas de seguridad pública y nacional.

Autor: Iván Mimila Olvera

Abogado y asesor en materia constitucional y autor de los libros "Cuestionario de Derecho Constitucional" y "Cuestionario de Derecho Constitucional de los Derechos Humanos". Actualmente es litigante en activo y asesor de diversas organizaciones de la sociedad civil.


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